Reloj, no marques las horas




Vencido el plazo de la ONU, Irán desafía a la comunidad internacional con su empeño en desarrollar material sensible y peligroso

Desde la muerte del ayatollah Ruhollah Khomeini, diez años después de la revolución islámica, Irán aplicó una estrategia: zigzagueó entre la agresión y la persuasión. La agresión contra los Estados Unidos y, cuando se vio apremiado, la persuasión con Europa. La estrategia de los mullahs, capaz de sacar de quicio a George W. Bush, reportó el tiempo como beneficio inmediato para un régimen que, de cara al mundo, debió ser intérprete de una faz política y de otra religiosa como síntesis de un poder complejo. Tan complejo que no vaciló en socavar gobiernos comprometidos con causas contrarias a sus intereses, como Arabia Saudita, mientras sentaba precedente de su rechazo a la existencia de Israel.

En todo momento se valió Irán de la confusión, de modo de mostrarse agresivo, por un lado, y persuasivo, por el otro. Nunca antes, sin embargo, estuvo tan decidido a disponer de la capacidad de enriquecer uranio, aislar plutonio y alcanzar el material fisionable para concebir armas nucleares. Aquello que Saddam Hussein insinuaba, Mahmoud Ahmadinejad exaltó como un derecho, así como el respaldo a Hezbollah, Hamas y otros grupos que intentaron dinamitar los procesos de paz de Medio Oriente por la participación de los Estados Unidos en ellos. Cada acción estuvo calibrada al milímetro.

Cada acción y cada palabra de Ahmadinejad, abanderado de Hezbollah en el Líbano, formó parte de un repertorio hilvanado en forma deliberada. La falta de ideas y de liderazgos, así como los fracasos en el corto plazo de anhelos de largo aliento, como la democratización del mundo árabe a partir de una guerra mal entrazada contra Irak, llevaron a la comunidad internacional a un atolladero, rico en incertidumbre, en el cual se agotaron los repuestos y no quedó un solo tornillo firme. De ahí, los conflictos sin resolución. Y de ahí, también, el presupuesto de mayores sinsabores.

Los Estados Unidos dejaron que el mundo entrara en su territorio. ¿Salieron ellos mismos de su territorio? Como todo millonario, jamás revelaron cómo amasaron su primer millón. Creyeron que era una virtud, más que un mérito, y creyeron que, por ello, debían decidir quién era el bueno y quién era el malo. Lo decidieron sin evaluar el impacto que podían tener los errores cometidos en el tránsito hacia la exportación de aquello que imaginaron conveniente para todos. Es decir, la democracia y el libre comercio, puntales de la globalización.

En otro momento, la mera aprobación de los presumibles afanes de Ahmadinejad, descafeinados como fuentes de energía eléctrica, hubiera sido un atentado contra la inteligencia. Ningún país adquiere el rango nuclear por sí mismo, empero. China, Rusia, Paquistán y Corea del Norte colaboraron o, al menos, permitieron que Irán fuera en esa dirección.

Con su poder de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, China y Rusia aseguraron a Irán el bien más preciado de su estrategia: el tiempo. Paquistán, a su vez, obtuvo un salvoconducto para desarrollar su propio plan nuclear, gracias a los servicios prestados a los Estados Unidos durante la guerra contra el régimen talibán en Afganistán, después de haber estado durante 16 años bajo sospecha. En el otro extremo, Corea del Norte, aupado por China, probó misiles de mediano alcance, de modo de tener en vilo a Corea del Sur y a Japón, enfrentados entre sí, y de amenazar a los Estados Unidos.

Vencido el plazo fijado por el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) para suspender en forma voluntaria el plan, Ahmadinejad ganó puntos hacia adentro con la legitimación de aquello que se había debilitado como consecuencia de la globalización, el Estado-nación, y rubricó su estrategia hacia afuera. Usó la confusión como su aliada: propuso, primero, una negociación en serio y obró, después, como si no hubiera necesidad de entablarla.

Bush no llegó a moverle un pelo con sus advertencias de sanciones económicas y diplomáticas ni con el aumento de las tropas destinadas al vecino Irak. En ese juego de roles invertidos, los Estados Unidos reaccionaron e Irán calculó.

Y calculó, fiel al manual, que su fortaleza se asentaba en la debilidad del otro, comprometido tanto en Irak como en Afganistán y el Líbano. En ese juego de roles invertidos, los gobiernos europeos involucrados, con Alemania a la cabeza, nunca compraron el antídoto norteamericano de matar dos pájaros de un tiro: liquidar el plan nuclear y, cual bonus, el régimen de los mullahs.

Si Ahmadinejad planteó que debía haber incentivos para convencerlo, quizá no mintió. Quizá no mintió en esa ocasión, pero, con el tiempo a su favor, aún había terminado la represalia de Israel contra Hezbollah en el Líbano. El impacto psicológico de la resistencia victoriosa de su aliado terminó influyendo en forma decisiva sobre la virtual mesa de la negociación. Era más oportuna la agresión, favorecida por ello, que la persuasión, siempre a mano como segunda fase de la estrategia.

Los incentivos, mantenidos en secreto desde el 1° de junio hasta el 13 de julio, eran la promesa de grandes inversiones en Irán, el respaldo para su ingreso en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la suspensión de las restricciones para las ventas de aviones de uso civil y de equipos de telecomunicaciones en los Estados Unidos y en Europa, así como la eliminación del catálogo de sanciones vigente en algunos países. Todo ello si congelaba su plan nuclear.

La guerra entre Israel y Hezbollah dividió a los países de la región entre aquellos que apoyaban a uno y aquellos que apoyaban al otro. Irán no dudó en volcar todo su peso sobre uno de los platillos de la balanza, al igual que Siria.

Como Estado-nación constituido, a diferencia de Hezbollah, Irán logró que su voz sonara con más estridencia que las otras y con una posición más clara que las otras. Es decir, contra los Estados Unidos y su modelo de democracia, más allá de la retórica habitual contra Israel.

¿Por qué tuvo eco? Por Hezbollah y, también, por las milicias chiitas de Irak. La violencia sectaria del otro lado de la frontera distrajo la atención de Bush y, mientras tanto, Ahmadinejad ganó, también, el bien más preciado de la estrategia: el tiempo.

Con el reloj bajo control, y la situación fuera de control, los mullahs concluyeron que todo iba a ser poco para desistir de su objetivo: ganar poder y, para ello, aprovecharse de los errores ajenos, como haber permitido que Paquistán, enemigo de la India, se burlara de las resoluciones de las Naciones Unidas hasta que logró blanquearse con su colaboración en el desmantelamiento del ejército irregular de Osama ben Laden en Afganistán. La estrategia de Irán no varió: apeló a la agresión contra los Estados Unidos y a la persuasión con Europa, de modo de mantenerlos a raya mientras llenaba sus bolsillos de tiempo, cotizado como oro en polvo.

 



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