Con el corazón en la coca




El abrupto corte de la relación con EE.UU. deja a Bolivia a merced de Chávez

En la región del Chapare, base operativa de Evo Morales, el eslogan de la campaña de 2005 era casi una excusa que prendía con vigor: coca no es cocaína. Tanto los miembros de la Federación del Trópico de Cochabamba (nombre de fantasía del sindicato de productores de coca) como los militantes del ahora oficialista Movimiento al Socialismo vitoreaban con los puños alto las alabanzas a “la hoja sagrada” y las acechanzas contra “los yanquis”. Todos compartían esa postura, excepto los militares bolivianos. Sus ingresos estaban subordinados a los fondos destinados por los Estados Unidos a la erradicación del cultivo de la materia prima de la cocaína.

En casi tres años, esa situación no cambió. Desde su asunción como presidente, en 2006, Morales aceptó, por un lado, el flujo de dinero norteamericano, del orden de los 30 millones de dólares anuales, y rechazó, por el otro, las intromisiones en aquello que los bolivianos consideran intocable por ser parte de su cultura. Ese doble discurso se acentuó con su orgullo por el crecimiento irrisorio del área sembrada de coca (un ocho por ciento en 2006 y un cinco por ciento en 2007, según las Naciones Unidas) y su pedido a los Estados Unidos de mayor cooperación para bloquear la producción de cocaína. En el medio, una comisión de la Asamblea Constituyente propuso prohibir el uso comercial de la palabra coca, como en Coca-Cola.

La nueva Constitución, aún en ciernes, incluye un artículo determinante: “El Estado protege a la coca originaria y ancestral como patrimonio cultural, recurso natural renovable de la biodiversidad de Bolivia, y como factor de cohesión social; en su estado natural no es estupefaciente”. Coca no es cocaína, como decía el eslogan proselitista de 2005, pero la Convención de 1961 de las Naciones Unidas pone a la hoja en cuestión, mascada (acullico) o hervida (mate de coca), a la altura del opio y el cannabis. En esos años, en Ginebra, el difunto presidente Víctor Paz Estenssoro vaticinó que el país, el mayor productor después de Colombia y Perú, iba a deshacerse de ella en dos décadas. Pasó casi medio siglo.

Morales nunca planteó nada parecido: defendió la hoja de coca hasta en la Asamblea General de las Naciones Unidas. En el Chapare, los campesinos expulsaron en julio a los enviados de la Agencia Estadounidense de Cooperación (Usaid) y de la DEA.

El embajador Philiph Goldberg, con mala estrella desde el comienzo de su misión, protestó. Lo acusaron de espionaje y de promover marchas desestabilizadoras contra el gobierno por medio de prebendas otorgadas a una organización no gubernamental, así como de mantener contactos fluidos con los prefectos (gobernadores) opositores y de objetar los lazos atados por Morales con Irán bajo el auspicio de Hugo Chávez. Lo mandaron a casa, finalmente.

¿Qué sería de Mahmoud Ahmadinejad sin el supremo líder religioso Alí Khamenei y del presidente ruso Dimitri Medvedev sin el primer ministro Vladimir Putin? ¿Y de Robin sin Batman o de Morales sin Chávez? En medio de las refriegas en departamentos dominados por la oposición (sobre todo, Santa Cruz y Pando), Chávez se mostró tan solidario con Morales como con el presidente de Ecuador, Rafael Correa, en ocasión del ataque colombiano contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en su territorio.

Echó más gasolina al fuego con la devolución al remitente del embajador norteamericano en Caracas, Patrick Duddy. En reciprocidad, los Estados Unidos expulsaron a los embajadores de Bolivia y Venezuela e infirieron supuestos vínculos de funcionarios bolivarianos con las FARC. En circunstancias tan delicadas en Bolivia, donde la defensa del cultivo de coca se engarza con factores políticos (el rechazo a la nueva Constitución y el reclamo de autonomía de los departamentos de la Media Luna andina) y económicos (el pedido de devolución del impuesto a los hidrocarburos, formulado por los prefectos opositores), el respaldo a las autoridades democráticas, como hicieron la Argentina y Brasil más allá de su preocupación por la provisión de gas, debió ser la respuesta de Chávez en lugar de llevar de nuevo su guerra contra Bush más allá de las fronteras de Venezuela.

El gobierno boliviano involucró a los prefectos opositores y al depuesto embajador Goldberg en un complot para derrocarlo. Chávez, a su vez, desbarató una presunta conspiración en su país mientras arribaban dos bombarderos rusos Tu-160 (Blackjack, en la jerga de la OTAN) como avanzada de la flota encabezada por el crucero atómico Pedro el Grande. El despliegue, acordado con Putin en un momento de especial sensibilidad por la crisis con Georgia en el Cáucaso, quiso ser una advertencia a los Estados Unidos por la reposición de la IV Flota del Comando Sur.

En Bolivia hubo una guerra del agua y hubo una guerra del gas por las cuales murieron inocentes y cayeron gobiernos. “Sin ánimo de injerencia en los asuntos internos, hago un llamado a los militares –exclamó  Chávez, colérico por la situación de Morales y, también, por las derivaciones de la maleta repleta de dólares descubierta en la Argentina–. Si a Evo lo derrocan, si a Evo lo matan, créanlo que me estarían dando luz verde para apoyar cualquier movimiento armado.” Dejó entrever que, de sentirse agredido, actuaría como Bush después de la voladura de las Torres Gemelas y que el ejército boliviano no parece del todo apegado a los mandos naturales.

En eso tiene que ver la colaboración que los militares prestaban a las fuerzas especiales antidrogas norteamericanas, no entrenadas para separar la paja del trigo, sino para distinguir entre la coca y la cocaína en el Chapare.



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