Titulares

La expropiación es una fiesta

Desde la nacionalización del petróleo mexicano durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, en los años treinta, cada presidente latinoamericano que toma una medida de esa naturaleza sobre los recursos naturales parece reivindicar el orgullo popular en respuesta al despojo de la era colonial. Los argentinos estallaron en júbilo por la expropiación del 51 por ciento de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) a la compañía española Repsol, aprobada por abrumadora mayoría en el Congreso, así como los bolivianos sintieron que les volvía el alma al cuerpo por la decisión de Evo Morales de estatizar la Transportadora de Electricidad (TDE), propiedad de Red Eléctrica Española (REE).

La presidenta argentina, Cristina Kirchner, cuyo difundo marido contribuyó en los noventa a la privatización de YPF como gobernador de la provincia petrolera de Santa Cruz, barnizó el trámite con el tono épico con el cual hubiera alcanzado un anhelo un poco más distante y complejo: la recuperación de las islas Malvinas, usurpadas por Gran Bretaña en 1833. En este caso, procurando demostrar que Repsol no cumplió con sus compromisos de inversión y producción, no pasó un mes entre el anuncio, el 16 de abril, y la promulgación de la ley, el 4 de mayo. En ese lapso, el gobierno de Mariano Rajoy cubrió a la compañía con la bandera de España.

El 1 de mayo, Día del Trabajador, se cumplieron en Bolivia seis años del decreto de nacionalización de los hidrocarburos, firmado por Morales. En esa jornada, como “justo homenaje a los trabajadores y al pueblo boliviano que ha luchado por la recuperación de los recursos nacionales y los servicios básicos”, el presidente se dio un baño de masas con la expropiación de la eléctrica española y, después, uno de pragmatismo con la inauguración de una planta de procesamiento de gas natural en el campo Margarita, al sur del país, que permitirá aumentar las exportaciones hacia la Argentina. Lo celebró con el presidente de Repsol, Antonio Brufau.

¿Dónde quedó el inquebrantable eje político latinoamericano, signado por la unión de sus líderes? “Reconozco y reconocemos el liderazgo de Repsol, una de las empresas internacionales más grandes de todo el mundo, y su inversión siempre será respetada como socio, señor presidente de Repsol”, le dijo con tono efusivo Morales a Brufau, como si estuviera en las antípodas de su vecina Cristina Kirchner. ¿Era necesario tanto elogio? En política, la lealtad depende del bolsillo. La causa nacionalista, exaltada por la mañana, pasó a ser la causa privatista, declamada por la tarde. De la fiesta a la real politik (en alemán, política de la realidad) no pasó un día.

¿Dónde quedó en la otra orilla del Atlántico la reciprocidad de Repsol con un gobierno que intentó vanamente proteger sus derechos si su principal ejecutivo celebró ese mismo día un negocio con un presidente que había ordenado horas antes la expropiación de otra firma española? Cometió un error Rajoy, apremiado por una crisis colosal, en apresurarse a embanderar una multinacional como si el caso YPF afectara el interés nacional de España. El rey Juan Carlos, en un mal momento, también se expuso demasiado. En el vaciamiento, la escasa inversión y la caída de la producción justificó el gobierno argentino la expropiación, más allá de la retórica nacionalista y populista que quiso imprimirle.

El gobierno español podía facilitar gestiones diplomáticas con el propósito de arrimar a las partes en conflicto en lugar de amenazar con represalias, extendidas a la Unión Europea, capaces de perjudicar a otras compañías radicadas en el país. Cristina Kirchner ironizó sobre polémico viaje del rey a Botswana: “La curva de reservas de YPF Repsol se parece a la trompa del elefante”. A su vez, el ministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo, aludió con una desafortunada frase al accidente con una escopeta del nieto de Juan Carlos, Froilán de Todos los Santos de Marichalar y Borbón: “La Argentina se ha dado un tiro en el pie”.

Las multinacionales no miden los clamores populares ni la seguridad jurídica; van donde obtienen renta. Sus directivos hacen oídos sordos a los discursos con los que supuestamente pretenden espantarlos. En 2011, la región se apuntó un récord de inversión extranjera directa, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal): 153.448 millones de dólares, 30.000 millones más que en 2010. Ese flujo, que supone un 31 por ciento más que el año anterior, supera al aumento de la inversión extranjera directa en el mundo, del 17 por ciento. De esos fondos, provenientes en especial de los Estados Unidos y España, recibió casi la mitad Brasil.

Un embajador norteamericano recomendó a los suyos a poco de ser investido el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que había que juzgarlo por los hechos, no por las palabras. Madeleine Albright, secretaria de Estado durante el segundo período de Bill Clinton, creó un lenguaje diplomático llamado read my pins (lee mis prendedores); con ellos, siempre de gran tamaño, transmitía mensajes secretos a sus homólogos. En un acto reciente, mientras se dirigía al público sin micrófono, Cristina Kirchner exclamó: “Vamos por todo”. Era cuestión de leerle los labios. “Por todo”, subrayó. Repsol es una parte; no “todo”. ¿Qué es “todo”? Ni el hermético círculo que la rodea acierta en descifrarlo.

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