La audacia de la esperanza




Este año, como muchos otros terminados en el número nueve, puede ser histórico

En Praga, durante la Revolución de Terciopelo, un eslogan circulaba, cual cuenta regresiva, entre la gente: “Polonia, 10 años; Hungría, 10 meses; Alemania Oriental, 10 semanas; Checoslovaquia, 10 días”. No eran los días que iban a conmover al mundo, sino las caídas que iban a sepultar al comunismo. En ese año, 1989, el derrumbe del Muro de Berlín iba a sellar el destino de la Unión Soviética. Una década antes, en 1979, la peregrinación del Papa Juan Pablo II a Polonia había sellado el destino de su país natal: el sindicato Solidaridad, creado en 1980, desafió durante nueve años al poder, monopolizado por el comunismo, hasta alcanzar la democracia.

Una década después, en 1999, la represalia de la alianza atlántica (OTAN) contra Yugoslavia a raíz de la limpieza étnica emprendida en Kosovo por el líder serbio Slobodan Milosevic iba a sellar el destino de un país condenado a desmembrarse e iba a sentar las bases de un orden internacional en el cual se diluyó la soberanía estatal y se fortaleció la defensa de los derechos humanos.

Transcurrió otra década. En 2009, sólo Barack Obama, hijo de un padre “negro como el carbón” y una madre “blanca como la leche” casada en segundas nupcias con un ingeniero indonesio que profesaba la religión musulmana como su abuelo paterno, según se retrata a sí mismo, pudo sacar de sus entrañas el categórico discurso pronunciado en El Cairo con el cual instó a árabes e israelíes a superar antagonismos y repeler extremismos.

En algo hay que creer: un hito histórico puede ser consecuencia de una simple anécdota. En un bar de Hawai, un grupo de negros apuraba unas copas mientras regía la segregación racial. Un hombre blanco le asestó a uno de ellos el peor insulto: nigger (algo peor que negro a secas). El agredido se plantó delante de él y, en lugar de responderle con otro agravio, procedió a explicarle con tono seguro que la intolerancia era, más que una vulgaridad, una idiotez. Recibió disculpas y 100 dólares para pagar las copas.

El agredido era Barack Hussein Obama, nacido en Kenya. Esa anécdota iba a sellar el destino de su hijo. Sin prejuicios, Obama actuó con musulmanes y judíos como su padre con el bravucón: enfrentó el reto con la premisa de “decir siempre la verdad”. No sólo se diferenció de Bill Clinton y George W. Bush en el coraje de admitir que, de joven, fumó marihuana y consumió cocaína. Se diferenció de ellos en no demorar en intervenir en el conflicto de Medio Oriente con su propia voz: los asentamientos de Israel en Cisjordania provocan recelos en los palestinos; los palestinos que no aceptan la existencia de Israel provocan recelos en los israelíes.

Varios años terminados en nueve, como 2009, sellaron el destino del mundo: la Revolución Francesa (1789); la Gran Depresión (1929); el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y el final de la Guerra Civil Española (1939); la Revolución China (1949); la Revolución Cubana (1959); la Revolución Libia (1969), y la Revolución Islámica de Irán y la Revolución Sandinista de Nicaragua (1979), entre otros.

Por regla general, las revoluciones resuelven tantos problemas como los que son capaces de crear. Por regla general, también, “el sueño de la hermandad pura termina en el dominio puro”, según el filósofo, filólogo y sociólogo Ralf Dahrendolf. La cuestión es cómo domesticar al poder, no cómo eliminarlo.

Sobre esa montura cabalga Obama: es más fácil declarar la guerra que imponer la paz, así como culpar a los demás que asumir nuestros errores o reparar más en las diferencias que en las afinidades. El mensaje, en principio, es el mismo para todos. Cuba tiene la posibilidad de reinsertarse en la Organización de los Estados Americanos (OEA) tras 17 años de exclusión; hasta los gobiernos más cercanos a los hermanos Castro, como el venezolano y el nicaragüense, convinieron en que habría sido imposible esa “rectificación histórica” con un presidente como Bush, apegado a la cuenta regresiva como si de aniquilar al mal se tratara.

En Irak creyó que la caída de Saddam Hussein iba a facilitar la transición hacia la democracia. Esa teoría de “paz democrática”, según Richard Haass, autor de War of Necessity, War of Choice: A Memoir of Two Iraq Wars, se inscribe en un idealismo rayano en la ingenuidad: sugiere que los gobiernos democráticos se llevan mejor con los ciudadanos y los otros países. Más realista resultó ser su padre en 1991: armó una coalición sin precedente, liberó a Kuwait y se rehusó a marchar hacia Bagdad.

Con su histórico discurso en Egipto, espejo de la democracia escasa del mundo árabe, el islamismo político y la crisis entre palestinos e israelíes, Obama se mostró partidario del realismo sin renunciar al  idealismo.

De tal palo tal astilla: en Hawai, su padre interpretó canciones africanas en un festival. No era afinado, pero arrancó aplausos del público. “Hay algo que puedes aprender de tu papá: la confianza –concluyó el abuelo materno de Obama–. El secreto del éxito de un hombre.”

Si Obama alcanza el éxito con su prédica conciliadora y audaz, el año terminado en nueve será histórico por la audacia de la esperanza, fuente del libro homónimo que brotó, como sus lágrimas, de un sermón del reverendo Jeremiah Wright. Su guía espiritual hasta que enarboló el rencor contra su propio país, apegado a la cuenta regresiva como si de resucitar fantasmas se tratara.



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