Corrupción, mentiras y video




La crisis en el gobierno de Lula viene a ser otro eslabón de la cadena de escándalos que sacuden a menudo a la región

Por la compra de voluntades, y de votos, cayó un símbolo de la corrupción: Alberto Fujimori. Por ello y, también, por fraude en las elecciones de 2000, después de haber permitido que Vladimiro Montesinos, jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), triangulara fusiles soviéticos importados de Jordania a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC); iban a ser para el ejército peruano, en principio. Los vladivideos, en los cuales legisladores y particulares recibían dólares a cambio de favores, terminaron con su gobierno. Y, por cierto, con sus mentiras.

¿Falló la democracia? No. Definitivamente, no. El hallazgo de las cuentas bancarias secretas de Augusto Pinochet en los Estados Unidos demostró que la corrupción no repara en gobiernos civiles o militares, sino en las tentaciones de los hombres. Acrecentadas por las oportunidades que abrieron las reformas, de las cuales Chile ha sido el pionero.

Por esas tentaciones, más presas de los afanes de poder que de los beneficios de bolsillo, Lula debió desprenderse de uno de sus hombres de confianza, José Dirceu, jefe de gabinete, acusado por el diputado laborista Roberto Jefferson, virtual aliado del gobierno, de la compra de voluntades, y de votos, entre legisladores de derecha que iban a aprobar a mano alzado proyectos gubernamentales de su mismo signo. Algo inaudito, desde luego. Las denuncias de sobornos apuntaron contra el Partido de los Trabajadores (PT). Y procuraron resguardar la figura presidencial, de modo de evitar la crisis institucional que, de todos modos, estalló. Antes, en el primer episodio de la saga, un video ilustraba a un funcionario de la compañía estatal de correos que embolsaba sin pudor 1200 dólares de manos de empresarios.

            En Brasil, Fernando Collor de Mello inauguró en 1992 un ciclo nefasto: renunció antes de ser sometido a un juicio político por corrupción y tráfico de influencias. Prefirió no exponerse a la suerte que iba a correr el presidente venezolano Carlos Andrés Pérez, preso desde 1994 por malversación de fondos hasta que, por ser mayor de 70 años (como Carlos Menem, implicado en el tráfico de armas), continuó con su arresto a domicilio; en 1996 obtuvo la libertad. Un año después, su par ecuatoriano Abdalá Bucaram, alias El Loco, iba a ser declarado incompetente mental como correlato de denuncias de corrupción y de nepotismo.

Por nepotismo hasta un presidente modelo como Ricardo Lagos, cara y cruz con Pinochet, sucumbió en el ojo de la tormenta. Sobre todo, desde que su cuñado, Hernán Durán, ganó una licitación pública; dio pie a la oposición, en un año electoral, para revelar no menos de 15 cargos ocupados por parientes o amigos de él y de su mujer, Luisa Durán.

En el ínterin, el presidente colombiano Ernesto Samper fue acusado de haber recibido dinero del narcotráfico. Un manto de sospecha, nunca despejado, cubrió la gestión del presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari; su hermano Raúl, con una formidable fortuna en Suiza nutrida por fondos de origen dudoso, recobró la libertad bajo fianza después de una década en prisión por el asesinato del secretario general del Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Francisco Ruiz Massieu, en 1994.

Sobornos, nepotismo, mentiras, videos y dinero. Mucho dinero. ¿Productos regionales? No. Definitivamente, no. Si fueran autóctonos, Helmut Kohl, el canciller que más hizo por Alemania desde Konrad Adenauer, no hubiera quedado al filo del escarnio, antes de las elecciones de 1994, por haber aceptado transferencias de un traficante de armas para la Unión Cristiana Demócrata (CDU). Ni hubiera actuado en complicidad con otro pilar de la nueva Europa, el presidente francés François Mitterrand, jaqueado, a su vez, en 1988, por haber financiado su campaña con facturas falsas.

