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Más que haber evitado una guerra y haber ganado la paz, Juan Pablo II trazó desde el fin del mundo su política exterior

Era un actor teatral de discreta trayectoria en Polonia hasta que aceptó otro papel en el Vaticano: ser actor político. Había intentado asumir el reto su antecesor, Juan Pablo I: durante su entronización, el 3 de septiembre de 1978, el cardenal chileno Raúl Silva Henríquez se precipitó frente a él; le pidió, arrodillado, que mediara en el conflicto inminente entre su país y la Argentina por el canal de Beagle. Debió vulnerar el protocolo para ello. Lo acompañaban en la delicada misión los cardenales argentinos Raúl Primatesta y Juan Carlos Aramburu, portadores de una carta que nunca llegó al destinatario. Más allá, en otro rincón de la plaza de San Pedro, estaba Jorge Rafael Videla.

Treinta y tres días después de su elección, Juan Pablo I murió entre rumores de venenos. No volvió todo a foja cero, pero tampoco quedó claro si había surtido efecto su exhortación a los episcopados de ambos países de alcanzar la paz. Entre bambalinas, los regímenes militares de la Argentina y de Chile cavilaban entre abrir fuego o, sin entusiasmo, apelar al Tribunal Internacional de La Haya. A fines de ese año, signado por los 25 millones de argentinos que jugamos el Mundial, Jimmy Carter había fracasado en su afán de convencer a Videla, por un lado, y a Augusto Pinochet, por el otro, de que depusieran sus fieras actitudes por el diferendo limítrofe.

Juan Pablo II no heredó el conflicto. Lo tomó como el primer desafío de su pontificado, esta vez por pedido de dos cancilleres con rangos militares: el brigadier Carlos Washington Pastor, cuñado de Videla, y el ex marino Hernán Cubillos, hijo de un ex almirante. Llevaba dos meses en el Vaticano y, con el envío del cardenal Antonio Samoré a la región, estampó su sello el Día D (el día que iba a iniciarse la ofensiva argentina). Sello que marcó, desde aquel 20 de diciembre, el rumbo que iba a seguir la política exterior del Vaticano en el cuarto de siglo siguiente: abogar por la paz en cuanta guerra estallara, o estuviera a punto de estallar, más allá de que interviniera en forma directa en la caída del Muro de Berlín y en la posterior disolución de la Unión Soviética.

La exitosa mediación entre la Argentina y Chile en circunstancias dramáticas reflejó la habilidad de Juan Pablo II, y su vocación integrista, para negociar con dictadores impiadosos como Videla y Pinochet que, no obstante ello, eran devotos, así como con otros que, como Fidel Castro, estaban en las antípodas de la religión. El diálogo con el poder, fuera del origen que fuere, fortalecía por sí mismo el poder de la Iglesia, según sus convicciones. Seis años después, recuperada la democracia en esta margen de los Andes, ambos gobiernos firmaron la paz por instancias de su gestor inicial, presente, a su vez, en otro momento clave de la historia argentina: el final de la guerra de las Malvinas, agotado toda cuota de negociación entre Leopoldo Fortunato Galtieri y Margaret Thatcher.

La Argentina pagó con algo de ingratitud aquellos gestos. No sólo por la ausencia de Néstor Kirchner, ajustada a un protocolo que supieron desbordar con generosidad desde monarcas y mandatarios europeos hasta Luiz Inacio Lula da Silva, Vicente Fox y otros presidentes latinoamericanos, sino, más que todo, por el súbito traslado al Vaticano de las rencillas políticas domésticas. Asuntos terrenales, en definitiva.

Era un ámbito que trascendía las especulaciones, correlato de la globalización de la religión que impuso Juan Pablo II por haber sido el primer papa en pisar una mezquita, en orar en el lugar más sagrado del judaísmo y en devolver las reliquias de santos venerados por la Iglesia Ortodoxa. Era un ámbito en cual se imponía la tolerancia, con George W. Bush bajo el mismo techo que los presidentes de Irán, Mohammed Khatami, y de Siria, Bashar al-Assad, sus enemigos latentes. Era un ámbito propicio para la reflexión, sobre todo por la contribución papal a la tolerancia entre los unos y los otros, más allá de que, en términos estrictamente pedestres, también fuera inmejorable, entre mandatarios, para anudar contactos, despejar dudas y ganar voluntades.

