Espacio para la neutralidad




En la adolescencia y poco después, en la edad universitaria, es normal que uno se incline hacia un extremo ideológico y considere tibios a aquellos que optan por la neutralidad. De hacerlo súbitamente al borde de la vejez, sin haber pisado antes el terreno político, el entusiasmo puede causar estragos en las relaciones personales. Eso ha ocurrido en los últimos años en algunos países de América del Sur. El saludable retorno de la política al centro de la escena, en desmedro de la economía, ha caldeado los ánimos y ha derrapado en una absurda clasificación de los allegados entre amigos y enemigos, incluidos los parientes.

No todos han adoptado esa conducta hostil, propia de adolescentes tardíos e intolerantes. El 36 por ciento de los ciudadanos de la región se ubica en el centro político y el 19 por ciento prefiere evitar las etiquetas, lo cual supone que un 55 por ciento, más de la mitad, no se identifica con la izquierda ni con la derecha a ultranza, según revela el último informe anual Latinobarómetro (20.204 entrevistados en 18 países). Enhorabuena, la gente se siente más cómoda en el centro político, aunque los gobiernos y los representantes que elija sean de izquierda o de derecha. La democracia se fortalece por sí misma, no por los desplantes contra aquel que piensa distinto.

El centro político, se incline hacia un extremo o el otro, manda en Chile y Brasil, así como la identificación con uno de los dos polos en Venezuela y Uruguay. En realidad, los gobiernos llamados a sí mismos progresistas promueven un socialismo difuso, emparentado con el nacionalismo sin divorciarse del capitalismo, y tildan de derecha a aquello que sospechan que ensalza el libre comercio o el llamado neoliberalismo. Entre los fanáticos, la revaloración del Estado como eje de la vida pública ha dejado tan poco espacio para la neutralidad como Bush antes de la guerra contra Irak: están con nosotros o contra nosotros.

En un estudio sobre el significado de la izquierda y la derecha en América latina y el Caribe, la Universidad de Vanderbilt, de los Estados Unidos, concluye que “el 20 por ciento de la población de la región carece de una comprensión cabal de estas expresiones” y que, descafeinados en centro izquierda y centro derecha, varían según los países. La gente se sitúa más a la izquierda en El Salvador, Nicaragua y Uruguay, y más a la derecha en México, Costa Rica y Colombia. En 22 países prefieren confluir en el centro de la ruta, más allá del peligro de ser atropellados por los vehículos que transitan a toda velocidad en ambas direcciones.

En América del Sur, la derecha y la izquierda a la usanza europea habían perdido peso desde la década del treinta. El populismo, en muchos casos, dejó poco margen para distinguir entre una vertiente y la otra. El populismo y los gobiernos de facto, así como los movimientos políticos en reemplazo de los partidos tradicionales, desvirtuaron los moldes originales. A finales de los noventa, sólo Hugo Chávez se animaba a despotricar contra el Consenso de Washington y a venerar a Fidel Castro. Iba a contramano. Luego aparecieron otros presidentes que sintonizaron su frecuencia, pero no incorporaron su modelo.

Se trata de un cambio de actitud hacia la política, recobrada en los ochenta ante la inminente caída de las dictaduras militares, vilipendiada en los noventa en coincidencia con el vuelo propio que adquirió la globalización y reivindicada en las décadas siguientes después de varias crisis. La política, no atada a los partidos tradicionales, comenzó a enmarañarse en los Estados nacionales hasta fusionarlos con los gobiernos de turno. Ya no sorprende que un mensaje presidencial sea electoral.

Como la neutralidad es prima hermana de la cobardía, según los unos y los otros, quizás aquel que no comulgue con ellos sea rozado por las etiquetas poco amables de oficialista u opositor, traducidas en el léxico despectivo del país correspondiente: “pitiyanqui” en Venezuela o “destituyente” en la Argentina. El tono de las discusiones, a veces diálogos de sordos, refleja la crispación que algunos creen edificante. Lo cual corrobora que la ceguera ideológica es peor que la biológica, como dejó dicho Octavio Paz.



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