Campo travieso




El Estado, visto como la solución tras los noventa, volvió a ser parte del problema

A un campesino mexicano se le atribuye haber vaticinado, tras la declaración de la independencia de su país, que poco y nada iba a cambiar. La independencia de México era, para él, “otro cura en una mula diferente”. El cura representaba a la clase dirigente; la mula, al sistema de gobierno. La defensa del sistema de gobierno, si de la democracia se trataba, requería sustituir al cura. Esa aspiración se centra dos siglos después en sustituir a la clase dirigente. “Que se vayan todos es un lema que vale para la región completa”, concluye la versión 2007 del informe Latinobarómetro.

La efervescencia social en América latina, traducida en reclamos sectoriales por promesas no cumplidas o por plegarias no atendidas, refleja una profunda debilidad de los partidos políticos. E incluso, como sucedió en la Argentina durante las protestas del campo por la imposición de retenciones móviles a la soja, en la autonomía de las bases respecto de los líderes. Esto coincide, curiosamente, con el mejor período económico de la región en un cuarto de siglo, más allá de su proverbial desigualdad y de sus avances, aún escasos, en la reducción de la pobreza y la indigencia.

En un contexto favorable, aupado en el crecimiento de la economía mundial, la fórmula aplicada por la mayoría de los gobiernos reza: “nosotros”, identificados con “el pueblo”, contra “ellos”, enrolados en un grupo de interés. Los partidos y los sindicatos, pilares de la modernidad, no se adaptaron a este nuevo paradigma; de ahí su ausencia en los debates clave. Tampoco se adaptaron las sociedades, expuestas a la irritación frecuente, y contagiosa, de los presidentes.

La bonanza de América latina se debe a la demanda internacional de commodities (productos primarios). Los campesinos deberían ser los niños mimados. En varios países, sin embargo, discrepan con sus gobiernos por motivos diversos que poco y nada tienen que ver entre sí, pero exigen la intervención del Estado.

El Estado, según Ronald Reagan, era parte del problema, no de la solución. En América latina,  tras el esplendor del mercado en los noventa, esa proposición terminó siendo falsa. Al calor de las protestas, los grupos de interés esperan rectificaciones, reformas y, en especial, reglas claras. Frente a ellos, los partidos se muestran incapaces. No pueden mediar. Ni pueden capitalizar los cambios, sean procesos de refundación, como en Bolivia y Ecuador, o espasmos de autoritarismo, como en Venezuela.

Las cacerolas urbanas no batieron en la Argentina por las mismas causas por las cuales los productores y los transportistas bolivianos apelaron al método que empleaba Evo Morales antes de asumir la presidencia: el bloqueo de rutas. Una forma de cercenar la libertad ajena.

En Bolivia, inmersa en un clima de convulsión social, la medida de fuerza se debió a la prohibición de exportar aceite vegetal para garantizar el abastecimiento interno, dictada por decreto. En Paraguay, en vísperas de elecciones presidenciales, los campesinos marcharon por enésima vez a Asunción en demanda de una reforma agraria, traducida en mayor acceso a la tierra, la educación y la salud. En Chile, los agricultores reclamaron al gobierno de Michelle Bachelet que aplicara medidas correctivas frente a la depreciación del dólar.

Nada que ver un conflicto con el otro. Nada que ver, tampoco, con la revolución agraria pretendida por los campesinos y los indígenas de Ecuador ni con las marchas de los Sin Tierra en Brasil ni con el repudio a los tratados de libre comercio con los Estados Unidos de los productores de México y Costa Rica por razones competitivas ni con el cabreo de los productores de arroz de Panamá por la decisión del gobierno de importar ese producto.

Los conflictos figuraban en el horóscopo, pero no tenían fecha ni forma ni actores previstos. Entre el 18 de diciembre de 2005, con la elección de Morales, y el 3 de diciembre de 2006, con la reelección de Hugo Chávez, hubo 11 elecciones presidenciales en América latina. Un dato excepcional. En la década del noventa, 14 presidentes no terminaron sus mandatos; en ningún caso intervinieron los militares. Otro dato excepcional. El desencanto y la desconfianza marcharon en procesión por dentro: ¿cómo mantener la estabilidad en una región en la cual el 10 por ciento más rico tiene el 48 por ciento del ingreso y el 10 por ciento más pobre tiene apenas el 1,6?

En 2006, precisamente, recrudecieron los conflictos bilaterales, sobre todo por la injerencia de Chávez en procesos electorales y asuntos internos de otros países. En parte por ellos y en parte por arrastre, los conflictos bilaterales abonaron los conflictos internos.

Los conflictos a secas, irradiados por populismos de distinta laya, pasaron a formar parte de la geografía latinoamericana. No hubo “otro cura (clase dirigente) en una mula diferente (sistema de gobierno)”. Hubo más polarización y, a pesar de la crisis de los partidos, politización. La politización fue atesorada por los grupos de interés, más unidos por la decepción que por el encanto. Y el Estado, parte de la solución, volvió de ese modo a ser parte del problema. Sin término medio.



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