En casa manda él, pero ella toma las decisiones




Si bien la imagen del líder masculino está intacta, se supone que las mujeres no son propensas a caer en la corrupción

Le pregunté a Mary McAleese, presidenta de Irlanda, por qué no llevaba cartera como la mayoría de las mujeres: “Siempre llevo a mi marido –respondió con naturalidad–. Martin lleva el dinero, las llaves y todo eso que una suele cargar en la cartera. Yo prefiero llevar solamente a mi marido”. Era broma, pero hablaba en serio. Martin estaba sentado a su lado, impertérrito, sonriente, orgulloso de su papel de primer caballero (o cónyuge de la primera mandataria). En su país, desangrado durante años por la ira del IRA, que una mujer fuera presidenta no era novedoso: Mary Robinson, su antecesora, había sido la primera.

Lo del género es relativo, en realidad. No era extraño que Martin llevara en sus bolsillos los artículos de primera necesidad de su mujer. Poder y dinero nunca dejaron de ser asuntos masculinos. En España, con una vicepresidenta primera del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y un gabinete mitad (más que costado) femenino, los varones continúan siendo mayoría en las comunidades autónomas, las alcaldías y las concejalías, así como en el control de las carteras con mayores recursos.

Lo del género, entonces, es tan relativo como el uso de esa palabra para definir el sexo. Se trata de una mala traducción de la expresión inglesa gender, aplicada en esa lengua para establecer la diferencia entre varones y mujeres. Su imposición al castellano, en el cual el género refiere un conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes, terminó dándole categoría sociológica.

Género o sexo en discusión, la paridad entre varones y mujeres, impuesta por leyes en algunos países, como la Argentina, lejos está de fraguar la igualdad. De ahí las aparentes sorpresas, en 2006, por las victorias de Michelle Bachelet, en Chile, y Ellen Johnson, en Liberia, poco después de la asunción en Alemania de la canciller Angela Merkel y de la nominación, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, de una speaker (en este caso, presidenta) de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.

En América latina, las mujeres no quedaron fuera de la expansión del arco político a causa del desprestigio de los partidos tradicionales, con líderes no convencionales como Hugo Chávez, Álvaro Uribe y Evo Morales que llegaron a ser presidentes. En esa senda, Bachelet pasó a ser la primera presidenta elegida en América del Sur y Cristina Fernández de Kirchner, la primera en la Argentina.

La imagen del líder masculino, no obstante ello, sigue intacta. Sólo se presume, más allá de algunas funcionarias inescrupulosas, que las mujeres son menos proclives que los varones a cometer actos de corrupción.

En los Estados Unidos, Hillary Clinton acusó recibo de las críticas de sus siete adversarios demócratas en las primarias (elecciones abiertas) por ser mujer. O, traducido, por aprovecharse de esa condición. “No estoy utilizando la carta del sexo –dijo ella–. Estoy jugando la carta ganadora.”

Otro tanto sucedió con la ex candidata presidencial francesa Ségolène Royal: confiesa en su libro de memorias Ma plus belle histoire c’est vous (Mi más bella historia son ustedes) que nunca creyó ser Juana de Arco ni la Virgen María, pero, en las elecciones finalmente ganadas por Nicolas Sarkozy, sintió el peso de la discriminación por ser mujer dentro su propio partido, el socialista, dirigido por su ex pareja François Hollande, padre de sus cuatro hijos.

Que las mujeres sean presidentas o primeras ministras contribuye a disminuir la disparidad, no a eliminarla. Entre 1995 y 2007, los escaños parlamentarios y los cargos de oficiales superiores y gerenciales ocupados por ellas aumentaron levemente de un 25,6 por ciento a un 28,3, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT). A finales de 2005, las parlamentarias en el mundo ocupaban apenas el 16,1 por ciento del total de las bancas.

En el año 131 antes de Cristo, el general y censor romano Quinto Cecilio Metelo, alias El Macedonio, postulaba: “Si pudiéramos vivir sin una esposa, ciudadanos de Roma, todos nosotros prescindiríamos de ese incordio”. Varias generaciones después, con el índice de natalidad en baja y las deudas en alza, aquella reflexión choca con los colapsos de la seguridad social y los planes de pensiones. Sin sustitución de trabajadores, algunos gobiernos deben subir los impuestos para pagarles a los jubilados o, como decidió Sarkozy en Francia, elevar los años de aportes al sistema.

El poder no sólo pasa por los cargos públicos y, en ocasiones, notorios. J. K. Rowling, la autora de Harry Potter, firmó con iniciales, y omitió su nombre, por consejo de sus editores: los varones se rehúsan a leer, y a comprar, libros escritos por mujeres. La primera carta que recibió, tras la aparición del primer volumen en 1997, era de una niña británica que comenzaba diciendo: “Estimado señor”. La dejó pasmada.

El mundo, en general, no está preparado para asociar el talento y el éxito con un nombre fenemino. Frente a una bella dama, Groucho Marx inquiriría: “¿Quiere usted casarse conmigo? ¿Es usted rica? Conteste primero la segunda pregunta”. La dueña de Nine Dragons Paper Holdings, Zhang Yin, de origen chino, sería una excelente candidata: en cinco años amasó una fortuna de más de 3000 millones de euros por medio de la conversión de desperdicios de papel, cual cartonera, pero en gran escala, en cajas de cartón.

Mujeres ricas como Zhang no abundan. A pesar de la condena unánime contra la discriminación, un 57 por ciento de ellas trabaja en la economía informal, según el estudio El Estado del Futuro 2007, hecho por encargo de las Naciones Unidas. En 181 países, sólo dos tercios alcanzaron la igualdad de sexo en el colegio primario. Cerca de 781 millones de adultos no cuentan con el mínimo de alfabetización; dos tercios son mujeres.

En nada influye que el presidente sea varón o mujer, insisto. O que, si es mujer, prescinda de chofer, asistente y custodia, como la primera ministra de Nueva Zelanda, Helen Clark: arribó curiosamente  sola, como no lo haría ninguno de sus pares varones, a una entrevista en el comité del Partido Laborista de Nueva Zelanda (NZLP), en Auckland. No cabía preguntarle por la cartera: llevaba una superpoblada de la cual asomaban las llaves del coche, la funda de los anteojos y la billetera. Tampoco cabía preguntarle por el marido, Peter Davis, médico y profesor universitario; con él había escalado el Aconcagua.

A diferencia de Clark, McAleese no llevaba nada consigo, excepto a su marido. El problema, empero, no iba a tenerlo ella, sino el primer ministro de Irlanda, Bertie Ahern: descubrieron que había gastado en un solo año 27.000 euros en asuntos tan femeninos, en apariencia, como tratamientos de hidratación de la cara y las manos, coloretes, antirreflejos, exfoliantes, cremas contra el envejecimiento, manicuras y masajes con aceites tonificantes. No por principios, sino por prejuicios, en el mundo de la política, un varón sexy da sensación de poder; en el mundo de los negocios, una mujer sexy no da sensación de autoridad. Perdón: es lo que hay mientras en casa manda él y ella toma las decisiones.



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