Vendo islas, excelente ubicación




Poca gracia causó en Grecia la idea de dos diputados alemanes

Con el mezquino afán de dar un consejo y ahorrarse un préstamo, los diputados alemanes Josef Schlarmann y Frank Schäffler, de la coalición de centroderecha de la canciller Angela Merkel, echan a rodar una propuesta que suponen eficaz: que Grecia, acosada por una deuda superior a su producto bruto interno, ponga en venta algunas de sus 6000 islas, esparcidas en los mares Egeo y Jónico; sólo 227 están habitadas. ¿Es una genialidad o un disparate? Las autoridades griegas procuran zafar del brete con un “programa plurianual de políticas económicas” acordado con la Unión Europea y el Fondo Monetario.

La tendrían más fácil si, en sintonía con los diputados alemanes, admiten algo tan caro a ellos como la tragedia: “¡Vendan sus islas, griegos quebrados! –proclama el periódico sensacionalista alemán Bild–. Y la Acrópolis también”. Con ese tono, rayano en la grosería, difícilmente la cuna de una de las civilizaciones más trascendentes de la antigüedad se desprenda a tontas y a locas de las joyas de la abuela. De hacerlo, ¿cuánto ganaría? No tanto como imaginan Schlarmann, presidente de la asociación para pequeñas y medianas empresas del partido de Merkel, y Schäffler, experto en finanzas del Partido Liberal Democrático, salvo que ellos mismos estén interesados en un par de islas.

No sería la primera ni la última vez que una genialidad o un disparate facilita un negocio. ¿Cómo hacen los Estados Unidos para comprar en efectivo gran parte de su territorio? Los negociadores logran, en general, que el precio termine siendo irrisorio. El pionero es un holandés en Nueva York. La descubre en 1524 Giovanni da Verrazzano, navegante florentino al servicio de Francia. Un siglo después, en 1624, la compañía holandesa de las indias occidentales funda allí Nueva Amsterdam. En dos años, el gobernador, Peter Minuit, compra la isla de Manhattan a los indios carnasie; les paga 60 florines (con toda la furia, 24 dólares).

Es una estafa: no de Minuit, sino de los carnasie; la isla pertenece a otra tribu. En 1664, barcos de Inglaterra, en guerra contra los Países Bajos, echan anclas frente a sus costas. No hay enfrentamientos. En honor al duque de York, Nueva Amsterdam pasa a ser Nueva York. Por el Tratado de Breda, firmado al final de la guerra, en 1667, los Países Bajos ceden Manhattan y sus alrededores a Inglaterra; reciben a cambio Surinam (ex Guayana Holandesa).

Declarada la independencia, los Estados Unidos son el único país que compra territorios para expandirse. Les pagan cinco millones de dólares a España por Florida y poco más del doble a Francia por Louisiana (el Estado homónimo y varios más; en total, el 23 por ciento del actual territorio nacional). Anexan, en otras circunstancias, California, Texas y Nuevo México.

De no ser por la compra de Alaska, la ex candidata a vicepresidenta republicana Sarah Palin, ahora puntal del movimiento ultra conservador Tea Party, no sería opositora de Barack Obama, sino compatriota y quizás aliada de Vladimir Putin. En 1867 cierran el trato por Alaska los emisarios del zar Alejandro II y del presidente Andrew Johnson. Los Estados Unidos desembolsan por ese suculento trozo de hielo, supuestamente inhabitable, una suma ridícula: 7.200.000 dólares (actualizados, poco más de 90 millones).

El valor de la tierra aumenta en forma sideral desde el siglo XIX. Toda inversión en bienes raíces reporta ganancias. ¿Qué ocurriría si Grecia, como aconsejan Schlarmann y Schäffler, se desprende ahora “de terrenos, como por ejemplo sus islas deshabitadas”? Cualquier país en crisis recibe recomendaciones de esa laya y aún peores. “El que está en bancarrota debe convertir en dinero todo lo que tiene para pagar a los acreedores”, predican los diputados alemanes, reacios a convalidar favores de la canciller Merkel al gobierno griego. No están solos: el 84 por ciento de sus compatriotas rechaza una ayuda financiera europea.

No es la situación de Rusia cuando liquida Alaska. Es un extenso territorio improductivo, de clima extremo, colonos sufridos y, en caso de invasión, defensa insostenible. El negociador ruso, Eduard de Stoeckl, es premiado por pelear hasta el último centavo. Del lado norteamericano, la operación es, según The New York Tribune, “la estupidez de Seward”, apellido del secretario de Estado que obtiene por un voto en el Capitolio la venia para concretarla. ¿Lo barato sale caro? Lo aparentemente caro sale barato. Descubren oro y petróleo.

Locos no están Schlarmann y Schäffler. Ni locos ni solos. En 1993, el diputado alemán Dionys Jobst formula “la propuesta más loca” de Bonn, aún capital de Alemania: puesto que “Mallorca se ha convertido casi en una isla con habitantes alemanes, el gobierno federal debería entablar contacto con España para tratar de comprarla”. Un par suyo, Peter Ramsauer, sugiere un “arrendamiento hereditario por 99 años”. Titula el Bild: “Mallorca ha de ser alemana”. De serlo, y respetarse la tradición, el comprador se jactará de la genialidad y, a la larga, el vendedor se arrepentirá del disparate.



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