Se me olvidó otra vez




La distancia de los Estados Unidos con México ha sido el reflejo de una relación más dura con la región en general

Eran cuates. Amigos, en mexicano básico. Cuates, o amigos, ligados por rasgos e intereses comunes, más allá de diferencias puntuales en asuntos puntuales. Hasta que la gota desbordó el vaso: George W. Bush desoyó los pedidos de clemencia de Vicente Fox para su compatriota Javier Suárez Medina, ejecutado el 14 de agosto en Texas por el asesinato de un oficial antinarcóticos de Dallas.

Otro pedido soslayado, digamos. Uno más entre los 150 que formaron la llamada fila de la muerte, prólogo de la inyección letal, mientras Bush era gobernador del Estado. Sordo, entonces, a los reclamos del Papa. Sordo, ahora, a los reclamos de Fox. Quien, indignado por la decisión de su cuate de no mediar ante los tribunales, suspendió una visita al rancho de Crawford, Texas. Señal de enojo ante el cerrojo.

Rubricó, en cierto modo, la presunción general de sus pares de América latina sobre la muralla levantada desde el 11 de septiembre, en Washington, frente a todo aquello que no esté vinculado con la cruzada contra el terrorismo. Cruzada por la cual tanto las Naciones Unidas como la Organización de los Estados Americanos (OEA) despacharon resoluciones express con tal de condenar gobiernos ante la menor sospecha de colaboración con inadaptados de la talla de Al Qaeda.

Abrazadas por todos, menos por Cuba, pero, a la vez, no compartidas del todo. En especial, por un dilema previo a los atentados: la tendencia de los Estados Unidos a juzgar la conducta de cada país en áreas tan delicadas como el narcotráfico. Con la capacidad única de subir y de bajar el pulgar.

Actitud, considerada unilateral e injusta por presidentes contemporáneos y pretéritos, que se ha acentuado con Bush. Duro con aviso. Por fuerza mayor, acaso, después del espanto en Manhattan. Por más que jamás demostrara gran afinidad, o sensibilidad, por aquello que ocurriera detrás del ojo de la cerradura norteamericana, dejándolo ser. Como el conato de golpe militar contra un personaje controvertido como Hugo Chávez, en abril.

Pronto advirtió Fox que el daño colateral de 11 de septiembre iba a ser el acuerdo para los 3,5 millones de inmigrantes mexicanos que viven, y trabajan, en forma ilegal en los Estados Unidos. Súbitamente en el limbo, después de haber sido vapuleados por gobernadores como Pete Wilson que pretendían impedirles el acceso a la salud y a la educación tanto a ellos como a sus hijos, por una de las peores consecuencias de los atentados: la desconfianza.

Notoria, y notable, en algunos casos. Sobre todo, en comparación con otros tiempos. En los cuales un secretario del Tesoro no ventilaba en público la mera posibilidad de que algún político de América latina depositara dineros de origen dudoso en cuentas suizas. Ni mencionaba con la ligereza de Paul O’Neill la palabra corrupción. Vedada habitualmente. Ya no. Como tampoco está vedada la opinión sobre temas espinosos, como la sociedad entre los narcotraficantes, los guerrilleros y los paramilitares en Colombia.

Vox populi son ahora las sospechas de ayer. No tanto por un cambio de actitud, al margen de la visión unilateral que ha adquirido Bush desde antes de los atentados, sino por un cambio de prioridades. Entre ellas, exclusiva y excluyente, figura la cruzada contra el terrorismo. Planteada como la lucha del bien contra el mal. En la cual Colombia, Perú y la Triple Frontera (compartida por la Argentina, Brasil y Paraguay) marchan al tope en el capítulo latinoamericano de las Tendencias del Terrorismo Mundial, informe anual del gobierno norteamericano.

Revelador por la contundencia: “El 11 de septiembre atrajo renovada atención a las actividades de la organización Hezbollah, con base en el Líbano, al igual que otros grupos terroristas en la zona de la triple frontera entre la Argentina, Brasil y Paraguay, donde los terroristas recaudan cada año millones de dólares por medio de empresas criminales”, dice.

