La Argentina puede esperar




¿Por qué los mandatarios extranjeros omiten el país cuando recorren la región?

En la década del treinta, Nina Lee Weisinger y Marjorie Johnston concibieron un libro de lectura en castellano para estudiantes norteamericanos. Los otros americanos lleva por título. Uno de los protagonistas, Alberto, dice: “Buenos Aires se llama el París sudamericano. Para su tamaño tiene más millonarios que ninguna otra ciudad, y todo el mundo parece tener dinero. Como Nueva York, es una ciudad cosmopolita y se ve en sus calles gente de muchas nacionalidades que habla varias lenguas. Hoy día esta capital dista de Nueva York siete días por aeroplano”.

Eran otros tiempos. Sin naves espaciales capaces de ir “en una hora y media a Japón, Corea y, por supuesto, a otro planeta el día en que se detecte que allí hay vida”, como presagió Carlos Menem, ni trenes de alta velocidad a Mar del Plata, Córdoba y Rosario, como prometió Cristina Kirchner. En coincidencia con la edición del libro, en 1934, aquellos porteños de fino pelaje no sólo miraban al cielo cuando había relámpagos para ser fotografiados por Dios, sino, también, para avistar el vuelo lento del dirigible Graf Zeppelin, obra de arte de la aeronáutica alemana.

Entonces, no había nieve ni humo ni piquetes ni bocinazos ni cacerolazos ni atascos ni baches. Ni el Obelisco existía. Los mandatarios extranjeros, sin embargo, tenían el pésimo hábito de visitar a la Argentina y a otros países. Siete décadas después, la mayoría preserva esa rara manía. Hasta invierten fuertes sumas de dinero en su extravagante afán de captar inversiones. Muchos de ellos, parece, desconocen la ventaja de ser amigo de Hugo Chávez. Algunos, como Nicolas Sarkozy, sienten tirria: le piden a Cristina Kirchner que trate de sosegarlo. Otros, como el subsecretario de Asuntos Hemisféricos de los Estados Unidos, Thomas Shannon, le hablan diplomáticamente de tender un puente entre Washington y Caracas (y, después, dinamitarlo).

Desde la asunción de Néstor Kirchner, en 2003, Chávez estuvo varias veces en Buenos Aires. Tantas, quizá, como otros optaron por verla por TV. Jacques Chirac, como el Graf Zeppelin, surcó el cielo argentino en su gira por Brasil y Chile. El papa Benedicto XVI ofició misa en Brasil. Ese país, así como México y Chile, recibe en estos días a la presidenta de la India, Pratibha Patil; no la Argentina, seguramente poco interesada en estrechar lazos con una de las dos superpotencias en ciernes; la otra, China, ya aportó lo suyo para el pago de la deuda externa.

Es un alivio que la Argentina haya sido visitada por Shannon y no por su jefa, Condoleezza Rice, recientemente en Chile y Brasil; consignó  maliciosamente The New York Times, empeñado en hundir al país como la mayoría de los medios de comunicación del planeta, que la omisión de Buenos Aires en su derrotero era consecuencia de “la desilusión” de George W. Bush con su par argentina por las derivaciones de la valija sospechosa proveniente de Caracas. Tonterías.

Es un alivio, también, que la canciller alemana, Angela Merkel, vaya a mediados de mayo a Lima, con motivo de la V Cumbre de América Latina, el Caribe y la Unión Europea, y complete su primer viaje a la región en Brasil, México y Colombia sin desviarse hacia la Argentina. Sabia decisión.

Si pretende aterrizar en Buenos Aires, cualquier mandatario extranjero puede correr la suerte de Jorge Sampaio, de Portugal, y de Thabo Mbeki, de Sudáfrica: Néstor Kirchner adujo comprensibles “razones de agenda” para no recibirlos en 2005; estaba en medio de la campaña para las elecciones legislativas. O puede correr la suerte de uno de los pocos que osó robarle unos minutos a Cristina Kirchner este año: Teodoro Obiang, dictador de Guinea Ecuatorial, concluyó que había atravesado el Atlántico sólo para enterarse de “la honda preocupación” de su anfitriona “por la situación de los derechos humanos en su país”. Le tembló la barbilla.

En su siguiente destino, Brasilia, no escuchó ni media palabra del asunto. Tal vez porque tanto Luiz Inacio Lula da Silva como Michelle Bachelet, Felipe Calderón y Álvaro Uribe, entre otros, insisten en esa antediluviana rutina de fingir alegría con las visitas. Hasta Tabaré Vázquez supo sacarle rédito: agasajó a Bush mientras Chávez, desde el estadio de Ferro, amedrentaba al Pentágono.  Contó para ello con el favor de Néstor Kirchner, como en la acogedora IV Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata. Tan acogedora resultó para Vicente Fox, Alejandro Toledo y otros que juraron no regresar por un rato.

En casi todos los países aún perdura un ejercicio desusado en la Argentina: cabildear para atraer mandatarios extranjeros. Si las capitales fueran como Buenos Aires, con “más millonarios que ninguna otra ciudad”, naves espaciales y trenes de alta velocidad, vaya y pase. No lo son, empero. Prefieren entonces no incluirla en sus giras por la región por una razón más que atendible: reprimir la envidia.



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