Detrás quedaba el calvario de los últimos días de Juan Pablo II. El calvario de no disponer del don, y la herramienta, de la palabra, reflejado en sus vanos intentos de dirigirse a la multitud que esperaba la bendición en la Plaza de San Pedro, no esa suerte de lucha contra sí mismo o esa prueba de resistencia mientras movía el brazo derecho desde la ventana de su estudio del Palacio Apostólico.

Mudo, el Papa no tuvo ni la posibilidad de gritar su propia muerte, como Jesús en el madero, después de haber gritado tantas muertes a su alrededor (una hermana que no llegó a nacer, su madre, su único hermano, su padre, la novia judía desaparecida en el infierno de un campo de concentración nazi mientras aún se debatía entre ser actor o sacerdote).

La muerte fluyó en su testamento, expuesta en forma ambigua la posibilidad de renunciar después del jubileo de 2000. Había cumplido 80 años, la edad de jubilación de los cardenales, y se sintió atormentado por su eventual retiro. Retiro al que después, aquejado por la enfermedad, se rehusó hasta el final.

El mundo vivió su muerte como una muerte propia. Ningún líder, fuera  Bush, Tony Blair, Nelson Mandela o Hu Jintao, hubiera sido capaz de mantener en vilo durante su agonía, y su funeral, a gente de toda laya y de todas las religiones, así como ateos y agnósticos, de los cinco continentes. Por una razón: Juan Pablo II regía los destinos de la mayor institución supranacional del planeta. Un Estado que, a diferencia de las Naciones Unidas y de la umma islámica, no aglutina otros Estados ni actúa como una organización.

Fue el Papa de la palabra y, a su vez, era la palabra del Papa. El único (de los últimos tiempos, al menos) que mostraba sin pudor el color de las medias; solía cruzar las piernas. El único, e irrepetible, a cuyo funeral, curiosamente, no asistieron los presidentes de los dos países del lejano Cono Sur que, gracias a él, se salvaron de la cruz de una guerra y de sus consecuencias; Ricardo Lagos se excusó por la salud endeble de su madre.

Quizás el legado más trascendente de Juan Pablo II hayan sido los 21 minutos que pasó en la celda de Mehmet Alí Agca, el turco que había intentado matarlo. Le regaló un rosario de plata y, sobre todo, su perdón.

¿Cuántos de nuestros políticos, o nosotros mismos, están dispuestos a soslayar los errores o las maldades ajenas? Sólo Cristo y el Papa pudieron tener el temple necesario para despojarse de rencor. Juan Pablo II supo antes de morir que Acga, recluido en una cárcel de máxima seguridad de Kartal Matepe, Turquía, no actuó solo el 13 de mayo de 1981. Lo ayudaron, dijo, sacerdotes y cardenales. Declaró que el diablo estaba dentro de las murallas del Vaticano. Lo habían reclutado los servicios de inteligencia de la Unión Soviética (KGB), de la República Democrática de Alemania (Stasi) y de Bulgaria (Darzavna  Sigurnost).

En sus memorias, Bill Clinton recordó que se sintió estremecido la primera vez que vio a Juan Pablo II, flanqueado por monjas que cantaban rock; tan estremecido se sintió que admitió que jamás iba a presentarse en unas hipotéticas elecciones contra él. La historia, más allá de su influencia decisiva en la victoria de Lech Walesa y el movimiento Solidaridad en Polonia, más allá de los cambios dramáticos en la Europa de 1989 con su secuela de perestroika en Moscú y de revoluciones de terciopelo en el eje soviético, dejó el sello de una política exterior orientada hacia la paz, la libertad y el respeto a los derechos humanos.

En febrero de 1998, Bush aún era gobernador de Texas. Vanos fueron los pedidos de clemencia del Papa, entre otros, para Karla Faye Tucker, la primera mujer ejecutada en los Estados Unidos desde 1984 y en ese Estado desde 1863. Vanas fueron sus gestiones. Vanas fueron también, al parecer, algunas de sus lecciones de fe. De buena fe, en realidad, fraguada ya su vocación de actor político.



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