Razones de fuerza mayor




Las elecciones de noviembre de 2004 y las bajas en la posguerra llevan a Bush a prometer más autonomía a los iraquíes

Nunca ha habido una guerra buena ni una paz mala. E Irak no iba a ser la excepción. Después de más de 30 muertos como consecuencia de otro atentado suicida, esta vez contra el cuartel general de los carabinieri a oídos de George W. Bush llegaron los replanteos de gobiernos que, en su afán de mitigar la presión interna por una causa que desde sus comienzos no tuvo consenso popular, se han planteado la posibilidad de demorar el envío de tropas a las honduras de la incertidumbre en las cuales han derivado las pinceladas iniciales de una victoria segura.

El aumento de la violencia excede los límites de Irak: la banda Al Qaeda se atribuyó el atentado que provocó, el domingo, 17 muertos y varios heridos en un barrio residencial de Riad, Arabia Saudita. El ataque artero contra la base italiana en Nasiriya, con el modus operandi propio de la intifada (un camión bomba conducido por un suicida), ha precipitado, el miércoles, el pedido de definiciones. En especial, de gobiernos como el japonés y el coreano. Es decir, de aliados que se resisten a lamentar víctimas, como España y Holanda o de organizaciones con banderas propias, como las Naciones Unidas y la Cruz Roja, cuya presencia se ha visto reducida a la mínima expresión después de haber sido blanco de una contraofensiva (residuo del régimen de Saddam Hussein, según el Pentágono) con aspecto de terrorismo urbano. O de guerra de guerrillas.

¿Obtuvieron definiciones, finalmente. ¿Definiciones convincentes? Bush, sobre la marcha, ha decidido acelerar la transferencia del poder en Irak, de modo de frenar la ola negativa que proviene del exterior. Traducida, tierra adentro, en una suerte de derrota subliminal, más allá del optimismo inicial, frente a un enemigo invisible capaz de estropearle la reelección dentro de un año.

Demócratas como el reverendo Jesse Jackson, ex precandidato presidencial, han advertido aquello que los republicanos no quieren ver ni oír: que el Pentágono ha censurado las fotos de los ataúdes y de las bolsas en los que transportan cadáveres desde Irak hasta los Estados Unidos y, más grave aún, que Bush, en su condición de comandante en jefe, no ha asistido a los funerales ni a los actos que se realizan en memoria de ellos, rompiendo con la tradición militar.

Razones de fuerza mayor han llevado a Bush a evaluar el coste de la posguerra, precipitando una paz mala como desenlace de una guerra que creyó buena. Tan buena que nunca entendió los reparos de la vieja Europa (caricatura de Francia y de Alemania por su renuencia a sumarse a la coalición precaria que logró armar con Gran Bretaña, España y Polonia, entre otros) y del patio trasero (con las honrosas excepciones de Colombia, por el peso del terrorismo dentro su territorio, y de los países de América Central, acechados por la sombra de perder la oportunidad acaso única de firmar un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos).

Aliados desde la primera hora, como Japón y Corea del Sur, han decidido limitar el número de tropas a pesar de los compromisos asumidos con Bush. Los frentes internos del primer ministro japonés Junichiro Koizumi y del presidente coreano Roh Moo-hyun, alterados por presiones, no permiten aventuras en el frente externo. Menos aún en un escenario convulsionado (no sólo Irak, sino toda la región) en el cual los reservistas norteamericanos, convocados por períodos de tres meses, deben hacerse a la ingrata idea de no regresar a casa en menos de un año sanos y salvos, desde luego. Sin seguridad de ello.

Sin seguridad, tampoco, de las causas por las cuales Bush, apremiado por las bajas en virtud de una causa tan extraña y ajena como la democracia en Medio Oriente, ha decidido rehacer en un santiamén un plan que, en realidad, nunca pareció firme y escalonado, por más que, según él, el islam sea compatible con Occidente. Dio ejemplos de países tan caros y excitantes a los ojos y los corazones de sus compatriotas como Turquía, Indonesia, Senegal, Albania, Níger y Sierra Leona.

