Todo tarda más de lo que crees




Muchos ven en la victoria de Lula en la primera vuelta de las elecciones una cuña entre el neoliberalismo y el estatismo

En Dios confiamos (In God we trust, como rezan los dólares), y que los otros paguen en efectivo. Los otros, sin embargo, han asimilado la potencial, o casi, victoria de Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil como una ráfaga de aire fresco. O una fórmula: todo candidato que critica el consenso de Washington,  modelo común de democracia, libre comercio y privatizaciones de compañías públicas que rige los destinos de América latina menos Cuba desde comienzos de los 90, está más cerca de ganar elecciones que aquel que insiste en prodigar loas a la llamada política neoliberal, despreciada, y depreciada, en un principio por Hugo Chávez y, antes, por Fidel Castro.

Un militar golpista, uno; un dictador oxidado, el otro. Que, lejos de la versión light de Lula diseñada y esculpida con fines proselitistas por Duda Mendonça, han radicalizado sus discursos, endureciéndolos. Al punto de tensar las cuerdas de la democracia, uno, Chávez, derrocado y restituido en abril, y no por ello reivindicado mientras un millón de personas pide renuncias y elecciones en Caracas; al punto de vulnerar las vocales de la democracia, el otro, Castro, ufanándose de crisis como la argentina por lamer la bota yanqui, según su léxico desaforado. E inoportuno.

Inoportuno, por mera confirmación de los pronósticos, como ha sido el triunfo parcial de Lula a los ojos de Washington. Sin consenso, enfrascado George W. Bush en la guerra permanente como León Trotsky en la revolución permanente, mientras afuera y abajo, o fuera abajo, una región rica está llena de pobres: el 43,8 por ciento, del cual el 18,5 por ciento es decididamente indigente, según la Comisión Económica para América latina y el Caribe (Cepal). Cifra abrumadora frente a la conclusión más usual. Y recurrente: el modelo, o las reformas, no ha resuelto los problemas de desigualdad, previos a los viajes de Colón, ni han garantizado la estabilidad macroeconómica.

Modelo que, no obstante ello, no cambia por Lula, ni por Chávez, ni por Castro. Gira, en el diluvio que viene, acomodándose sobre su eje. Con más énfasis en la urgencia social, reclamo demorado desde mediados de los 90, por pura necesidad de supervivencia. De Lula, de Chávez, de Castro. Y de la gente. Al borde del precipicio, en algunos casos. Apremiada por falta de todo, empezando con el empleo y terminando con la vida, mientras subyacen, aun en países en crisis profundas como la Argentina, enfermedades crónicas. Impermeables a izquierdas, derechas y centros, como la corrupción y el nepotismo. ¿De qué modelo gastado, o reformas frustradas, hablamos entonces si entran 10 y salen 15?

Ocasión aprovechada por Lula en su cuarta candidatura presidencial. Como cuatro son los dedos de su mano izquierda, amputado el meñique con una máquina cuando era obrero en San Pablo. El día y la noche, como Chávez en Venezuela, con los cuellos blancos y los uniformes verdes que se han alternado en las presidencias de América latina. Comparable, como hombre hecho a sí mismo (self made man), con Alejandro Toledo en Perú, pero, a diferencia de él, sin un doctorado en economía en los Estados Unidos ni un idioma en común con los centros de poder.

O, al menos, algo en común con ellos, salvo los pactos, y las señales, que certifican que el Fondo Monetario no ha dejado todo librado al azar. O a la elección popular, por más reparos que hayan puesto los inversores de San Pablo y de Wall Street desde el amanecer de la campaña en Brasil. Y por más que el dólar, frente al resultado en suspenso de las elecciones, roce las nubes. Los cuatro reales, como cuatro son los dedos y cuatro son los intentos de Lula.

Rotundo ha sido, de hecho, el guiño del secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul O’Neill, siempre lapidario con la Argentina y renuente a torcer el brazo con las economías emergentes mal administradas, para conceder a Brasil una carta de crédito de 30.000 millones de dólares con tal de que el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, en retirada, acordara con los candidatos la continuidad del modelo. Y de las reformas.

Que Lula diga, como en la campaña de 1994, que va a romper con el Fondo Monetario no significa que vaya a romper con el Fondo Monetario. Que  diga que va a frenar los ímpetus de Washington en la región no significa que vaya a frenar los ímpetus de Washington en la región. Que diga que no al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) no significa que, preservado el interés nacional de Brasil, no vaya a decir que sí.

Todo tarda más de lo que crees, como postula Murphy. Hasta la victoria, en su caso. Stand-by, como los préstamos del Fondo Monetario, hasta el domingo 27. Con trecho escaso para convalidarla frente a José Serra, el delfín de Cardoso. Atorado en una imagen de continuidad que no vende ilusiones ni compra votos frente al malestar interno y el caos externo.

Con cáncer en el diagnóstico y aspirina en la receta. Y mucha incertidumbre: hasta Alvaro Uribe, presidente de Colombia, advierte sobre el fantasma de un corralito bancario como el argentino si el Congreso no introduce cambios políticos, económicos y sociales. Como si no tuviera demasiado, ya, con el estigma de la guerra y del narcotráfico.

Sobre Brasil pende una disyuntiva: liderar naturalmente América del Sur, como ha pretendido Cardoso con sus cumbres presidenciales, o asumirse como continente dentro del continente, marcando el rumbo.

En lo inmediato, con la izquierda en alza tanto en Brasil como en Uruguay, el gobierno transitorio de Eduardo Duhalde, en el polo ideológico opuesto, se ha visto curiosamente favorecido con el fenómeno Lula. En especial, frente a Washington.

O frente a sí mismo, desviadas las protestas internas, y todas las miradas, hacia factores externos, como el Fondo Monetario. Sin mella para los funcionarios gubernamentales a cargo de áreas críticas, por más que las sensaciones, como la inseguridad urbana y económica, sean más dañinas que las estadísticas y las excusas.

Sensaciones que dictan, por ejemplo, que, al parecer, todo el mundo tiene un plan que no funciona. Paciencia, pues. Nos  sorprendemos, o nos dejamos sorprender, por aquello que sucede fronteras afuera, históricamente quejosos de no tener zapatos hasta que descubrimos que alguien no tiene pies. Ni cabeza.

O, peor aún, nos sorprendemos, o nos dejamos sorprender, por aquello que no nos sucede. Con candidatos poco convincentes que, deslumbrados por Lula por primera vez en una década, aprecian ahora la veta de la antiglobalización, en un mundo globalizado, cual cuña entre el neoliberalismo y el estatismo. Por más que, a juzgar por las encuestas, despiertan menos entusiasmo que un rubio en el Bronx. En Dios confiamos, mientras tanto, y que los otros paguen en efectivo.



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