Virtual excusa, al parecer, de un pedido no aceptado por la Argentina y por Brasil: la inmunidad diplomática para soldados norteamericanos que participen de ejercicios combinados con tropas de esos países en zonas cercanas a la Triple Frontera, como la selva misionera. En principio, para evitar que queden expuestos, por crímenes de lesa humanidad, al Tribunal Penal Internacional. Que Bush rechaza con tanto énfasis como el Protocolo de Kyoto sobre el calentamiento del planeta, el Pacto de Río sobre la biodiversidad, la prohibición de las minas antipersonales, la eliminación gradual de la defensa con misiles, las reglas sobre una eventual guerra biológica y las críticas por el trato dispensado a los prisioneros de Al Qaeda en la bahía de Guantánamo, según ha enumerado Francis Fukuyama en una conferencia pronunciada en el Center for Independent Studies, de Sydney.

Lejos de una conciliación, el fin de la historia, concebido por él desde el colapso del comunismo, suponía la victoria de los valores y de las instituciones occidentales, no sólo norteamericanos, de modo de fraguar la democracia liberal y la economía de mercado como carreteras de un mundo sin opción. En el discurso sobre el eje del mal, sin embargo, Bush restó espacio al consenso, el diálogo y la negociación. Con Europa, en particular. Territorio en el cual goza de menos aprecio que Ronald Reagan desde que tildó a la Unión Soviética de imperio del mal. Y, derrumbado el Muro de Berlín, dio carta franca al padre del actual presidente para hablar de un nuevo orden internacional después de la Guerra del Golfo.

Tremoló el planeta, no obstante ello, con las palabras de su hijo: “La guerra contra el terror no debe ganarse desde un punto vista defensivo –dijo–. Debemos dar la batalla al enemigo, deshacer sus planes y enfrentarnos a sus peores amenazas antes de que surjan. Hemos entrado en un mundo en el que la única vía para lograr la seguridad es la vía de la acción”.

Oráculo de una doctrina nueva. Inconsulta. Prepárate, Saddam. Que, según Fukuyama, pasó de ser una política de disuasión a ser una política de prevención activa del terrorismo, marcando un hito en la historia de las relaciones exteriores de los Estados Unidos. No significa un desacuerdo sobre los principios de la democracia liberal, sino sobre los límites de la legitimidad del sistema.

Oráculo que, trasladado a América latina, implica una relación de iguales en la cual no hay iguales. Ni parecidos. Brasil y Uruguay son una cosa; la Argentina es otra cosa. Lula, puntal de los globafóbicos, representa el sueño americano; Rodríguez Saá, partidario del default, representa el sueño latinoamericano. En la variedad descansa la riqueza. Variedad por la cual en un momento dado resulta reivindicado el general Pervez Musharraf, presidente de Pakistán, por su cooperación en la guerra contra el régimen talibán en Afganistán, y en otro resulta sepultado Fox, sin rédito político doméstico, por su vana insistencia en el respeto a los tratados internacionales en vísperas de la ejecución de Medina Suárez.

Oráculo ajustado a las necesidades, como antes. Por más que los Estados Unidos promuevan el tránsito por la carretera de la democracia liberal y de la libertad de mercado. Irán está en el eje del mal después de haber sido respaldado su régimen. Como respaldado ha sido el general Zia ul-Haq, de Pakistán, con fondos que terminaron contribuyendo a la creación de Al Qaeda. Y Suharto, en Indonesia. Y Mobutu Sese Seko, en Zaire (Congo). Y Ferdinand Marcos, en las Filipinas.

Más peligrosos que los presidentes latinoamericanos. Entre ellos, ni aquellos con buenas calificaciones, como Ricardo Lagos, ahorran reparos frente a la cerrazón de Bush. O el olvido. Se ven a sí mismos como cuates en la emergencia de un oráculo que, cual muralla, tiene dos caras. Como el verdadero enemigo, Osama ben Laden. Un fantasma que, desde su cueva, troca en Saddam, encabezando la fila de la muerte. Pero hace pagar las consecuencias de sus delirios a otros. Amigos, más que aliados.



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