Marcha de la bronca




Peter Drucker, teórico socioeconómico, reniega de las predicciones. Prefiere llamarlas amenazas. Como el gran debate que se planteará en las próximas dos décadas. Que, según dice, no será económico ni tecnológico, sino demográfico. Y pasará, en especial, por el empleo, o el desempleo, mientras sigue habiendo familias más numerosas (ergo, más nacimientos) en los países pobres, como Haití y Ruanda, que en los ricos, como los Estados Unidos y Alemania.

La predicción de Drucker, o la amenaza, metió la cola en la Ronda del Milenio. O, su nombre oficial, la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Signada, en esta ocasión, por grupos defensores del medio ambiente y de los derechos humanos, entre otros rubros, que demoraron la inauguración y, en cierto modo, alteraron la agenda.

No fue por los vidrios rotos mientras los policías posmodernos, vestidos como Robocop, procuraban serenarlos con gases lacrimógenos. Quedó como correlato de los incidentes que en una ciudad bajo toque de queda comenzó a discutirse una mayor apertura de los mercados mundiales. Es decir, el rigor y la libertad coincidieron en Seattle. Una paradoja.

Bill Clinton reprobó la violencia, pero admitió que aceptaba ofertas. De temas por tratar, claro. Dio por sentado de ese modo que, en realidad, la OMC parece tener claro el objetivo, pero no deja de ser una suerte de paliativo, cual corrector Pelikan, frente a un fenómeno que va más rápido que sus impulsores: la globalización.

La globalización, si se quiere, encaja en la descripción de los espejos de los cuartos de hotel que legó el poeta ruso Joseph Brodsky. Dice que, inanimados por naturaleza y embotados por haber visto a tantos, no nos devuelven nuestra identidad, sino nuestra anonimidad. Lo mismo sucede en los aeropuertos, en los centros comerciales y en los locales de comidas rápidas. En ellos no campea la identidad (nacional, acotaría el primer ministro de Francia, Linoel Jospin), sino la anonimidad.

La puja no se da sólo entre los países pobres y los países ricos, sino entre los países ricos por sí mismos. Y desemboca, en números, en el debate que promueve Drucker: nunca falta alguien que sobre. Abonado, asimismo, por Paul Kennedy, director del Centro para Estudios de Seguridad Internacional en la Universidad de Yale: “¿Puede la economía global generar suficiente crecimiento para absorber el próximo diluvio de desempleados en busca de trabajo en los países en vías de desarrollo?”, inquiere.

Ahí, precisamente, talla el medio ambiente (una de las quejas que recibió la OMC): ¿podrá soportar el planeta el daño que provocaría el crecimiento de la población en determinadas regiones? La historia no termina (mil disculpas, Francis Fukuyama); apenas empieza.

Los planteos, tan realistas como la descripción de los espejos, derivan en otro no menor: la concepción de la democracia. No en su forma, sino en su contenido. Las grandes corporaciones, dadoras de empleo y de riqueza, ya no conciben un mundo con fronteras. Entonces, los países pobres, y los que están a mitad de camino, se preguntan hasta qué punto el comercio es libre si corren el riesgo de caer, como Seattle, bajo el rigor del toque de queda.

En español básico: la gente de esos países debería decidir a corto plazo si trabaja en desventaja, con menores ingresos y beneficios, o emigra a otros, desarrollados, en donde, por diferencias de formación y de idioma, entre otras, vivirá igual o peor, pero con un poco de confort como valor agregado. Salvo que prospere.

Es lo que ocurre actualmente con los latinoamericanos en los Estados Unidos y con los turcos en Alemania, por ejemplo. Los nyc (nacidos y criados) se ven perjudicados por el exceso de mano de obra barata que viene de afuera, ilegal a veces, y comienzan los conflictos. Existen casos de autonomía económica sin perder la identidad, como los cubanos que se radicaron en Miami después de la revolución castrista. Pero no son los más.

Los más, siempre y cuando no haya guerras mundiales, pestes fenomenales o lluvias de meteoritos, serán aquellos que busquen empleo dentro de unos años, como predice, o amenaza, Drucker.

Los líderes de los países industrializados insisten en buscar una alternativa. O la tercera vía, de modo de hallar un equilibrio entre el capitalismo desenfrenado y el Estado de bienestar. Están haciéndolo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en realidad, pero, mientras tanto, el auto pierde la mitad de su valor en cuanto sale de la concesionaria, las computadoras se marchitan más rápido que las flores (el gran invento son las versiones de los programas, no los programas en sí) y el conocimiento, si no se nutre, se echa a perder como la verdura fuera de la heladera.

La receta francesa, expresada por el sociólogo Alain Touraine, es una vuelta de tuerca: “Existe un problema central al que todos los países tienen que enfrentarse. Hay que reforzar la capacidad de intervención del Estado nacional o regional frente a los mercados incontrolados, los intereses privados, la corrupción, los corporativismos y la burocracia”.

Naufragaría el término medio. Kennedy advierte, no obstante ello, que muchas personas con recursos escasos son una fuente de inestabilidad. El avance de la tecnología, por más que Drucker descarte su discusión en el futuro próximo, profundiza aún más las diferencias.

¿Quién compra un auto cero kilómetro? ¿Quién tiene una computadora? ¿Y quién, con ella, refuerza su conocimiento vía Internet? Quien no dispone hoy de una dirección de correo electrónico es algo así como un paria. O, peor aún, está condenado a vivir sin el bien más preciado y, a la vez, más perecedero de mundo, la información. Sucede hoy, no dentro de dos décadas.



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