La vieja Europa, así como la nueva, no ha sido del todo consecuente con sus principios. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó el 22 de mayo una resolución, la 1483, por la que ha reconocido a la coalición (los Estados Unidos y Gran Bretaña, en particular) como autoridad en Irak, levantando el embargo que regía desde 1991 y permitiendo, entre otras cosas, la venta del petróleo. Ni Francia, ni Alemania, ni China, ni Rusia votaron en contra.

La nueva Europa, así como la vieja, ha reforzado ese espíritu de conciliación, o de reconciliación, con su respaldo a los ataques preventivos, ensayados en Afganistán y estrenados en Irak, en la cumbre realizada en Salónica, Grecia, el 21 de junio. En ella, los 15 miembros de la Unión y los 10 futuros acordaron superar la estrategia de la disuasión aplicada durante la Guerra Fría a la luz de los atentados contra las Torres Gemelas. En ello ha pesado la agenda de seguridad, pero, si miramos con ambos ojos, han pesado, también, la agenda económica, empezando por el comercio.

En Europa, la vieja y la nueva, sostienen, sin embargo, que la responsabilidad sobre Irak corresponde a Bush. De ahí, la carta de Jacques Chirac: rehusarse a dar el brazo a torcer mientras las estadísticas (más soldados muertos en la posguerra que en la guerra) hablen por sí solas. Por más que, en el terreno, aquellos que confiaron en sus libertadores desconfíen con igual énfasis de sus colonizadores y, según la CIA, vayan trocando su idea de libertad por una amenaza de ocupación. Que, a su vez, favorece los intereses de la contraofensiva, inspirada en atentados suicidas que un país de fronteras abiertas como los Estados Unidos no ha podido prevenir y que un país de fronteras cada vez más estrechas como Israel no ha logrado detener.

Los brotes de violencia han provocado una nueva fase: la soberanía del pueblo iraquí, reclamada por Alemania y, con la supervisión de las Naciones Unidas, por Francia, de modo de reducir las atribuciones de un interventor con dotes de virrey como Paul Bremer. El súbito traspaso del poder, bendecido por Bush, refleja el apuro por obtener una paz mala en desmedro, tal vez, de la guerra que creyó buena. Tan buena no era si la operación, cual réquiem de toda oposición, se llama Martillo de Hierro. Título menos simpático que Libertad Duradera o, en las vísperas, Justicia Infinita.

La resistencia, a diferencia de un ejército convencional, no representa un Estado, por canalla que haya sido bajo los bigotes de Saddam. Ni representa una facción con campos de entrenamiento, si los hay, fácilmente hallables con medios tan eficaces como los satélites o, desde 2001, tan ineficaces como los servicios de inteligencia. Ni representa un peligro cierto, a pesar de los daños colaterales, para los iraquíes que, entre Guatemala y Guatepeor, se inclinan por preservar aquello que, por espantoso que haya sido, asusta menos que la obsesión de Bush por el cambio de paradigma (del autoritarismo a la democracia) sin certeza ni plan.

En un plan de desarrollo sustentable, casualmente, como el reclamado a la Argentina en términos económicos por los organismos de crédito, se centra el reclamo. O de efectividad garantizada. No un cronograma tentativo, sobre la marcha, de desenlace tan incierto como la guerra y la posguerra.

¿Qué pretende Bush? En primer lugar, repatriar a las tropas norteamericanas antes de las elecciones de noviembre de 2004. En segundo lugar, demostrar que no estaba equivocado, sino asistido por la razón. En tercer lugar, deslindar en los iraquíes las responsabilidades que carga sobre sus espaldas: el gobierno y la seguridad de un país inviable que no es el suyo.

Nunca ha habido una guerra mala ni una paz buena. Los medios de comunicación, según Colin Powell, son culpables de exaltar lo negativo sobre lo positivo. Son, como siempre, el chivo expiatorio de errores y horrores que, por fortuna, no admiten censuras ni mordazas mientras los aliados apelan a la cautela y los neutrales esperan, más por convicción que por afinidad, que Bush no se haya equivocado.



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