Apocalipsis García




En un país en apuros, acosado por fantasmas, la posibilidad de que de sea de nuevo presidente espanta a los inversores

Durante el destierro en Bogotá, Alan García se comparaba con Perón mientras abrigaba la esperanza de volver a Lima. Y decía que Alberto Fujimori era como Carlos Menem por el afán de ser reelegido, o re-reelegido, después de haber torcido la letra constitucional con tal de consumar su segundo mandato y de torcerla nuevamente, en el caso del Perú, con tal de que no hubiera dos sin tres.

Menem no alcanzó, o no pudo alcanzar, el tercer período consecutivo. Fujimori, como Perón, crió un López Rega: Vladimiro Montesinos. Que terminó arrancándole los ojos.

García estaba seguro de que el Perú, nueve años después, no iba a ser el mismo. Tampoco él: asumió en varias ocasiones el mea culpa por la hiperinflación, el desabastecimiento, la fuga de capitales y el aislamiento en los que hundió al país durante su presidencia, acosada por Sendero Luminoso y por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Pero regresó y, curiosamente, resurgió de sus cenizas a los 51 años. Como si hubiera purgado fuera de casa por los pecados de juventud que cometió desde los 36. La Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fundada en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre, votó el domingo por él, volviendo a las fuentes, después de haberse inclinado alternativamente por Fujimori y por Alejandro Toledo.

En la segunda vuelta de las elecciones, prevista para mayo, García tendrá que vérselas mano a mano con Toledo, el ganador. Diez puntos arriba. El favorito. Por más que no haya logrado la mayoría absoluta y que no sea bien visto por los factores de poder. Quizá porque no pudo borrar su pasado de lustrabotas con las clases de economía que tomó en Stanford y que dictó en Harvard, ni con los servicios que prestó al Banco Mundial. El Cholo no ha dejado de ser para ellos un cholo (mote despectivo de mestizo).

A su regreso, García habrá descubierto que no es Perón. Y que Fujimori, refugiado en Tokio desde noviembre, tampoco es Menem. Son, exilio por exilio, Guatemala García y Guatepeor Fujimori para los inversores del exterior. Temerosos en Wall Street, después de que un cuarto del electorado votó por García, de un giro hacia el populismo. Correlato de una década en la que, con la dureza de Fujimori, dueño y señor de la Casa de Pizarro (sede del gobierno), el virtual encarrillamiento de la economía descarriló en el desprecio por los derechos humanos, las libertades individuales y el Estado de Derecho.

Fue la réplica, a su vez, de la presunta patriada de García en aras de pagar en cómodas cuotas, y sin interés, la deuda externa. Que, también, terminó arrancándole los ojos. Estaba políticamente muerto, pero la APRA no rubricó su acta de defunción después de haber apoyado en 1990, al igual que el Partido Comunista, a Fujimori. Tachado por los militares de comunistoide. Imagen que revirtió Montesinos, ascendiendo generales de división y brigadieres graduados con él, en 1966, en la Escuela de Oficiales de la Escuela Militar de Chorrillos. Esa promoción pasó a ser la malla de contención, o la guardia pretoriana, del gobierno.

Montesinos, expulsado del ejército en 1977 por entregar información confidencial a la CIA, sabía que, como jefe de facto del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), debía empezar por el principio: eliminar del léxico peruano las iniciales A.G. De Alan García, presidente entre 1985 y 1990, y de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso.

Tuvo éxito, con Fujimori al rescate rehenes en la residencia del embajador japonés en Lima en el epílogo del MRTA, hasta que quedó atrapado en su propia telaraña. “¿Cuánto, cuánto? –inquiere con premeditación y alevosía en el video, o vladivideo, que desencadenó la estampida en septiembre de 2000–. Acá hay 10, usted dígame.” El congresista opositor Alberto Kouri, en otro sillón, no dice “me”, pero está dispuesto a vender su alma al diablo. O su lealtad a mejor postor. “Hablemos de 15, 20”, vacila. Y obtiene como respuesta: “Bueno, 15. Diez más cinco, 15”.

Elemental, Watson: 15.000 dólares. Precio variable del kilo vivo de congresista tránsfuga en pie. O sentado. Como Kouri mientras guarda rápidamente el fajo de billetes en el bolsillo interior del saco después firmar el documento de adhesión a Perú 2000. Uno más, digamos. Por más que que el Congreso, disuelto durante ocho meses desde el autogolpe del 5 de abril de 1992, como el Poder Judicial, no fuera más que la nariz postiza de un rostro poblado de granos autoritarios.

La caída de Montesinos coincidió con el lanzamiento del Plan Colombia, desembolso millonario de los Estados Unidos contra el narcotráfico, y con la revelación de un desvío de armas procedentes de Jordania cuyo destinatario no era el ejército peruano, sino las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Con ellas tiene buena relación el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Así como con Montesinos: concedió asilo a militares que, como él, participaron en 1992 del conato de golpe contra Carlos Andrés Pérez.

En Caracas, prófugo después de ir, venir y permanecer unos días en Panamá, Montesinos adquirió una nueva identidad. Miguel Rodríguez, al parecer. Con nariz postiza y ojos retocados en una cirugía estética. El gobierno de Valentín Paniagua, interinato de tecnócratas durante la transición peruana, sospecha que está en una hacienda de Barinas, en donde nació Chávez. Custodiado por expertos.

Pero la procesión va por dentro. Fujimori ha sido declarado moralmente incapaz de regir los destinos del país. Es ahora ciudadano japonés, nacionalidad a la que supuestamente renunció con trampa con tal de ser presidente. Montesinos, su gestor, continúa desaparecido en acción. Y la gente sigue con más atención el culebrón de corrupción y de mentiras de los vladivideos, bendecidos por el rating, que la telenovela colombiana Betty, la Fea. En ellos, empresarios, jueces, militares, artistas y periodistas aceptan sobornos, como Kouri. Es una saga un poco más entretenida, no necesariamente más divertida, que el voyeurismo, versión argentina, de El Gran Hermano, El Bar, Expedición Robinson y demás.

En el exterior prima la desconfianza en García, por su pasado desastroso, y en Toledo, por su futuro incierto, no renuentes el uno y el otro a la posibilidad de estrechar filas antes de la segunda vuelta, mientras Fujimori, por primera vez ajeno a las elecciones del Perú desde 1990, paga entre 8500 y 10.500 dólares mensuales por el alquiler de un departamento en un edificio lujoso de Akasaka, Tokio. Como si fuera un emperador en el destierro.

¿Habrán estado él y Montesinos detrás de las acusaciones contra Toledo de sexo, droga y rock’n roll? Sexo: en un video de dos horas y media de duración, no difundido, estaría con una mujer que no era la propia al estilo Pamela Anderson y su marido. Droga: con cinco mujeres a la vez, bajo el efecto de alucinógenos, en un hotel de Lima. Rock`n roll: no habría reconocido la paternidad de una chica de 13 años.

Toledo, lejos de ser un sex simbol, desvirtuó las denuncias. Con su resistencia civil contra el fraude electoral del año pasado ha sido la causa del fin y, al mismo tiempo, del fin del SIN. De Montesinos, en realidad. La causa, al fin, del derrumbe de Fujimori. Que, a diferencia de Menem, alcanzó, o arañó, el tercer período, liquidado apenas empezaba a empezar. Con su López Rega como ladero. Cual cruz.



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