El porvenir de mi pasado




Bush no disimula su disposición con los que apoyaron a la coalición y su malestar con los que reprobaron la guerra

En ese momento, dramático, la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, recordó que los hombres del viejo Bush habían resuelto con excesiva rapidez la guerra de 1991. Entre ellos, el vicepresidente Dick Cheney, entonces secretario de Defensa, y el secretario de Estado, Colin Powell, entonces jefe del Estado Mayor Conjunto, empeñados en cumplir con la resolución de las Naciones Unidas: expulsar a las tropas iraquíes de Kuwait. Y ya. Sobre todo, en vísperas de elecciones. Nada de ir detrás de un ejército destrozado ni de destrozar a un gobierno extranjero. Que, según los partes de inteligencia, iba a caer por su propio peso. Como Galtieri después de Malvinas, llegaron a pensar.

El primer Bush no resultó reelegido en 1992, empero. Y el rais, con sus cuatro dobles y sus siete vidas, superó los dos períodos de Clinton. Incluidos 650 bombardeos, y otros tantos misiles, como consecuencia de haber echado a los inspectores de armas de las Naciones Unidas en 1998. Circunstancia que Rice recordó, también, en ese momento, dramático. En shock el segundo Bush por la voladura reciente de las Torres Gemelas.

Saddam no era el as de la baraja, sino el comodín. En especial, si la caza de Ben Laden resultaba inútil en Afganistán. En la constitución del eje del mal, sin embargo, no podía faltar. Más que todo, al margen de las cuentas pendientes, por la posibilidad de que, efectivamente, tuviera armas de destrucción masiva. De ahí, la mención en el discurso del Estado de la Unión, el 29 de enero de 2002, en un plano de igualdad con Irán y Corea del Norte.

Una carga contra Irak hubiera sido en ese momento, dramático, una réplica cuasi frenética en busca de terroristas en cualquier rincón del planeta. Mintiera o no, Saddam negó la posesión del arsenal, recibió a los inspectores y, bravucón, invitó a la CIA a cerciorarse de su inocencia repentina mientras el mandamás norcoreano, Kim Jong Il, alardeaba con la posesión de armas nucleares, violando acuerdos internacionales, y se deshacía de los inspectores. Con un prontuario de represión y de hambruna peor. Y con una amenaza mayor, en términos militares, por la cercanía de Corea del Sur y de Japón.

En términos políticos, no obstante ello, la virtual asociación del régimen comunista de Corea del Norte con el interés nacional norteamericano (es decir, la represalia por las voladuras del 11 de septiembre) era utópica. E imposible de vender, o de justificar, desde un gobierno cuyas prioridades empiezan, y terminan, en su ombligo. O, en términos económicos, en el valor agregado del petróleo seguro y barato.

Hubo una guerra, entonces, y cayeron los jirones de aquel ejército destrozado, no renovado a raíz de las sanciones de las Naciones Unidas. Saddam, a su vez, se quedaba con los vueltos, y con las propinas, dividiendo a Occidente: Francia, Alemania y Rusia, de un lado; los Estados Unidos, Gran Bretaña y España, del otro. Sin un peligro real, el holocausto nuclear durante la Guerra Fría; con un peligro potencial, el terrorismo después de los atentados. Acentuado por la crisis de Medio Oriente. Un factor de desunión: la democratización en el mundo árabe sabe a Big Mac en el paladar de un vegetariano.

Bush acusó recibo de la advertencia de Rice. Y, en ese momento, dramático, intentó poner a raya a Saddam: nutrió con fondos frescos al espionaje norteamericano, por medio de un decreto, de modo de que pudiera operar en el exterior como en casa. Creyó que la operación podía derivar en un golpe militar, memorando, quizá, los aportes de Nixon a la causa de Pinochet en Chile. Otra guerra era, o parecía, un desgaste absurdo si, antes, no terminaban con Ben Laden en Afganistán.

El desgaste no recayó sólo en los Estados Unidos, sino, también, en la coalición. Temerosos algunos socios de que, más que represalia, aquello fuera una suerte de una cruzada de conquista, y colonización, capaz de ignorar la legitimidad concedida por las Naciones Unidas. Al desnudo en Irak, particularmente, en donde unos asumieron el papel de bombardear y los otros asumieron el papel de reconstruir.

Papel ingrato para los reticentes a la guerra, más allá de que hayan tenido motivos menos filantrópicos que la preservación del orden multilateral para oponerse. Quid de la cuestión: las amenazas no son iguales para todo el mundo. Unos ven un avión, o un árabe, y lloran; los otros ven la catástrofe e imaginan una coproducción de Hollywood con Washington. Razón por la cual los discursos de Bush contra el terrorismo han encontrado más reprobaciones que adhesiones mientras, al mismo tiempo, alumbraba una retracción alarmante de los derechos de los inmigrantes tanto en los Estados Unidos como en Europa.

Puesto en blanco y negro, una crítica contra el gobierno de Sharon comenzó a traducirse en una crítica contra el gobierno de Bush. O un asunto político y económico, no necesariamente vinculado con un prejuicio tan repugnante como el antisemitismo. Tal vez porque talle en Europa, más que todo, el rechazo a la posibilidad de que un judío armado cometa asesinatos selectivos después de haber padecido los delirios de un atacante suicida.

Contra esos estereotipos, sobre los cuales emergió la Unión Europea después de la Segunda Guerra Mundial, han podido las ironías del jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld. Intérprete del ala dura del gobierno de Bush. O, acaso, del mismísimo Bush, descafeinando posiciones estratégicas en rencores personales. Caso Chirac, caso Schröder, caso Putin, caso Fox, caso Lagos. Ni el aval de Blair, presionado por su gente, era importante antes de la guerra.

El desencanto, no disimulado por Rice y compañía, ha cobrado forma, por ejemplo, en la omisión de Fox en el saludo de rigor a México por el 5 de mayo (fecha patria). En él, la Casa Blanca (antes era Bush en persona) sólo exaltó el valor de aquellos mexicanos “que sirven en nuestras fuerzas armadas, y que están trabajando para traer la libertad y la justicia a los pueblos oprimidos”.

En definitiva, ¿de qué sirve el apoyo de ustedes, de Brasil, de Chile o de la Argentina si contamos con los vigorosos países de América Central? Que, por cierto, no figuran como tales, ni figuran a veces, en los mapas escolares de Washington.

Los daños colaterales no han sido para Fox, sino para los 3,5 millones de indocumentados mexicanos que están radicados en los Estados Unidos. En el reparto de premios y castigos, Polonia pasó a ser la cara de la nueva Europa en Irak. En desmedro de Francia y de Alemania, la vieja Europa según Rumsfeld. Y Aznar coronó su anhelo de incluir a Herri Batasuna, brazo político de ETA, en la lista negra del terrorismo.

En ese momento, dramático, Powell había regresado a Washington desde Lima, en donde se realizaba la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Llevaba las condolencias, y el respaldo incondicional, de la región. Rice iba a obrar de puente entre él y Bush mientras Cheney y Rumsfeld afilaban las uñas. Doce años después de 1991, los hombres del nuevo Bush, curtidos en el gobierno del viejo Bush, iban a resolver otra guerra con excesiva rapidez.



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