Bueno, bonito y barato




Hasta la reina de Inglaterra, en plan de austeridad, se ve obligada a reducir gastos

En este mundo, según Josep Pla, el pobre se pasa la vida escuchando. Es la diferencia con el rico, ahondada ahora, observa Manuel Vicent, por la postura con el teléfono celular: con la cabeza levantada o inclinada. “Es un acto reflejo –dice–. El primer caso indica que uno manda y el segundo que uno obedece.” El aparatito, cual árbitro, ha alterado los papeles. La rebeldía, antes del pobre, es el lujo del rico de apagar el celular  para liberarse de “su esposa o su marido, sus padres o sus hijos, su jefe, sus acreedores y toda clase de pelmazos”. La decisión “dependerá en qué lado estés para saber si ese instrumento ha venido a atarte o a liberarte”.

El Congreso de los Diputados de España permite a sus miembros escoger entre un iPhone 4 o un Blackberry. En medio de la crisis, el servicio de telefonía celular supone 400.000 euros por año. ¿Es un privilegio o una necesidad? Si el correo electrónico facilita la comunicación directa de los ciudadanos con los políticos, el mensaje por Twitter, o tweet (gorjeo), permite concretar la vieja utopía de los súbditos: creer que sus asuntos son atendidos por las autoridades. Todo puede hacerse con el aparatito cuyo sonido o vibración despierta cierto grado de descontrol. Sobresalta como si no debiera estar donde suele estar.

En la India hay más personas con acceso a un celular que a un inodoro, según las Naciones Unidas. Es enorme el salto tecnológico que dan Barack Obama y Dimitri Medvédev al sustituir por Twitter el presunto teléfono rojo de la Guerra Fría. Por Twitter, con una @ delante del nombre de usuario, cualquiera puede dirigirse a ellos y recibir respuesta. La mayoría de los mandatarios tiene legiones de empleados para atender las redes sociales. Tan enorme es el salto, quizá, como la decisión del rey Juan Carlos de España de comunicarse por celular con el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y prescindir del teléfono azul fijo.

Las redes sociales son novedosas para hacer política, no indispensables. Es caro y riesgoso desecharlas. Lo barato se cotiza en oro. Y no hay erario que no esté a dieta. Sólo es necesario ser cuidadoso. Apenas estrena la presidencia belga de la Unión Europea, el primer ministro en funciones, Yves Leterme, despacha por error un mensaje ambiguo por Twitter: “Para nada. Quiero aprender a conocerte. ¿Tú también?”. Es casado y tiene tres hijos. Lo salva ser célebre por sus meteduras de pata: en 2007 entona La Marsellesa al ser consultado por  televisión sobre el himno nacional belga. Es un desliz.

¿Es un desliz, también, que la duquesa de York, Sarah Ferguson, acepte dinero irregular a cambio de facilitar a un falso empresario el acceso a su ex marido, el príncipe Andrés? Lo atribuye, durante una entrevista con la estrella norteamericana Oprah Winfrey, a estar ebria y no mirar “al demonio a la cara”. ¿Es otro desliz el presunto aporte ilegal a la campaña de Nicolas Sarkozy, en 2007, de Liliane Bettencourt, heredera del emporio de cosméticos L’Oreal? Son 150.000 euros en efectivo. Los recibe el ministro de Trabajo, Eric Woerth, encargado ahora de la polémica reforma de las pensiones.

Si en circunstancias normales hechos de esta magnitud indignan, en medio de la crisis desquician. En el Reino Unido, el secretario de Relaciones Exteriores, William Hague, se toma la cabeza con las manos al comprobar los gastos en protección policial del ex primer ministro Tony Blair en sus viajes privados y de vacaciones, de 6052 euros por semana, así como en hoteles caros y viáticos suculentos. Duplica en forma holgada los gastos de su sucesor, Gordon Brown. En una sola conferencia, Blair llega a embolsar 96.500 euros por hora. Corren con sus gastos los organizadores y los contribuyentes.

Nadie está libre de culpa. El gobierno de coalición encabezado por David Cameron sufre un duro golpe al verse privado del secretario del Tesoro, David Laws, por cargar en las cuentas públicas el alquiler de habitaciones en casas que son propiedad de su pareja, James Lundie. Lo hace durante sus ocho años como parlamentario. Es poco ético que, después de incurrir en esos excesos, pretenda ejecutar un plan de austeridad que no perdona ni a Isabel II. De continuar con su actual tren de vida, la reina agotará en 2012, en coincidencia con el 60ª aniversario de su entronización, su fondo de reserva. Deberán esperar, entre otros asuntos, el mantenimiento del Palacio de Buckingham.

En Europa truenan los celulares por la incertidumbre sobre España, las medidas de austeridad de los otros países y las diferencias entre Francia y Alemania sobre el rumbo económico. Líderes como Sarkozy y Angela Merkel, debilitados, no pueden contra el sopor en el cual han caído los arreglos institucionales del bloque tras la ratificación del Tratado de Lisboa, en diciembre.

“Cuando alguien habla de amor o de negocios por el móvil con la frente hacia lo alto, está ganando; si lo hace con el espinazo un poco abatido, es que ya ha perdido”, apunta Vicent. Curiosamente, Sarkozy y Merkel son cada vez más propensos a hundir el mentón y, a diferencia del @PulpoPaul, mirar hacia abajo,  dubitativos como aquel que aún no sabe si atenderá ese llamado o no.



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