La vergüenza de haber sido o el favor de ya no ser




Mientras Lula y Bush renuevan su agenda, la Argentina vislumbra su espacio en un escenario cada vez más complejo

Si de piel se trata, nada más autóctono que Hugo Chávez, Alejandro Toledo y Lucio Gutiérrez. Si de cambios se trata, nada más radical que Vicente Fox, después de las siete décadas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México, o Ricardo Lagos, después de los horrores de Pinochet en Chile. Si de perseverancia se trata, nada más monótono que Fidel Castro, en Cuba, o el Partido Colorado, en Paraguay. Si de excentricidades se trata, nada más elocuente que Abdalá Bucaram. Si de corrupción se trata, nada más emblemático que Alberto Fujimori (etcétera, etcétera, etcétera). Si de pragmatismo se trata, nada más flexible que el peronismo: de Carlos Menem a Néstor Kirchner. Hasta un presidente que habla mejor inglés que español tenemos, Gonzalo Sánchez de Lozada.

Si de milagros se trata, sin embargo, nada más parecido a las mieles prodigadas por Bush a Lula. Recibido en la Casa Blanca, el viernes, con los honores de una reunión extendida. Privilegio reservado a los mandatarios de Canadá, México y alguno que otro de la Unión Europea. A cuerpo de rey, digamos, con la presencia de parte de ambos gabinetes, reconociéndolo implícitamente como el líder de la región. O de América del Sur, su meta. No por él mismo, quizá, sino por Brasil y su tamaño, comprometiendo convenios bilaterales y ayudas varias capaces de superar a las relaciones carnales con la Argentina. ¿En qué quedamos, pues?

Después de varias temporadas en el limbo, y otras tantas en capilla, Lula obtuvo la bendición de los Estados Unidos. Pagó un costo político, o una demora prolongada, por haberse opuesto al neoliberalismo, pero, firmado el pacto de gobernabilidad con Fernando Henrique Cardoso y su rival en las elecciones, José Serra, en coincidencia con el respiro concedido por el Fondo Monetario, terminó cobrándose su deuda. Más política que económica por haber sido el artífice del rechazo a la globalización, vía Foro de San Pablo, antes de ser el reflejo del sueño (norte)americano.

Después de varios intentos fallidos, y otras tantas batallas frustradas, Chile, a su vez, obtuvo el acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Pagó un costo político, o una demora prolongada, también, ampliada momentáneamente por haberse opuesto a la guerra contra Irak en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero, en fila india detrás de Singapur, terminó cobrándose su deuda. Moral y económica por haber sido el espejo de las reformas en América latina.

Si de conversiones se trata, entonces, Lula y Chile, o Ricardo Lagos, soportes externos del gobierno de Kirchner, han demostrado que el permiso de libre tránsito otorgado por Bush, por medio de Colin Powell en Buenos Aires, admite rectas, curvas y desvíos, mientras duren las cicatrices de la crisis, en tanto no cometan infracciones. O excesos, como los festejos de Adolfo Rodríguez Saá cuando declaró el default. Y honren sus deudas.

Con una ventaja: la Argentina, con la vergüenza de haber sido o el dolor de ya no ser, está reinventándose. Como comprobó Powell, atento y paciente en el primer contacto con Kirchner, aplicando la táctica más frecuente de la diplomacia norteamericana: wait and see (esperar y ver). Sin montar escenas, ni alarmarse, por el show de Castro o por la verborragia de Chávez durante el traspaso del mando.

Cauto, dejando entrever que, más allá del realismo mágico latinoamericano, es un problema de los argentinos si tienen un gobierno de una orientación o de la otra, si simpatizan con Castro o despotrican contra Menem, si admiran a Chávez o extrañan a Saddam, o si prefieren McDonald´s o Burger King.

Lo racional impera sobre lo emotivo: Powell, con la venia de Bush, ha invertido tres o cuatro horas en Buenos Aires después de haber asistido a la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en Santiago. Un gesto. O una suerte de gracia dentro del esquema de la diplomacia pública. Es decir, de reparación de la imagen norteamericana en el exterior después de la aversión creada por la campaña previa a la guerra.

¿Dividir para reinar en la mismísima víspera del primer viaje al exterior de Kirchner, cumpliendo con la promesa de visitar a Lula antes que a ningún otro presidente en reciprocidad por su actitud con Eduardo Duhalde?

Después de tres reuniones con Bush en seis meses, Lula, precisamente, ha dejado en evidencia que el discurso para el Mercosur, desplegado en la cumbre realizada en Asunción, no es el discurso para la Casa Blanca. O que, al menos, los ímpetus regionales se diluyen en cuanto uno puede resolver asuntos del frente más urgente. El doméstico, alterado en Brasil por protestas del Partido de los Trabajadores y de la Central Unica de Trabajadores. Urgido, al mismo tiempo, por reformas sociales con tal de paliar desde el hambre hasta la explotación laboral y sexual de los adolescentes.

Realpolitik, más allá de las utopías, como la moneda única del Mercosur, y de las burocracias, como el parlamento común. Terrenos firmes, por ser más políticos que económicos, en los cuales Lula y Kirchner han convenido en Asunción, recreando un proyecto de sociedad que llegó a vislumbrarse en algún momento como si la Argentina y Brasil fueran Francia y Alemania. Sin la Unión Europea, pequeño detalle. Sin más contención que la palabra empeñada. Así nos ha ido.

Si de modelos se trata, pues, Lula, cual fenómeno, ha sido favorecido. Por Brasil y su tamaño, pero, también, por su evolución. Rara avis en círculos en los cuales los políticos, salvo alguna que otra excepción, provienen de la industria o de las finanzas después de haber cursado en universidades, no de las luchas obreras.

De ahí, el sueño (norte)americano. O del self made man (hombre hecho a sí mismo), caro al espíritu Forrest Gump. No abrazado por Chávez, por ejemplo, atado a la retórica de los setenta. Que tampoco molesta en tanto no interrumpa la provisión de crudo a los Estados Unidos y, en lo político, no vaya demasiado lejos, tocando fibras sensibles al interés nacional. Norteamericano, of course.

En los papeles, no sólo en los discursos, Bush y Lula han replanteado, o renovado, la agenda bilateral. Desprovista de rencores, al parecer, por el rechazo a la guerra y por la amistad no negada con Castro, entre otras cuitas. Matices previos a la negociación del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) mientras Brasil, a contramano de la Argentina, aspira a una banca permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Tema expuesto por Lula, por cierto. Si de realismo se trata, después de tanto ensayo en América latina, acordó con Bush relaciones estrechas. ¿Carnales? No llegaron a tanto, ni era necesario, debatiéndonos nosotros, ahora, entre la vergüenza de haber sido o el favor de ya no ser.



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