Partidos políticos en crisis




Cuando los indignados de España y de otros países europeos, así como de los Estados Unidos, llenaron las plazas al grito de “no nos representan”, muchos latinoamericanos se identificaron con ellos. Sintieron lo mismo: que los políticos estaban lejos de interpretar sus demandas y canalizarlas como correspondía desde el gobierno o la oposición. Ese estigma contra aquellos que debían ser la caja de resonancia de los reclamos populares no puso en riesgo a la democracia, como ocurría antes. La falta de confianza en los partidos políticos abrió una grieta con la sociedad, reflejada en una menor participación de los afiliados en períodos no signados por elecciones puntuales.

En Uruguay y los Estados Unidos, seis de cada diez personas son partidarias. ¿Qué significa esta palabra, partidaria, utilizada en un revelador estudio de la Universidad Vanderblit, de Nashville, Tennessee, para evaluar la cercanía de la ciudadanía hacia los partidos políticos? Que la gente expresa sin pudor sus preferencias políticas, lo cual estimula la participación y el comportamiento electoral. En Perú, la Argentina, Guatemala, Ecuador y Chile ocurre lo contrario: apenas una o dos personas entre diez son, en términos uruguayos, frenteamplistas, coloradas o blancas o, en términos norteamericanos, demócratas o republicanas.

Están en crisis algunos partidos tradicionales, no la democracia. En Perú y Venezuela, aquellos que dominaron la política en la década del noventa, como la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), también llamada Partido Aprista Peruano (PAP), y la Acción Democrática y el Copei, terminaron siendo arrasados por los gobiernos de larga duración de Alberto Fujimori y Hugo Chávez, en forma respectiva. En la Argentina, la crisis económica y política de 2001 demolió a la centenaria Unión Cívica Radical (UCR), descafeinada en la coalición gubernamental Frepaso. Sobrevivió el peronismo como movimiento, ahora en el gobierno con el nombre de fantasía de Frente para la Victoria.

Los espacios vacantes fueron cubiertos por líderes carismáticos que, a diferencia de los surgidos de los partidos tradicionales, crearon debajo de ellos una estructura con escasa posibilidad de desplazarlos en el momento de designar, más que elegir, candidatos en primarias. En los ochenta, sólo tres países de América latina, invictos de golpes militares, tenían un régimen democrático de partidos: Colombia, Venezuela y Costa Rica. El sistema bipartidista y la alternancia eran sus rasgos diferenciales, más allá de los resultados. Con el retorno de la democracia, Uruguay recuperó esa rutina, a la cual se sumó el izquierdista Frente Amplio. En Chile nació la Concertación y en Brasil se impuso el Partido de los Trabajadores.

El estudio de la Universidad Vanderblit sostiene que los sistemas políticos menos complejos no tienen más partidarios que los más complejos. ¿Por qué, entonces, en algunos países declaran los ciudadanos su preferencia por tal o cual partido y en otros no? Primero, porque entienden que el interés y el conocimiento ayudan a la gente a distinguir las posiciones de los diferentes partidos sobre temas relevantes. Segundo, porque la socialización los lleva a simpatizar con un partido determinado. Tercero, porque esa misma gente puede evaluar el desempeño histórico de ese partido o, en menor medida, porque sus padres les inculcaron sus simpatías.

El desgaste en el poder, más que el surgimiento de líderes ajenos a la política como Fujimori, Chávez o el presidente electo de Paraguay, Horacio Cartes, aunque esté enrolado en el inoxidable Partido Colorado, obra en contra de los partidos tradicionales. Los tropiezos y las crisis alientan la búsqueda de alternativas entre personas que se presentan como ciudadanos corrientes frente a aparatos debilitados por su escasa voluntad de renovación. El problema viene después, como ocurre en Venezuela: un gobierno sin un Estado eficiente y el respaldo de un partido sólido degrada la calidad de la democracia. Lo dejó dicho Steven Levitsky, profesor de la Universidad de Harvard. Lleva razón.

 



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