Te llevo bajo mi piel




El procurador general de México lleva un microchip inyectado en el brazo, reflejo del valor que ha cobrado la seguridad

En The Truman Show, Truman Burbank (Jim Carrey) vive en un gigantesco set de filmación; no puede escapar de las cámaras. ¿Ficción? Fricción, en realidad: el procurador general de México, Rafael Macedo de la Concha, lleva implantado en el brazo un microchip del tamaño de un grano de arroz por el cual vive, también, en un gigantesco set de filmación; el implacable control satelital escrudiña sus movimientos a sol y sombra.

El microchip, llamado chip antisecuestro, alberga sus fotos, sus huellas digitales y otros datos personales. Con él, cual santo y seña, puede ingresar como Pancho por su casa en el Centro Nacional de Información para la Procuraduría General de la República (PGR), archivo del delito en México, evitando otro tipo de cerrojos. Es decir, alguien sabe en todo momento dónde está Macedo de la Concha, blanco frecuente de amenazas de narcotraficantes por su cargo de fiscal general. Conclusión: ganó seguridad, pero perdió privacidad y, en cierto modo, libertad.

Quizá sea el costo de un mundo feliz: el control satelital, promocionado para vehículos, mascotas y ganado, pasó a ser una alternativa para funcionarios gubernamentales. Algunas compañías, mexicanas entre ellas, se animaron a extenderlo a niños y adolescentes en peligro de ser secuestrados, exaltando las virtudes del microchip como virtual sucesor de las bandas magnéticas de las tarjetas de crédito y de débito, aparentemente fáciles de copiar por estafadores.

El meollo del asunto, más allá del debate moral sobre el yugo fílmico de Truman (true man: hombre verdadero) o de Winston Smith, el protagonista de la novela 1984, de George Orwell, encarnado en el cine por John Hurt, no es el nacimiento de una generación cyborg, propia de la política Terminator y la policía Robocop, sino el precio de la seguridad en un mundo cada vez más inseguro. Sobre todo, por la voladura de las Torres Gemelas, sus consecuencias (desde las guerras en Afganistán y en Irak hasta los atentados en Madrid y en otras ciudades), así como por el incremento desmañado del delito, y de la violencia que entraña, con fines tan prosaicos como el lucro en el mundo todo y por los mayores rigores para desplazarse de un punto a otro.

Falló el remedio, pues. En Irak, después de haber destinado más de un cuatro por ciento de su Producto Bruto Interno (PBI) al presupuesto de defensa, los Estados Unidos gastan 3900 millones de dólares por mes. Tony Blair ha comprometido hasta 2006 un 2,7 por ciento del PBI en el presupuesto de defensa, el mayor en 20 años. Jacques Chirac, por más que se haya opuesto a la guerra, ha asignado a la programación militar entre 2003 y 2008 un 1,8 por ciento del PBI. Y Canadá ha adoptado un plan quinquenal de lucha contra el terrorismo del orden del 0,7 por ciento del PBI.

Después del 11 de septiembre de 2001, Osama ben Laden se ufanó en un video de haber herido profundamente el corazón de la economía norteamericana. Error, replicaron: la economía norteamericana apenas había sufrido un rasguño.

Las reglas más severas para trasponer sus fronteras, sin embargo, están haciendo estragos: millones de dólares pierden las corporaciones por la decisión de los extranjeros de no estudiar ni trabajar en los Estados Unidos. En algunos casos, de no visitarlos frente al vía crucis para obtener una visa que no es gratis y, una vez en el aeropuerto, los interrogatorios para el mero ingreso. Gobiernos como el brasileño han tomado represalias frente a la exigencia de fotos y huellas digitales a sus ciudadanos.

Quizá sea el otro costo de un mundo feliz: en vísperas de la inauguración de los Juegos Olímpicos en Grecia, el corazón turístico de Estambul se vio sacudido por una cadena de atentados contra hoteles y estaciones de servicio que dejó dos muertos y más de una decena de heridos. Un grupo ligado a Al-Qaeda se adjudicó la autoría, memorando los ataques de junio, poco antes de la cumbre de la alianza atlántica (OTAN), contra las adyacencias del hotel en el que iba a alojarse George W. Bush, en los cuales murieron cuatro personas, y los ataques de noviembre, en los cuales murieron 50 personas.

En esta ocasión, el padre de Bush, jefe de la delegación olímpica norteamericana, había arribado a Kavala, al norte de Grecia, y se dirigía en un yate rumbo a El Pireo, bajo un cielo surcado de aviones Awacs de la Royal Air Force británica al servicio de la OTAN. Lo acompañaban Barbara, su mujer, y sus nietas Jenna y Barbara.

En Atenas, mientras tanto, como una versión gigantesca del Gran Hermano llamada C41, más de 1250 cámaras, controladas por 4000 agentes que se distribuyen en turnos de ocho a diez horas, no pierden detalle de cada rincón de la ciudad. Son parte del operativo de seguridad, valuado en 1200 millones de dólares, con 70.000 soldados y policías, una batería de misiles antiaéreos Patriot en la aldea olímpica, 40 aviones de combate Mirage y barcos de Grecia, Israel y los Estados Unidos, así como la Sexta Flota norteamericana, en las costas.

La antorcha olímpica tiene un precedente funesto: ocho terroristas del grupo Septiembre Negro, enrolado en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), asesinaron el 5 de septiembre de 1972, durante los Juegos de Verano organizados por Alemania occidental, a 11 atletas y entrenadores israelíes alojados en la aldea olímpica de Munich.

Tomaron como rehenes a otros nueve, en demanda de la liberación de 234 presos árabes y alemanes y de un avión para huir; terminaron matándolos. La primera ministra de Israel, Golda Meir, renuente a negociar con ellos (capturaron a tres), autorizó el asesinato selectivo de los autores intelectuales de la masacre: nueve palestinos fueron liquidados en los dos años siguientes.

Fue el fiasco del país que, 27 años después de la caída de Hitler, organizador de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, quiso ser reflejo de la paz y de la alegría, exaltando las marcas del nadador norteamericano Mark Spitz y de la gimnasta soviética Olda Korbut. El presupuesto de la seguridad rozaba los dos millones de dólares; 2000 policías desarmados vigilaban los alojamientos. No había Ben Laden ni Al-Qaeda ni Michael Moore ni Bush.

Menuda responsabilidad para los custodios. En especial, de Bush. Seré curioso: ¿tendrá algún microchip implantado en el brazo, en el hombro o en la cadera? En los Estados Unidos comenzaron a ser populares desde octubre de 2002 para hallar a los niños perdidos en los centros comerciales.

En México, uno de la marca Verichip (presumible variante de very cheap: muy barato) cuesta 200 dólares, más 50 anuales por el mantenimiento y, opcionalmente, 1200 por el escáner. En Venezuela, tercera en promedio de asesinatos después de Medellín, Colombia, y de Recife, Brasil, los conductores de taxis y de autobuses que salen de Caracas han optado por filmar y catear a sus pasajeros. Sonría, por favor. Paso.



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