Sueños líquidos




En lugar de una reforma migratoria, el gobierno de George W. Bush dejó un ominoso recuerdo: la venia para amurallar un tercio de la frontera con México. Poco efecto tuvo en su afán de inhibir a la inmigración ilegal. Tres años después de la sanción de la ley, según el Pew Hispanic Center, “ningún país tiene una cifra de inmigrantes procedente de otros países como los Estados Unidos tienen sólo de México”. Es el destino de uno de cada diez mexicanos. En 2008, los establecidos del otro lado del río Bravo eran 12,7 millones, diecisiete veces más que en los años setenta. Más de la mitad carecía de documentos en regla.

Barack Obama y Hillary Clinton respaldaron en el Senado el proyecto de Bush. Luego, mientras dirimían las primarias demócratas, se arrepintieron. No era momento para enemistarse con la mayor porción del electorado latino. Tampoco era momento ahora por el brote de gripe porcina. Los Estados Unidos pudieron haber clausurado la frontera, pero, según su presidente, era como “cerrar el granero una vez que salieron los caballos”. Otros gobiernos de la región, como el argentino, el cubano, el ecuatoriano y el peruano, y algunos más distantes, como el chino y el ruso, restringieron vuelos directos e importaciones porcinas.

No vaciló Felipe Calderón en condenar ese tipo de actitudes, a las cuales tildó de “represivas y discriminatorias”. Los mexicanos pasaron a ser personas no gratas. O, acaso, potenciales focos de contagio de una enfermedad que, en principio, padece uno en un millón. El desdén al cual se vieron sometidos exhibió el costado más ruin de una tragedia que pudo haberse declarado en cualquier otro país. En México mismo, enardecidos o aterrados pobladores del Estado sureño de Guerrero apedrearon coches con chapas patentes de la capital.

La gripe porcina tendió otro muro  en un país que desde el comienzo del sexenio de Calderón, a fines de 2006, convive con la violencia y el miedo por la guerra contra el narcotráfico. La crisis económica también hizo de las suyas. Lo dice todo un engañoso aviso publicado en un periódico mexicano: “Con esta crisis, ¿sabe qué? Váyase de mojado”. Mojado, o espalda mojada, es aquel que pretende pasar en forma ilegal la frontera hacia los Estados Unidos con la ayuda de coyotes (mafiosos que cobran miles de dólares por guiarlos).

Lo dice todo, también, la peculiar Guía para el mojado, de Mike Nevin, “buen samaritano estadounidense”, como se define a sí mismo, que trabajó en el aeropuerto de Houston y, retirado, anima a los mexicanos a burlar los controles de la migra (autoridades migratorias). “Oye, mano, ¿quieres ganar dólares? –inquiere–. ¿Has estado pensando en cruzar al otro lado? Ser mojado no es malo.” Es ilegal y riesgoso.

Esta situación, admitió Obama, “no es buena para los trabajadores norteamericanos” ni “para los  mexicanos que intentan cruzar la frontera”. Nada alivia la angustia de aquel que se adentra hasta con documentos falsos en territorio comanche. En él surgen familias con estatus combinados: viven los padres en la ilegalidad, temerosos de ser deportados, y los hijos, nacidos en los Estados Unidos, en la legalidad. Esa sorprendente tendencia aumentó en forma considerable de 2003 a 2008. Aún no existía la gripe porcina. Por ella y por la crisis, la reforma migratoria encuentra resistencia en grupos conservadores que rechazan el blanqueo de los indocumentados y exigen el cierre de la frontera.

La frontera lleva la peor parte. En la radio, los narcocorridos idealizan a los sicarios y, en las calles, las narcomantas (pancartas) anuncian desde ofertas de trabajo para gatilleros (asesinos a sueldo) hasta amenazas contra bandas rivales. Los Estados Unidos no son inocentes: el creciente consumo de drogas estimula la demanda y, del lado mexicano, alienta a los cárteles a pertrecharse con armas de origen norteamericano. Sus ganancias superan la inversión gubernamental en combatirlos. Con una ínfima porción del botín compran políticos, jueces y policías. En el otro extremo, aquellos que se rehúsan a recibir sobornos corren peligro de muerte.

Cada año, unos 300.000 mexicanos intentan cruzar el río, como mojados, o el desierto, como braceros. En el camino pueden ser picados por animales venenosos; morir ahogados o deshidratados, o terminar su azaroso derrotero a merced de la patrulla fronteriza o de los minutemen. Esos tenebrosos vigilantes civiles, siempre armados, recibieron la bendición del gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, inmigrante austriaco de mucho músculo y poca memoria que arribó a los Estados Unidos, en 1968, “con 20 dólares en el bolsillo y una maleta en la mano”.

Eran otros tiempos. En 2009, por la recesión, las remesas que envían a su país los mexicanos desde los Estados Unidos, estimadas en 20.000 millones de dólares anuales, caerán en forma ostensible. Son sólo superadas, en ingresos, por las exportaciones de gas y petróleo, señal de la magnitud del fenómeno en la economía mexicana y de la escasa disposición de los gobiernos de turno para sofocarlo.

La reforma migratoria está pendiente desde la presidencia de Ronald Reagan, en los años ochenta. Hasta entonces, en los Estados Unidos había menos mexicanos que canadienses y europeos. No había necesidad de amurallarles el porvenir. Tampoco ahora. Nunca, en realidad. Sobre llovido, la gripe porcina puso otro ladrillo frente a la nariz del mojado y, en países impiadosos ante la desgracia ajena, tapió a todos por igual.



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