Te solté la rienda




América latina, con Colombia como único foco de conflicto, es la región más inofensiva y menos problemática del planeta 

Cada vez que George W. Bush miró a América latina pensó en China. La región por sí misma iba a ser inseparable del destino común con los Estados Unidos. Lo iba a ser hasta que el Siglo de las Américas, anunciado en su primera campaña electoral como anzuelo para los latinos radicados en su país, se hizo escombros con las Torres Gemelas. Desde entonces, la presencia precaria del continente en la agenda norteamericana se debió a su escaso potencial de riesgo. Mientras el eje viraba  de Afganistán a Irak, la competencia asiática en un territorio considerado propio no alcanzó a despertar el interés dormido, o anestesiado, por las guerras preventivas contra el terrorismo.

Prioridad tampoco tenía América latina al comienzo de la gestión de Bush. La presencia de China, cual correlato de su bonanza económica y de sus ansias de expansión, creó suspicacias en los Estados Unidos, pero, al menos antes del 11 de septiembre de 2001, no eran tan significativas como resultaron después. No eran para alarmarse entonces ni cuando algún funcionario gubernamental argentino soñó en voz alta, o deliró, con la posibilidad de la cancelación de la deuda externa a cambio de una amistad imperecedera con presuntos filántropos de ojos rasgados deslumbrados por las cortesías frecuentes de Néstor Kichner como anfitrión de Hu Jintao y de otros mandatarios extranjeros.

Desde que el régimen de Fidel Castro se mostró dispuesto a instalar misiles soviéticos en Cuba en 1962 ningún país latinoamericano representó amenaza alguna para los Estados Unidos. Cuarenta años después, mientras la doctrina de seguridad nacional remozada en 2002 suspendía la diplomacia y la persuasión en donde oliera a terrorismo, sólo un foco de conflicto destellaba luces rojas: Colombia.

El resto, más allá de las sospechas sobre la Triple Frontera por los dos atentados que hubo en los noventa en la Argentina y de las amistades peligrosas de Hugo Chávez con Saddam Hussein y todo aquel que disintiera con Bush, alias Mr. Danger (Señor Peligro), era una suerte de vergel en comparación con Europa, Asia y parte de África, picados por el virus de Al-Qaeda y por las secuelas del terrorismo.

En la historia, pocas veces figuró América latina al tope de la lista. Hasta el gobierno de Richard Nixon, la diplomacia norteamericana identificaba a México, por su cercanía; a Brasil, por su tamaño, y a la Argentina, por sus pretensiones. La región era una masa compacta, sin divisiones geográficas ni políticas, en la cual el Caribe pisaba cáscaras de bananas y América del Sur se echaba a perder haciéndose daño a sí misma. En tanto no creara problemas fuera de sus fronteras, alejada de las rutas troncales del comercio, la industria y las ideas, ¿por qué iban a reparar en ella, excepto por compartir el mismo bloque continental o por apiadarse de su dudoso honor de ser la peor distribuidora de riqueza del planeta?

Desde su primer turno en la Casa Blanca, cada vez que Bush miró a América latina pensó en China, pero advirtió que, a raíz de una influencia norteamericana menos visible por la reducción de las partidas presupuestarias asignadas a la región en virtud de las guerras preventivas, crecía el vozarrón de Chávez con el ímpetu de sus inversiones y de sus consignas en contra de los Estados Unidos y del libre comercio, resumido en el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

En Lula delegó la misión de contenerlo, papel que había estrenado Fernando Henrique Cardoso mientras Bill Clinton firmaba, en el último tramo de su gobierno, el Plan Colombia. Ya brotaban erupciones por el cóctel venenoso entre la ineptitud y la corrupción de varios gobiernos, atribuidos al Consenso de Washington como causante de las reformas, las privatizaciones, las desigualdades y el magro desempeño del seleccionado argentino de fútbol en el Mundial 2002.

Bush, concentrado en salir del caos que organizó en Irak, poco y nada hizo por atenuar el impacto de la caída de la imagen norteamericana y, sobre todo, de la credibilidad de su palabra en el vecindario. Poco y nada hizo por preservar el liderazgo, digamos.

