Estados unidos contra los Estados Unidos




En la mayoría de los 44 países relevados para un sondeo, la gente mostró antipatía hacia la actitud belicosa de Bush

Mejor idea, o peor gusto, no pudo tener: quería llamar a su hijo, recién nacido, Osama ben Laden. Con todas las letras. ¿Qué culpa tenía el bebé? El padre, de origen turco, residente en Alemania, insistió. En vano procuró llegar a las últimas consecuencias, convencido de que el terrorista más buscado del planeta y alrededores era un buen ejemplo para su pueblo y para su cultura. Un gran hombre, decía. Un dechado de virtudes. Como Hitler, replicó la oficina del Registro Civil de Colonia, renuente inscribirlo con un nombre tan provocador.

Rara anécdota. Como el fervor, al borde del absurdo, de Mehmet Cengiz, padre primerizo, 30 años, camionero, por una causa tan poco edificante como el terrorismo. O por la causa de un terrorista en especial. Sólo dejó en claro con su anhelo frustrado que no iba a tolerar que, en lugar de Osama ben Laden, como pretendía, su hijo se llamara George ni, menos que menos, George W. El Gran Satán, en su fuero íntimo.

Rara anécdota, digo. No por la adhesión a la guerra santa del Che musulmán, sino, más que todo, por la creciente corriente de opinión adversa hacia los Estados Unidos. Por su política exterior, sobre todo. Previa a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Estrenada, o percibida, con las primeras medidas unilaterales de Bush, recurrente en soslayar, o en ignorar, convenios y compromisos internacionales, y en dejar el mundo librado a su suerte. Como en América latina, con las victorias de Lula en Brasil y de Gutiérrez en Ecuador, señal de que el consenso de Washington ha derivado en el consenso contra Washington.

Un boomerang, puertas afuera, que terminó dándole en la frente con los resultados de un sondeo realizado entre julio y octubre por The Pew Research Center for the People & The Press, de Washington, al cual contribuyó Gallup Argentina: en 35 de los 44 países relevados, la mayoría de la gente no discrepa con el Big Mac, ni con Hollywood, ni con el rock’n roll, sino con la actitud belicosa de Bush.

Persuadida de su obsesión de bombardear Irak y de expulsar, o de borrar del mapa, a Saddam Hussein por su cuenta y riesgo. Persuadida, también, de la diferencia en alza entre ricos y pobres mientras, juzga, poco o nada hacen los Estados Unidos, o él en persona, con tal de aplacarla. Persuadida, asimismo, del papel delicado de superpotencia única del país en un mundo que, suponía, iba a ser más seguro, más equitativo y más democrático gracias a la globalización.

Enredado en la lucha del bien contra el mal, o más allá del bien y del mal, Bush no recoge el guante. Vive en su burbuja, bendecida por el triunfo de los republicanos en las elecciones de medio término de noviembre. Virtual pasaporte para su reelección, en 2004, con el control de ambas cámaras del Congreso, mientras tanto. No poco. “Nada de jactancias –pidió, no obstante ello–. Sean discretos. Que los resultados hablen por sí mismos.”

Raro correlato, como la anécdota del padre fallido de Osama ben Laden, del peor momento en la historia de un presidente norteamericano, herido en su orgullo por haber sido vulnerado su poder en el punto más sensible: un símbolo del imperio, las Torres Gemelas, pulverizado con la flota del imperio, la compañía de aviación que lleva su nombre. Gratis, prácticamente, los Estados Unidos contra los Estados Unidos y, en forma simultánea, Estados unidos contra los Estados Unidos. O contra Bush. Un conservador extremista, según los europeos.

El sondeo presidido por Madeleine Albright, secretaria de Estado durante el segundo período de Bill Clinton, advierte, sin embargo, que la decadencia del imperio a los ojos del exterior no comenzó con la beligerancia de Bush posterior a los atentados, sino antes de que asumiera la presidencia. Señalado, ya, como desinteresado en todo aquello que sucediera más allá de Austin, Texas.

Entre los países árabes de Medio Oriente y de Asia Central, como Egipto, Jordania y Paquistán, inicialmente. Pero, a la vez, entre aliados, como Gran Bretaña, Alemania y Canadá, y entre otros, también aliados, como la Argentina, sumida en la depresión y en el pesimismo por la crisis.

Vapuleados encuentra a América latina y el Caribe por el fantasma del desempleo, causa de la emigración de 58 personas por hora, casi una por minuto, según la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes), de Colombia. Golpeados encuentra a los argentinos por la añoranza de la década del 90, según el otro sondeo. Con menores signos de optimismo para los próximos cinco años que en Brasil, Venezuela, Honduras, Guatemala, Bolivia, México y Perú, en ese orden. Y, lejos, con mayores signos de insatisfacción que ninguno por el fiasco de la economía, la corrupción de los políticos, la declinación moral de la sociedad, la degradación de la educación, la brecha ensanchada entre pudientes y no pudientes, y, quid de la cuestión, la indiferencia de los Estados Unidos. De Bush, en particular.

Todo pasa por la guerra contra el terrorismo, no por la libertad de mercado, las reformas económicas y la democracia, como pregonaba Clinton. Encarnado habitualmente, el terrorismo, en grupos nefastos como Al-Qaeda, Hamas y la Jihad Islámica, no en Estados nacionales, como Irak, Irán y Corea del Norte, por más que, bajo el mantel, sus gobiernos fomenten, y hasta financien, calamidades de ese tipo.

O, acaso, las apañen. Si fuera así, Henry Kissinger, incorporado en el gobierno norteamericano como presidente de la comisión que investiga el fracaso en la prevención de los atentados, no debería rehusarse a responder ante jueces extranjeros sobre su participación, como secretario de Estado de Richard Nixon, en golpes militares en América latina, comenzando por Chile en 1973, y su aliento a la represión por medio de la Operación Cóndor.

En el eje del mal, de ese modo, también ingresarían los Estados Unidos por haber avalado el terrorismo de Estado. Que aún persiguen, por haber tenido víctimas propias, países como Francia, España e Italia, entre otros, reducidos al papel de comparsas, según Carlos Fuentes, por la división que ha alentado Bush en la alianza atlántica (OTAN) desde que instauró como doctrina eso de “están con nosotros o están contra nosotros”.

Odiosa dualidad. O ambivalencia. El Departamento de Estado, no convencido de ello, ha organizado hasta una conferencia sobre sentimientos antinorteamericanos a la cual asistió, por ejemplo, Salman Rushdie. Con el afán, tal vez, de hallar los motivos por los cuales el descontento, traducido en hipocresía a veces, pudo desembocar en los atentados, concebidos en algunos países como una réplica merecida. Un horror.

Medio complejo y contradictorio todo, según el sondeo, empezando por los Estados Unidos contra los Estados Unidos y terminando por Estados unidos contra los Estados Unidos. Por más que, diversos al fin, aprecien sus jeans, sus zapatillas, sus ropas con emblemas de universidades y de equipos de fútbol americano, sus películas, sus programas de televisión y su música. A pocos, con tal de llevarles la contra, se les hubiera ocurrido llamar Osama ben Laden a un bebé. Rara anécdota. Raro correlato. Raro Bush. Raros nosotros mismos, también.



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