¿Quién me ha robado el mes de abril?




El Interin de Jorge Elías
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Trabajaba en la Editorial Kapelusz, a dos calles de la Plaza de Mayo. Cada jueves veía a las señoras de pañuelos blancos haciendo sus rondas. Era viernes. Unos días antes, el 30 de marzo, la policía había reprimido con saña y alevosía una multitudinaria concentración sindical. A mis 18 años, verde en todo, no entendía nada. Ese viernes, 2 de abril, aquellos que despotricaban contra la dictadura militar comenzaron a elogiarla. La Argentina había recuperado las Malvinas. Las tenía bien presentes: en un mapa del Manual del Alumno Bonaerense habían sido impresas de color amarillo, como Chile, y nos pusieron a pintarlas con témpera de color blanco, como la Argentina.

Ese viernes, el júbilo había ganado la Plaza de Mayo. En los días sucesivos, la gente iba a contribuir con lo que fuere y a enrolarse como fuere para ser parte de la “gesta”. Todos querían calzar de algún modo los borceguíes de muchachos de mi edad o apenas mayores que habían sido mandados sin instrucción, cobijo ni alimento a una guerra por un territorio remoto y helado, usurpado en 1833, que parecía ser parte de la anatomía nacional. Hasta ese momento, éramos mutilados, pero, gracias a la bravura de los coroneles y la osadía de los pilotos, logramos reconstituir nuestro cuerpo.

Pudo tocarme ir a las islas, pero había sido exceptuado del servicio militar por haber obtenido un número bajo en el sorteo o, en mi caso, la rifa. En realidad, temía ser alistado. Desde que repartía diarios en mis pagos, Quilmes, a mis cortos nueve años, anhelaba ser “periodista como Clark Kent” y “volar como Superman”. Aquel viernes me sentí egoísta. Esos muchachos estaban dispuestos a dar la vida por la patria y yo, recién egresado del colegio secundario, no pensaba más que en mí. Amigos que hacían “la colimba” me escribían cartas desde Córdoba y la Patagonia, pendientes de la venia para ir a repeler al “principito” y sus secuaces. Los envidiaba, creo.

Al final, 74 días después de aquel viernes glorioso, los ingleses terminaron tratando mejor a los argentinos que sus superiores. La mayoría regresó en silencio, derrotada. Como no habían visto uno solo de los chocolates donados, tampoco sentían el compromiso de agradecerlos. No hubo honores. Los ocultaron bajo la alfombra. Los ningunearon. Sólo recibieron muestras de indiferencia, aunque cada 2 de abril, cual fe de bautismo o mandato constitucional, ruja el único lema capaz de unir a la sociedad: “Las Malvinas son argentinas”. Mi generación pasó de página cuando alumbró la democracia.

La guerra se cobró más suicidios que víctimas. Los ex combatientes, marginados, se cerraron en sus asociaciones como guetos. Los comprendo. Como corresponsal de guerra presencié horrores y, sin empuñar un arma, sufrí estrés postraumático, pesadillas, ahogo, angustia… Toda guerra reaparece en el sueño y la vigilia. Es implacable. En 1982, verde en todo, supuse que la recuperación de las Malvinas era tan fácil como pintar aquellos mapas del manual Kapelusz. Cada vez que cruzo la Plaza de Mayo, tres décadas después, me invaden imágenes borrosas y contradictorias de gente apaleada (un día), enfervorizada (otro día) y desesperada (cada jueves). Sigo sin entender nada.

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