1 + 99 = Estados Unidos




En Mitt Romney encontró su voz un sector de los Estados Unidos. Son los desencantados con las políticas sociales de Barack Obama, renuentes a pagar más impuestos para atenuar la desigualdad y la pobreza. Esa minoría no responde necesariamente al Tea Party, bien representado ahora por el candidato republicano a la vicepresidencia, Paul Ryan, como en 2008 por Sarah Palin, sino a sus impulsos: siente que el gobierno a secas, como prefieren llamar los norteamericanos al denostado Estado federal, está quitándole derechos en beneficio de otros que no han hecho el mismo esfuerzo. No temen perder el empleo, la casa o el seguro médico, sino determinados privilegios.

En medio de los debates presidenciales, the wail of the one percent (el gemido del uno por ciento) ha cobrado eco en la defensa de las rebajas impositivas para los más ricos y el aumento del gasto militar que hizo Romney en el primer cara a cara con Obama. En el segundo, el presidente se mostró menos cortés: le recordó que paga apenas el 14 por ciento de los impuestos y que, por eso, “quiere mantener bajas las tasas sobre las ganancias del capital”. La pelea política se centra en las diferencias personales, lo cual acentúa la brecha entre la postura de uno y el otro. Uno, favoreciendo a los ricos; el otro, favoreciendo a la clase media.

Esa divisoria de aguas, trasladada a la sociedad, no iguala el absurdo fervor por la polarización y el enfrentamiento que ha partido al medio a Venezuela y la Argentina, entre otros, pero no deja de ser intimidante en vísperas de elecciones en las cuales los norteamericanos decidirán, más que la identidad de su presidente, el perfil de su país. Un país cuya minoría entristecida crezca y cree empleos ensanchando la brecha con el 99 por ciento restante, representado por los indignados de Wall Street y otras latitudes, o un país cuya mayoría en apuros procure subir un escalón y cree negocios y, también, empleos.

Obama acusa a Romney de ser el candidato de los ricos; Romney acusa a Obama de haber defraudado con sus promesas electorales sobre el crecimiento de la economía y del empleo, así como sobre la regularización de los inmigrantes. Es un extremo o el otro cuyo único gris novedoso es el pelo encanecido del presidente. Mientras tanto, mucha gente no ve la luz al final del túnel. La pobreza se disparó con la crisis. Los jóvenes no hallan salida; aquellos que rondan los 50 años y que han sido despedidos, tampoco.

La rabia no respeta estamentos sociales. La mera mención del presidente y el Capitolio provoca tirria. Con uno, por sentirse desilusionados; con el otro, por no verse representados. Políticos y superlobbistas contratados defienden los intereses del one percent en supercomités de acción política (PAC). No están autorizados a ponerse de acuerdo con los candidatos, pero cada uno se alía sin tapujos con uno de ellos o con un grupo concreto. Ninguno se pregunta por qué Romney paga menos impuestos mientras la clase media transita su peor década en la historia moderna ni por qué Obama, tras fiascos como el primer debate y las elecciones de medio término de 2010, sólo se reprocha a sí mismo que vive en una burbuja. Y ya.



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