Peleados con el espejo




La gente desconfía tanto de los gobiernos como de los partidos políticos opositores. Una encuesta realizada en 22 países concluye que la felicidad de la gente depende más de las relaciones personales que de los bienes materiales

De tomar el pulso de la calle tras las mayores marchas contra el gobierno británico desde el rechazo a la guerra contra Irak en 2003, David Cameron debería pensar dos veces cuán oportuno es medir el estado de ánimo de la población. Desde este mes, por decisión suya, la Oficina Nacional de Estadísticas deberá auscultar el “bienestar general’’ sobre la base de estudios centrados en la felicidad. El cálculo coincide con el peor ajuste del gasto en generaciones. Las medidas de austeridad contemplan el congelamiento de los salarios de los empleados públicos y la eliminación de 300.000 puestos de trabajo para borrar el déficit en 2015.

En Europa, en general, la gente  desconfía de los gobiernos y los partidos políticos opositores por igual, según una encuesta de The Guardian. En Italia temen una invasión de inmigrantes a raíz de las protestas contra las dictaduras y monarquías árabes en el norte de África, en Francia cala peligrosamente el mensaje xenófobo de la ultraderechista Marine Le Pen y, por la catástrofe de Japón, en Alemania afloran los reclamos de los ambientalistas contra las centrales nucleares e inciden en las elecciones regionales. Prima en casi todo el planeta una lógica incertidumbre por el alza del desempleo, el asedio de la corrupción y la inhabilidad para atenuar la irritación colectiva.

Nadie se fía de nadie. Eso es preocupante. No está mal el planteo de Cameron sobre las falencias de los cálculos económicos, sintetizados en el Producto Bruto Interno (PBI), pero tampoco soluciona nada con el mentado índice de la felicidad. El mismo rumbo se ha fijado Nicolas Sarkozy tras encargarles a Joseph Stiglitz y Amartya Sen, premios Nobel de Economía, un estudio sobre el progreso económico y social. El grado de bienestar, concluyeron, debería incluir la calidad de la educación, el sistema de salud y el transporte públicos. El resultado debería traducirse en la tasa de  la felicidad nacional bruta felicidad, globalizada por el pequeño y remoto reino asiático de Bután.

Los Estados Unidos instituyeron en su declaración de la independencia la necesidad de buscar la felicidad; Japón y Corea del Sur incluyeron el derecho de ser felices en sus constituciones, y Brasil se apresta a darle rango constitucional en un artículo, el sexto, que enumera los derechos sociales de los ciudadanos. La dicha de los brasileños suele superar al denostado PBI en los sondeos periódicos sobre las expectativas de su gente. En los casos de Cameron y Sarkozy, el resultado amenaza con ser el inverso, pero ambos quieren contar con ese índice para evaluar sus políticas de desarrollo.

Hasta el siglo XVIII, la gente creía que era real el bíblico Jardín del Edén. En los mapas figura en la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, donde queda un país de sonrisa difícil: Irak. China, temerosa del contagio de las revueltas árabes y celosa en su afán de acallar las voces que discrepan con el régimen, se ha apuntado en la carrera con el lema “un pueblo más feliz”.

Para escribir su libro La geografía de la felicidad, el periodista norteamericano Eric Weiner, nacido en 1963, el Año de la Casa del Sol Sonriente, recorrió diez países, incluido en suyo, preguntándose si existe algo parecido a Shangri-La, el paraíso terrenal creado por James Hilton en su novela Horizontes perdidos, o las Islas Afortunadas, imaginadas por Platón. No lo encontró ni en los habituales top ten de los índices mundiales de felicidad, encabezados por países poco soleados como Dinamarca, Finlandia y Noruega y muy soleados como Costa Rica, Brasil y Colombia.

El clima no influye. El vaso medio vacío también puede estar medio lleno. Es más fácil estar satisfecho que ser feliz. A pedido de Cameron, la especialista en estadísticas Jil Matheson preparó un cuestionario con más perfil psicológico que demográfico: “¿Con qué frecuencia olvida su nombre de usuario y su contraseña, y cuánto se irrita por ello? ¿Qué siente si se le rompe el teléfono y debe hablar con un operador con acento extranjero? ¿Le molestan las cámaras de vigilancia? ¿Y la llovizna? ¿Cuánto dinero debe y de quién es la culpa? ¿Está conforme con sus parientes y vecinos?”. Con esas dudas lidian los británicos, más allá de su proverbial sentido del humor, en medio de presupuestos ajustados y crisis económicas.

Una encuesta realizada en 22 países concluye que la felicidad depende más de las relaciones personales que de los bienes materiales. Es cierto que los ciudadanos de los países más solventes y estables, con instituciones consolidadas, sonríen más a menudo que los otros, y que los ricos están más satisfechos que los pobres, pero esas ecuaciones lejos están de ser infalibles.

La mitad de la biblioteca dice que las políticas que promueven el bienestar individual tienden a beneficiar a la sociedad; la otra mitad dice que las políticas que promueven el bienestar general tienden a beneficiar al individuo.

Todo el mundo busca la felicidad, sea una premisa constitucional o una política gubernamental. Es una decisión personal. No existe la felicidad compulsiva. En palabras de Eric Hoffer, “la búsqueda de la felicidad es una de las principales fuentes de infelicidad”. Suscribo.



3 Comments

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