Titulares

El club de la pelea

En su momento, poco antes del traspaso del poder en la Argentina, Hugo Chávez evaluó el pedido de un amigo, Carlos Menem: que le concediera asilo político a Lino Oviedo, de formación militar como él, de deformación golpista como él, de cuna humilde como él, de horizontes amplios como él. Sin límites, siempre en la cornisa, como él. Muchos rasgos en común. Demasiados.

Sobre todo, para un presidente de lengua filosa y léxico necrofílico que estaba embarcado hasta el cuello en una empresa tan delicada como echar la última palada sobre las tumbas de los partidos tradicionales, la Acción Democrática, socialdemócrata, y el Copei, socialcristiano. Son las víctimas, ahora, del monstruo que ellos mismos crearon, al estilo Frankenstein, con cuatro décadas de desgobierno y de corrupción.

De ahí que Chávez, pendiente de la reforma constitucional que coronó el miércoles con su victoria abrumadora en un referéndum en el que participó menos de la mitad de la gente, no podía hacerse cargo de un par en desgracia, prófugo de la justica de su país, con el que no comparte  más que el parecido con Perón y la simpatía con Menem.

A Oviedo, a su vez, poco y nada le interesaba ir a Venezuela. Queda lejos y hace calor, circunstancias que, a contramano de Tierra del Fuego, podían favorecer el injerto capilar que se hizo en Buenos Aires, pero que, en definitiva, podían perjudicar su afán de volver a Paraguay y ser, o hacer, millones. De votos, según él.

No podía soslayar Chávez, sin embargo, el pedido de un amigo como Menem. Uno cuyos gestos han tenido, desde el comienzo, más valor que precio. Que es capaz de aconsejarle con tono paternal que sea más medido en sus expresiones. O que tire de la soga, pero que advierta el punto en el cual se tensa. Que juegue en los extremos con tal de imponer su voluntad, como él, pero que, al mismo tiempo, conserve el centro, de modo de no trastabillar. Bienvenido al club de la pelea.

De Menem, no por causalidad defensor de causas que parecen imposibles, Chávez jamás olvidará la mediación que emprendió el 11 de enero de este año, en ocasión de su última visita de Estado a Washington, frente a Bill Clinton. Le dijo maravillas de él, cual joven emprendedor que merece una oportunidad por más que haya sido un golpista. Lo tenía al tanto de todo el entonces secretario general de la Presidencia, Alberto Kohan: “Oye, Hugo, Carlos está hablando de ti”, supo por teléfono mientras comía en París.

Chávez purgó dos años en prisión por el conato de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 contra Carlos Andrés Pérez. Tres años antes, casi en la misma fecha, entre el 2 y el 3 de febrero de 1989, Oviedo y compañía derrocaban la dictadura de Stroessner. Pero, negado por él y su círculo, reincidiría en abril de 1996 contra el gobierno democrático de Juan Carlos Wasmosy, razón de la condena de 10 años de cárcel que adeuda en su país.

Complicado aún más está ahora con las sospechas por la autoría intelectual de los asesinatos del vicepresidente Luis María Argaña, el último 23 de marzo, y de siete jóvenes que protestaban contra el gobierno, tres días después, en una plaza de Asunción.

Uno, Chávez, está en la cúspide; el otro, Oviedo, está a mitad de camino entre ella y el abismo. ¿Son, en realidad, tal para cual? Que los dos sean militares formados y golpistas deformados no implica, por cierto, que provengan de la misma escuela. En Venezuela no pesa, como en Paraguay, una clase dominante, o una elite, entre los oficiales y los suboficiales.

Pero no por coincidencia, en escenarios diametralmente opuestos, Chávez en campaña por el referéndum, Oviedo en la clandestinidad desde que burló el asilo y dejó en ridículo la seguridad del país que acató mansamente el plan rubricado con Brasil y con los Estados Unidos, le achacaron a la oligarquía de sus respectivos países el origen de todos los males. Fue  más que una coincidencia. Demuestra que son parecidos y diferentes a la vez.

Tan diferentes que Chávez, otro defensor de causas imposibles, reforzó en la Cumbre Iberoamericana su amistad, y también su eterna gratitud, con Fidel Castro, aunque, en la superficie, esté en las antípodas de Menem. Ya había aceptado ser el mediador entre el gobierno colombiano y la guerrilla, sean las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) o el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Actitud que irritó a su vecino Andrés Pastrana y que, al igual que sus buenas migas con Castro y con Saddam Hussein, provocó sarpullidos en Washington.

Oviedo no agregaría nada en Venezuela, salvo que Chávez quiera apostar a un futuro incierto. Su partido es otro. Ya dejó en claro, en medio de las lluvias torrenciales que usó como excusa de la baja afluencia de votantes, que sólo los peces muertos van con la corriente.

En la nueva carta magna (¿o blanca?) figuran las bases de su poder, como el voto militar (antes vedado), la reelección presidencial por seis años después de un mandato de idéntica duración (procurará validarlo, empezando de cero, en las elecciones de febrero) y un congreso unicameral que, en estas condiciones, no hará más que fortalecer el vértice del sistema.

Es decir, el presidente. O el caudillo. O él mismo. Vano habrá sido entonces el legado de Lord Acton: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Lo cual es curioso: el poder absoluto, la aspiración que abriga Oviedo, promete ser, en la versión Chávez, el único antídoto contra la corrupción.

Corrupción que, en Paraguay, el gobierno de Luis González Macchi, formado de apuro tras el magnicidio de Argaña, dice que procura combatir mientras demora la reforma del Estado, rasgo en común con Venezuela, y encarcela militares que hacen correr rumores sobre la presencia de Oviedo cerca de Asunción.

Puede ser el caldo de cultivo de otro Chávez. Que, populista al fin, no reparte  arepa (torta de maíz) entre los pobres, pero domina su lengua, el guaraní, y comparte su mesa. Igual no siempre significa lo mismo.

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