Ni con Vicente Fox, su par más próximo y afín aunque se haya opuesto a la guerra contra Irak en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pudo, o quiso, cumplir en un asunto vital para todo presidente mexicano: el blanqueo de los inmigrantes ilegales en los Estados Unidos.

En señales más cosméticas que decisivas confió en plasmar una percepción diferente. Una de ellas: la sustitución, en vísperas de la IV Cumbre de las Américas, realizada en noviembre de 2005 en Mar del Plata, de un duro como Roger Noriega, enfrentado con el Congreso norteamericano y resistido por varios gobiernos de la región (entre ellos, el argentino) por un conciliador como Tom Shannon como secretario de Estado adjunto de Asuntos del Hemisferio Occidental, el cargo de mayor relevancia regional en el Departamento de Estado. Pudieron cambiar el trato y el estilo, pero no se alteró la política. Curiosamente, como si la Guerra Fría no hubiera terminado, Castro no hubiera envejecido y Chávez no hubiera cobrado relevancia, toda la energía pareció dirigida a Cuba.

Condoleezza Rice, preocupada en su momento por la multiplicación de los discursos izquierdistas, nacionalistas y populistas, omitió un dato no menor: América latina continuaba durmiendo mal y comiendo peor. Omitió, también, otro dato que incorporó después: esos discursos, apuntalados por líderes en ascenso como Evo Morales y Ollanta Humala bajo la inspiración de Chávez, hicieron temblar tocaron la base de la estabilidad; es decir, la fibra más sensible de los Estados Unidos en un área que suponía controlada.

En esas condiciones, difícilmente la reformulación del libre comercio, cual salvavidas abstracto y prometedor, iba a competir con las urgencias, como crear empleo y reducir la pobreza. En esas condiciones, difícilmente las amenazas contra los inmigrantes ilegales en los Estados Unidos iban a frenar la búsqueda de una vida mejor en donde no dejó de haber prosperidad y, en especial, horizonte. En esas condiciones, el afán por exaltar la democracia en donde superó severas pruebas durante dos décadas, excepto en Cuba, cayó en el mismo vacío que el ALCA.

Desde Main Street (Washington) no hubo durante el gobierno de Bush más que pedidos de contención, como si el vaso fuera a desbordarse de un momento a otro. Por un lado, contención de países en crisis, como Bolivia y Ecuador, y de un líder en particular, Chávez; por el otro, contención del conflicto colombiano, capaz de hacer mella en la franja andina. ¿Preocupación por Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia? Más que todo, por sus reservas de petróleo y de gas natural, vitales a mediano plazo para los Estados Unidos. En el Plan Colombia, rubricado en 2000 para combatir el narcotráfico y el terrorismo, invirtieron casi tanto como en Medio Oriente. En ambos casos, los resultados no fueron inmediatos ni proporcionales.

Si América latina fuera un mosaico, tendría muchas grietas. No todos los países encararon las reformas del mismo modo y no todos los países fracasaron por haberse embarcado en ellas. Más de una docena de presidentes no concluyeron sus mandatos por complots internos, ajenos a los organismos de crédito que, en todo caso, colaboraron con el último empujón hacia el precipicio. ¿Quién perdió? Perdió la democracia, paradójicamente exaltada por los Estados Unidos como parte de su legado, pero vilipendiada por pueblos enteros que no vieron en ella otro beneficio que ser convocados en períodos electorales sin más premio que seguir participando.

El desencanto por Irak, donde enviaron tropas seis países caribeños (Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana), sujetos al inminente acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, y Colombia, atada al plan homónimo, demostró que en 2002, en coincidencia con la remozada doctrina de seguridad nacional, se inauguraba un nuevo ciclo en el cual Bush ya no pensaba en China cada vez que miraba a América latina, sino en una legión de ingratos que no supo valorar las atenciones dispensadas. O que, en realidad, debió aprender a sujetar la rienda de su destino. Por un rato largo.



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