Un poco de amor francés




Hollande, en offside

La revelación del romance del presidente François Hollande con la actriz Julie Gayet casi coincide con un nuevo aniversario del escándalo de Bill Clinton con Monica Lewinsky

Enero era fatal para Bill Clinton. También lo es para el presidente de Francia, François Hollande. Eso parece, al menos. El 23 de enero de 1992, el semanario sensacionalista Star publicó las confesiones de Gennifer Flowers, cantante de clubes nocturnos de Arkansas, sobre el supuesto romance que mantenía con Clinton. Era el comienzo del fin de la carrera de un gobernador vitalicio, a pesar de sus tempranos 45 años de edad, a quien se le había cruzado la loca idea de ocupar la Casa Blanca después de cometer un pecado carnal, engañar a su esposa Hillary, y otro patriótico, negarse a ir con las tropas a Vietnam. Uno peor que el otro.

Seis años después, en 1998, casi en la misma fecha en que estalló el escándalo en 1992, el 21 de enero, Clinton se desayunó con un sobresalto:

–No vas creer esto, Hillary, pero… –meneó la cabeza mientras hojeaba la síntesis de prensa. Todavía no había amanecido.

–¿Qué es eso? –inquirió ella, adormilada.

Él continuó:

–…quiero contarte lo que dice el diario.

En el cuarto principal del segundo piso de la residencia presidencial, aún en camisón y con el pelo revuelto, Hillary se enteró de ese modo, según relató por televisión, de los pormenores de la noticia divulgada ese día por The Washington Post: la relación de su marido con Monica Lewsinky. Clinton estaba de nuevo en apuros, esta vez mientras transitaba el segundo período como presidente de los Estados Unidos. Cuatro días antes, el 17 de enero, había declarado como imputado y bajo juramento por la demanda de acoso sexual de Paula Jones. Era el primer mandatario norteamericano en esas circunstancias.

Dieciséis años después del escándalo Lewinsky, el 10 de enero de 2014, la revista del corazón Closer reveló “el amor secreto del presidente” de Francia. En las imágenes, Hollande, de 59 años de edad, arriba en su moto al pied à terre parisiense de la actriz Julie Gayet, de 41. De ese modo se enteró su pareja, la glamorosa periodista Valérie Trierweiler, de 48 años. Hollande había convivido con la ex candidata presidencial Ségolène Royal, madre de sus cuatro hijos y socialista como él y como Dominique Strauss-Khan, el ex director gerente del Fondo Monetario Internacional cuya carrera por el Elíseo se vio frustrada por las imputaciones de abuso sexual de una mucama de un hotel de Nueva York.

Entre la espada y la pared, Hollande se mostró indignado por “el atentado contra el derecho a la vida privada”. ¿Lo es, tratándose de un presidente? Cada vez que Bernardette, la mujer de Jacques Chirac, llamaba a los servicios de seguridad, formulaba la misma pregunta: “¿Saben dónde está mi esposo esta noche?”. Llevaba más de 40 años casada con él, primer ministro, primero, y presidente, después. Su marido, como François Mitterrand, fingía tener una vida privada que no coincidía con la real. La intimidad, como sucedía del otro lado del Atlántico con John Fitzgerald Kennedy, no era un asunto de Estado.

En Italia, el primer ministro Silvio Berlusconi instauró una “pornocracia”. Su himno, el “bunga bunga”, comenzó a ser popular cuando trascendió que una de sus queridas, Karima El Mahroug, alias Ruby Robacorazones, no tenía 24 años de edad, sino 17. Estuvo dos semanas en la mansión de Arcore desde el Día de San Valentín de 2010. “Dirás que eres la sobrina de Mubarak”, le propuso Berlusconi, convencido del buen nombre y honor del presidente vitalicio de Egipto antes de su estrepitosa caída. Alegó el supuesto parentesco con el faraón para sacarla de una comisaría en la que había caído por un delito menor. Quería “evitar un incidente diplomático”.

Moraleja: sólo los ángeles no tienen sexo. Clinton zafó. No así el senador demócrata Gary Hart: vio truncadas sus ambiciones presidenciales en 1988 por haber sido descubierto in fraganti con la modelo Donna Rice. Una duda carcomió entonces la conciencia de los norteamericanos: si engañó a su mujer, ¿por qué no va a engañar al electorado? En el país de Hollande, Trierweiler cayó en un pozo depresivo, tomó “una pastilla de más” y estuvo internada de urgencia en un hospital de París. En el de Clinton, Hillary salió al ruedo en defensa de su media naranja o, tal vez, de ella misma. Eran otros eneros.



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