El revés de la trama




Las réplicas por los atentados terroristas en los Estados Unidos sirven de excusa para represalias cada vez más enérgicas

Pocas pulgas tiene Vladimir Putin. Desde 1999, los soldados rusos han matado más de 13.000 separatistas chechenos, considerados terroristas de la estofa de Al-Qaeda. Era su promesa electoral: eliminarlos como hormigas. Sin contemplaciones ni concesiones, por más que ese año haya coincidido con la limpieza étnica de albaneses en Kosovo por la cual rodó la cabeza de Slodoban Milosevic.

El agente reciclado de la KGB, capaz de tensar al máximo la cuerda en compañía frecuente de su par chino Jiang Zemin con tal de oponerse a la hegemonía norteamericana en los foros internacionales, como las Naciones Unidas, se maneja con autonomía absoluta en el rubro derechos humanos. Tanta que, a veces, desconcierta: 117 muertos por el uso de gas sedante en el rescate de los 800 rehenes en el teatro Dubrovka, de Moscú, poco y nada tonifican a líder alguno. Como poco y nada tonifican a líder alguno, tampoco, 41 rebeldes acribillados y otros tantos detenidos.

Salvo a Putin, al parecer. Impermeable a su propio silencio en los tres días de tensión, desde el 23 de octubre, en los cuales era una quimera la suerte de las víctimas, en manos de los chechenos elogiados y alentados como hermanos musulmanes por Osama ben Laden, redivivo.

O dependía, en realidad, de una decisión tan drástica que pudo haber puesto en peligro las vidas de todos ellos. De los buenos y de los malos. Las puso mientras las Spetsnaz, brigadas especiales rusas, hacían el trabajo fino, liberando el gas, preparado con un opiáceo y otras yerbas, por los conductos de ventilación del teatro. Bajo amenaza de voladura total, con explosivos esparcidos en sus entrañas.

Era todo o nada. Como todo o nada era sacar a flote, desde el sábado 12 de agosto de 2000, el submarino Kursk: 118 marinos estaban presos en el fondo del Mar de Barents. Murieron, finalmente. Hasta el miércoles posterior, Putin, de vacaciones en Sotchi después de haber sofocado un polvorín en Moscú por un aparente ajuste de cuentas entre las mafias encargadas de proteger los quioscos del paso subterráneo de la plaza Punchin, no pronunció palabra.

Insondable se mostró, también, durante la crisis de los rehenes en el teatro. A tal extremo que un canal de televisión llegó a convocar a un especialista en lectura de labios para descifrar qué diablos estaba diciendo mientras el Kremlin sólo permitía emitir imágenes en off de las reuniones con sus colaboradores. La plana mayor del Kremlin. A otro canal, NTV, propiedad de una empresa petrolera controlada por el Estado, amenazaron con clausurarlo si no despedía a dos periodistas que criticaron con acidez el desenlace del drama.

Opacado por las muertes. La misma cantidad, casi, que en el Kursk. Sin condenas del exterior, excepto observaciones sobre el estilo Putin, tanto o más duro que George W. Bush en su batalla contra el terrorismo. Antes que él, en verdad. Sin necesidad de lanzar con bombos y platillos una doctrina de seguridad nacional, cual quiebre con la usanza de la Guerra Fría, ni de someter a consideración del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas una virtual embestida contra los chechenos.

Igualados, o emparejados, en los Estados Unidos, con Al-Qaeda. Un cáncer que no se cura con aspirina.

Razón de la comprensión. O de la vista gorda. Desde antes de los atentados contra las Torres Gemelas, pero, a la vez, contemporánea, curiosamente, de la guerra étnica de Yugoslavia, cuyos combatientes, enrolados en el Ejército de Liberación de Kosovo (UCK), eran tildados de terroristas por el Departamento de Estado en vísperas de que Milosevic descargara su ira contra ellos ante la posibilidad de que, tozudos, insistieran en su afán de crear la Gran Albania.

Nudo gordiano en el cual Putin, al igual que otros líderes, enfrenta un dilema de raíces similares. Y, a su vez, saca partido de la consigna alentada por Bush: la seguridad ante todo y, paradójicamente, contra todos. En evidencia desde los bombardeos contra el nido de Al-Qaeda en Afganistán. Por más que el nido de los chechenos quede al norte del Cáucaso, no en otro país. ¿Justificativo, acaso, de los terroristas liquidados en Moscú a pesar de que, en teoría, el gas había tumbado a todos por igual? Justificativo, en cierto modo, de otras violencias, como las réplicas y las contrarréplicas entre Ariel Sharon y Yasser Arafat en Medio Oriente.

Resolución de conflictos, dicen en discrepancia con el mote poco feliz de asesinatos selectivos que ha patentado Sharon, bendecido Putin, al menos, por la popularidad doméstica.

Mitigadas las consecuencias, más que nunca, por la causa común contra el terrorismo global, sea el IRA en Irlanda del Norte, sea la ETA en el País Vasco, sean Hamas y la Jihad Islámica en Medio Oriente, sean los guerrilleros, los paramilitares y los narcotraficantes en Colombia…

Nebuloso árbitro ha terminado siendo en estas circunstancias Saddam Hussein después de las advertencias con tono de ultimátums emanadas de las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, rechazas por el parlamento iraquí (un simulacro democrático) y aceptadas, al final, por él. Es decir, uno de los vértices del eje del mal, compartido con los regímenes de Irán y de Corea del Norte, tiene la oportunidad única, e insoslayable, de evitar muerte y destrucción a mayor escala, quizá, que en la guerra de 1991. Con la cabeza a media asta, pero a mejor precio que, en su momento, el kilo vivo de Milosevic en pie mientras debe tolerar la presencia de los inspectores de armas químicas y biológicas en los palacios de Badgad, reticente.

O rendido. Como los demócratas, y la dinastía Kennedy, como correlato de las elecciones de medio término en los Estados Unidos, pasaporte de Bush para la reelección en 2004 y, mientras tanto, para influir decisivamente en la agenda nacional y en la agenda internacional. Más cauteloso o más frío, sin embargo, frente a un poder inédito, e inaudito, con el cual, fiel a su estilo, dice y obra en consecuencia. A pesar de la Unión Europea y de la Liga Arabe, entre otros, por lo general más propensos a la negociación que a la acción.

Rubricado ese estilo, después de la campaña en Afganistán, con el asesinato de presuntos miembros de Al-Qaeda en Yemen, la tierra de Ben Laden, usando un misil lanzado desde un avión no tripulado tipo Predator contra un auto. Una operación tipo Terminator con membrete, sello y firma de la CIA, digamos. Legitimada como un acto de auténtica defensa. O de defensa propia.

Basada sobre la hipótesis del conflicto y, como en el caso de Putin, sobre su resolución. Expeditiva. Cada vez más. Y fulminante. Cada vez más. Y hegemónica. Cada vez más, revelando, sin contemplaciones ni concesiones, el revés de la trama.



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