No bombardeen Buenos Aires




En la película Starship Troopers, estrenada en 1997, no queda piedra sobre piedra en una ciudad cuyas espaldas dan a pura llanura y montaña. Es Buenos Aires, versión Hollywood. En la ciudad real, con su avenida más ancha del mundo coronada por el Obelisco, la montaña más alta suele ser de basura cuando los recolectores deciden hacer huelga en demanda de mejoras salariales. Los protagonistas de la película, Johnny Rico y Carmen, argentinos que hablan inglés, juran vengarse de unos insectos gigantescos que pretenden destruir la Tierra. Ya no existen Washington ni Nueva York ni Los Ángeles, arrasadas en Independence Day y Mars Attacks!

En esas ciudades, como en Moscú, caló hondo el discurso bélico de Mitt Romney, aparentemente más interesado que Barack Obama, denostado premio Nobel de la Paz, en ser el comandante en jefe de las fuerzas armadas norteamericanas. El candidato republicano exaltó el escudo antimisiles que, con vista de lince y olfato de sabueso, advierta en las alturas un misil lanzado contra su territorio, o contra el área que proteja desde Polonia, Turquía y Rumania, y envíe otro como réplica contra un blanco que no parece haber desaparecido tras el final de la Guerra Fría: Rusia. Lo celebró Vladimir Putin, feliz por ser considerado su “enemigo número uno”.

La presidenta argentina, Cristina Kirchner, soslayó el tenor de la amenaza, quizá porque, de haber una represalia contra la ciudad de Buenos Aires, el principal damnificado sería su principal rival político, el alcalde Mauricio Macri. Es un alivio vivir aislados. O en otro planeta. En la Argentina, a diferencia de los demás países, las burbujas no se pinchan; se derrumban. Esa gracia alentó a Cristina Kirchner a inferir en las Naciones Unidas: “El Primer Mundo, que nos habían pintado como la Meca, se derrumba como una burbuja”. Estamos a salvo de la crisis global, supongo.

Tienen su merecido los Estados Unidos, entonces. Cae la Bolsa de Buenos Aires: no, las acciones acompañan la ínfima inflación surgida del injustamente cuestionado índice oficial. Crece el riesgo país: no, mienten los agentes bursátiles, “loros internacionales y de cabotaje”, a los ojos de Cristina Kirchner. Pocos mandatarios visitan el país: en lugar de un millón de amigos, como canta Roberto Carlos, el gobierno argentino tiene uno “de fierro”, Hugo Chávez; es tan generoso que ha comprado bonos a tasas superiores a las del Fondo Monetario Internacional (FMI) y ha enviado maletas con dólares de sospechoso destino en aviones rentados por el Estado argentino.

Los Estados Unidos desconfían. Montan “operaciones basura”, según Cristina Kirchner. Temen, en el fondo (no en el FMI), que se desaten protestas en la Vía Láctea por las burbujas que se derrumban. Y claman: “Argentinos, go home!”. En casa, los argentinos atesoran más dólares físicos que los norteamericanos, pero, a pesar de las improvisadas restricciones impuestas ahora por el gobierno, se rehúsan a vaciar sus cajas de seguridad, por más que la ciudad quede como en Starship Troopers y Johnny Rico y Carmen no sepan quién es Romney ni qué partido juega Obama, alias “El Morocho”, que en otros tiempos era Gardel.



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