Después iba a surgir Il Cavaliere, Silvio Berlusconi, investigado en Italia por blanqueo de dinero, vínculos con la mafia, evasión fiscal, pertenencia a la Logia Masónica P2 de Licio Gelli, y sobornos de políticos, de jueces y de funcionarios gubernamentales tras su primer acto como primer ministro, siete meses en 1994. Lo condenaron tres veces: 77 meses de prisión, en total. No purgó en ella ni una hora. En 1992, Bettino Craxi, fallecido en su exilio de Túnez, había sido acusado por el movimiento milanés Manos Limpias de recibir comisiones ilegales y Felipe González había resultado salpicado por informes fantasmas de un conglomerado que habría reportado millones al Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

En América latina, la situación ha sido diferente. En especial, por la crisis de gobernabilidad frente al desempleo en alza y la confianza en baja, traducidos en marginalidad, delincuencia y frustración. Traducidos, en resumen, en el impuesto a los pobres: la corrupción.

Desde 1989, con el retiro precipitado de Raúl Alfonsín, hubo 10 interrupciones de presidencias democráticas en siete de los 10 países de América del Sur, según el Centro de Estudios Nueva Mayoría. Entre ellos, la Argentina, Bolivia y Ecuador padecieron los peores signos de inestabilidad política e institucional. Sólo conservaron sus invictos Chile, Colombia y Uruguay mientras Fujimori y Menem, obsesionados con terceros mandatos originalmente vedados por las constituciones, tropezaban con la misma piedra: el tráfico de armas. Capaz de derribar, entre mil y una sospechas, sus estanterías.

Hasta las denuncias de Jefferson, la estantería de Lula permanecía intacta. Estaba concentrado en forjar una posición de liderazgo regional. En sus primeros dos años y medio de gobierno viajó, en promedio, tres veces más que George W. Bush y cuatro veces más que Juan Pablo II, el Papa peregrino: fueron 41 idas y vueltas al exterior. Un récord notorio en contraste con el fastidio de Néstor Kirchner antes de abordar un avión o de recibir a un huésped extranjero.

Lula sabía que Jefferson, miembro de la tropa de choque que defendió a Collor de Mello hasta su renuncia, iba a ir a la carga. Y sabía que su discurso inaugural de equidad y honestidad, pronunciado en enero de 2003, podía ser desvirtuado. ¿No sabía, realmente, que el PT estaba detrás de los votos afirmativos de sus proyectos de ley entre legisladores opositores? Pruebas no recibió, pero la renuncia de Dirceu, con la misión de ocupar la banca de diputado de la que había pedido licencia, legitimó las denuncias. O coronó las sospechas.

En un primer momento, Lula y otros presidentes latinoamericanos provenientes de la izquierda (Lagos y Tabaré Vázquez, entre ellos) debieron despojarse de las dudas que sembraban frente a una comunidad internacional más ávida de seguridades que de revoluciones. Seguridades que no pudo mostrar, por ejemplo, el último secretario general de Organización de los Estados Americanos (OEA), Miguel Angel Rodríguez, echado del cargo (más allá de que haya renunciado) por haber aceptado sobornos de una compañía francesa de telecomunicaciones mientras era presidente de Costa Rica.

En Brasilia, durante el IV Foro Global de Lucha contra la Corrupción, Lula se ufanó, casualmente, de sus esfuerzos contra ese flagelo, o esa tentación, y advirtió sobre sus terribles consecuencias para los pobres. Los más vulnerables, en definitiva. Por su mente pudo haber pasado Fujimori, cual peligro latente de ambición y desmesura. O el compañero Menem, confundido con Kirchner en un discurso elogioso.

Durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, algunos diputados también fueron acusados de cobrar sobornos en vísperas de la aprobación de la enmienda constitucional que introdujo la reelección. La logró. Frente a Lula, justamente. El PT obtuvo después la presidencia, no la mayoría de número en el Congreso. Con apenas un 20 por ciento de las bancas, vital iba a ser ganar adhesiones. De ahí, las alianzas con partidos lejanos, como el Liberal. Y la compra de voluntades, y de votos, a lo Fujimori, con tal de asegurar un bien tan caro como escaso en América latina: la gobernabilidad. No falló la democracia, sino el sistema, a menudo averiado por las tentaciones de los hombres.



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