Yo vengo a ofrecer mi corazón




La líder opositora birmana Suu Kyi insta a organizar una “revolución no violenta”

La líder de la oposición birmana, Aung San Suu Kyi, atenúa sus pesares con una máxima de un monje budista: “Para lograr la felicidad, tienes que invertir en sufrimiento”. Demasiado ha invertido en sufrimiento esta viuda de 65 años: estuvo detenida 15 de los últimos 21 años. Su lucha no violenta por la democracia y los derechos humanos ha sido premiada en 1991 con el Nobel de la Paz, pero, como en el caso del disidente chino Liu Xiaobo, terminó siendo nocivo ese galardón ante una junta militar cuyo enigmático jefe, el vanidoso y arrogante general Than Shwe, se inspira en legendarios reyes guerreros y cartas astrológicas para validarse a sí mismo.

Tras la farsa de las primeras elecciones parlamentarias birmanas en dos décadas, celebradas el 7 de noviembre, el vetusto y cobarde régimen militar de Myanmar (nombre de Birmania desde 1989) liberó a “La Dama”, como llaman a Suu Kyi. Estuvo siete años bajo arresto domiciliario. No salió de su casa con ánimo de revancha, sino de conciliación. Coronó frente a una multitud su compromiso con “los derechos humanos” y “el gobierno de la ley” e insistió en que “la base de la libertad democrática es la libertad de expresión”.

Suu Kyi es hija de Aung San, militar y héroe de la independencia; fue asesinado en 1947. En 1999, ella desistió de viajar a Londres, donde agonizaba su marido y padre de sus dos hijos, el profesor británico Michael Aris, porque sabía que no iban a permitirle regresar. La decisión de quedarse prolongó su calvario frente a un régimen que, en 2007, aplastó la protesta de 300.000 personas que marchaban en forma pacífica con monjes budistas en Rangún, la antigua capital, en demanda de algo tan utópico como la democracia.

Lidian los birmanos con los delirios de un militar que lleva las medallas que él mismo se ha concedido. El general Shwe es tan supersticioso que en Naypyitaw, la nueva capital, organizó antes de las parlamentarias una gran fiesta para celebrar la captura de un elefante blanco, “símbolo de poder y justicia” y, según el diario oficial Nueva Luz de Myanmar, “garantía de buenos augurios”.

Todo está viciado de nulidad en Myanmar, encajonado entre la India y China. Suu Kyi, con su Liga Nacional por la Democracia, ganó las parlamentarias de 1990, pero sus legisladores (392 de los 489) se vieron privados de ocupar sus bancas y proclamarla presidenta. Fueron las únicas elecciones libres jamás celebradas.

Veinte años después, aquella música cuyas notas dejaron de sonar por la rotura de las cuerdas de su piano se reencontró con un pueblo ansioso de libertad. Le habló con el tono de Ghandi y el temple de Mandela: “No quiero ver la caída de los militares. Quiero ver a los militares evolucionar hacia niveles dignos de profesionalidad y verdadero patriotismo”.

Pocos seres tienen tanta grandeza después de haber sido privados en forma injusta de la libertad. Tras varios años de inversión en sufrimiento, Suu Kyi concluye que una oposición radicalizada puede  poner en peligro la vida de los 2100 prisioneros de conciencia que retiene el régimen.

Pasó casi medio siglo desde el golpe propinado por el general Ne Win en 1962. Poco ha cambiado. En el reciente simulacro electoral, vedado a observadores y periodistas, el partido oficial se alzó con el 80 por ciento de los escaños del parlamento. El fraude masivo no sobresaltó a China ni a los otros nueve socios de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, más interesados en continuar con sus negocios que en abogar por la democracia.

La nueva Constitución birmana asegura el poder a la junta militar. Un cuarto de las bancas del parlamento corresponde a generales en actividad. El general Shwe, jefe supremo del Ejército, se reserva el derecho de elegir entre sus camaradas de armas a los ministros de Interior, Defensa y Fronteras. Un comité del parlamento designa al presidente. Este esquema responde, según el régimen, a “los deseos del pueblo”.

Ese pueblo vive desde hace décadas bajo el yugo de luchas permanentes entre unas 30 guerrillas étnicas que suponen casi la tercera parte de la población. En Tailandia y Bangladesh hay unos 600.000 refugiados birmanos. Son aquellos que, según Amnistía Internacional, han logrado huir de las violaciones y los asesinatos emprendidos por el temible aparato represivo del Tatmadaw (Fuerzas Armadas). No todos tienen la disposición de Suu Kyi para no guardarles rencor a sus carceleros, instar a los suyos a “no perder nunca la esperanza” y animar a “los birmanos, que solemos creer en el destino, al cambio que tendremos que hacer nosotros mismos”.

Los militares crearon ahora una nueva bandera, un nuevo himno nacional y hasta se animaron a cambiar el nombre del país impuesto por ellos mismos, la Unión de Myanmar, por el de la República de la Unión de Myanmar. Esos retoques revelan la voluntad de no ceder un centímetro de poder. Menos aún frente a una mujer sola que, como Ghandi y Mandela, tiene la peregrina idea de derrotarlos y derrocarlos con armas tan poco filosas como el corazón y la otra mejilla.



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