Separación de bienes y raíces




En medio de las protestas contra Evo Morales, el alcalde de Santa Cruz avivó la polémica con la división de Bolivia

Miss Bolivia, Gabriela Oviedo, participante del concurso Miss Universo, tuvo el desparpajo de expresar en 2004 aquello que antes, en su país, se pensaba, pero no se decía. Hizo público lo privado: “Desafortunadamente, la gente que no conoce mucho sobre Bolivia piensa que todos somos indios; es La Paz la imagen que refleja eso: gente pobre, gente de baja estatura y gente india.” En Santa Cruz de la Sierra, agregó, “somos altos, somos gente blanca y sabemos hablar inglés”. En ella primaba la renuencia a aceptar a un aymara chaparrito, de tez oscura y pelo duro, en el Palacio Quemado (sede del gobierno).

El aymara chaparrito, de tez oscura y pelo duro, Evo Morales, recogió el guante tres años después en el Palacio Quemado: “Sólo piensan día y noche en cómo tumbar a este indio”. No reparó en el desparpajo de Miss Bolivia, sino en la geografía humana del país. Una geografía humana surcada por un discurso político apegado a la discriminación cual excusa de una división también política con ínfulas de ser una división formal. La informal es más honda que el lago Titicaca. Los Andes y la llanura. El Occidente frío y el Oriente templado. Las caras de los aymaras, quechuas y guaraníes y las caras de los altos, blancos y anglófonos.

Entre ellos, el alcalde de Santa Cruz de la Sierra, Percy Fernández, soltó, como Miss Bolivia, aquello que antes, en su país, se pensaba, pero no se decía: trazó el mapa político de la división formal de dos tercios del territorio. La nación de Oriente (Santa Cruz, Pando, Beni, Tarija, parte de Chuquisaca y Cochabamba), rica en hidrocarburos, y la nación de Occidente (La Paz, Oruro y Potosí), rica en minería. “A tiros, porque esto es a la mala”, advirtió. “A la mala”, en medio de un paro cívico en seis de los nueve departamentos por las injerencias del oficialismo en la Asamblea Constituyente. “A la mala”, pues, la fiera oposición de Morales planteó la fractura.

En algo, los latinoamericanos no nos parecemos a los europeos: en insistir en hacernos daño a nosotros mismos. Puestos a elegir, los europeos consideran que la salud, la familia y los amigos son los asuntos más importantes en sus vidas, según el Eurobarómetro. Puestos a elegir, los latinoamericanos consideramos que el desempleo y la inseguridad son los problemas más importantes en nuestras vidas, según el Latinobarómetro. Entre los asuntos de unos y los problemas de los otros, nosotros, un océano más ancho y profundo que el Atlántico separa los dos mundos.

En ambas márgenes sólo coincidimos en un punto: el desinterés y la desconfianza en los políticos, relegados en el interés de los europeos por el tiempo libre, el trabajo, la ayuda voluntaria y la religión y, en la confianza de los latinoamericanos, por los bomberos, la iglesia, la radio, la televisión, el vecino, el presidente de la república, el tribunal electoral, los periódicos y las fuerzas armadas.

Sin llegar al extremo de la independencia del País Vasco propuesta “a las malas” por ETA, las comunidades de España buscan una mayor autonomía, pero esa circunstancia no se traduce en una fractura. La división informal depende del humor, no de la xenofobia. Un rasgo compartido en Bolivia tanto por unos, familiarizados con el rechazo al indígena, como por los otros, entonados con un aymara como Morales por primera vez en el Palacio Quemado. Los altos y blancos perdieron su oportunidad: tuvieron un presidente que hablaba mejor inglés que español, Gonzalo Sánchez de Lozada; su segundo gobierno resultó horroroso.

Bolivia es, quizás, un reflejo descarado de América latina. En 2006, con un crecimiento de la economía regional del 5,6 por ciento, la brecha entre ricos y pobres del continente no dejó de ser la más grande del mundo: 100 millones de personas (más de dos veces la población argentina) están condenadas a la pobreza extrema.

En general, el fracaso de los presidentes que promovieron la apertura de la economía en los noventa, como Sánchez de Lozada, quedó en evidencia en los escasos progresos en desarrollo, justicia social y equidad, lo cual promovió en algunos países andinos, como Bolivia y Ecuador, el ascenso de gobiernos que, con proclamas populistas identificadas con la izquierda, se pronunciaron a favor de la nacionalización de los recursos. Todo ello favorecido por el aumento de los precios del petróleo y de los productos básicos (commodities).

En todo el planeta, la desigualdad levanta ampollas: las 225 personas más ricas ganan lo mismo que el 40 por ciento de la humanidad (2700 millones de personas); el dos por ciento de ellas tiene mayor patrimonio que más de la mitad de la población mundial. El abismo entre ambos extremos continúa en ascenso y, en pequeña escala, fomenta aún más la división.

Desde 2003, las economías latinoamericanas crecieron a un promedio anual de más del cuatro por ciento, lo cual benefició a los productores agrícolas, como la Argentina y Brasil, y  petroleros, gasíferos y mineros, como Venezuela, Bolivia y Chile. En ello no influyeron los Estados Unidos ni la Unión Europea, sino China y la India por su pujanza industrial.

¿En qué invertimos la bonanza los latinoamericanos? En separar bienes y raíces, como si de una causa de divorcio se tratara, o en despertar el indio con reformas constitucionales apresuradas que deparan más riñas que soluciones. Los europeos no son mejores: se debaten entre el escepticismo y la esclerosis después de haber sufrido severas crisis económicas: Gran Bretaña en 1979; Holanda en 1982; Irlanda en 1987, y Dinamarca, Finlandia y Suecia en los tempranos noventa.

Lo inventado, sin embargo, inventado está, más allá de que un país, Yugoslavia, no se haya partido no en dos, sino en seis. En él, los odios raciales derivaron en guerras como consecuencia de limpiezas étnicas y otras atrocidades. Todo comenzó con una chispa, empero. Todo comenzó con el simplismo de creerse superior y de cultivar prejuicios heredados, como Miss Bolivia, versión 2004, una chica de 21 años que, con su exaltación de los altos, blancos y anglófonos de Santa Cruz de la Sierra, no hizo más que transmitir aquello que antes se pensaba, pero no se decía. Los patrones con los cuales creció.

Los dos países, o las dos caras de Bolivia, son anteriores a Miss Bolivia y al alcalde Fernández. Son anteriores a Morales, también. Ninguno de ellos invirtió su capital, el político, en unirlos. Los distanciaron aún más con la prédica de la separación “a las malas”, por un lado, y de la unión “a las malas”, por el otro.

¿Tuvo algo que ver el gobierno de los Estados Unidos, inoportuno en mostrarse consternado por el aumento del narcotráfico? “No estamos dispuestos a ser el patio trasero de ninguna potencia extranjera”, recibió como respuesta. En las protestas contra Morales, la oposición coreó: “Bolivia soberana, no venezolana”.

Entre dos frentes externos, “a la mala”, quedaron atrapados, entonces, los intereses internos. La Bolivia de los altos, blancos y anglófonos, identificada con los Estados Unidos, y la Bolivia de los aymaras, quechuas y guaraníes, identificada con Morales. La Bolivia templada de Miss Oriente, la rica, y la Bolivia fría de Mister Chávez, la pobre. Espejos, en definitiva, de una desigualdad fenomenal que, tapada por la coyuntura, es capaz de devorar, como termitas, los cimientos de la casa en la cual nacieron y crecieron todos. Juntos y revueltos.

 



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