La Revolución Mexicana




Dos mexicanos van a caballo. “¡Que viva Zapata!”, exclama uno de ellos. “¡Que viva!”, replica el otro. A las tres horas, el primero exclama de nuevo: “¡Que viva Zapata!”. El otro replica: “¡Que viva!”. Pasan tres horas más. “¡Que viva Zapata!”, insiste el primero. “¡Que viva, sí, pero no tan lejos!”, replica el otro.

Lejos quedaba también la posibilidad de que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) echara mano, después de siete décadas de hegemonía en el poder, de una regla tan elemental fuera de México como soslayar la designación a dedo del próximo candidato presidencial.

Y ahí está, sin embargo, latente, con cuatro precandidatos en campaña para las elecciones abiertas, no sólo internas, del 7 de noviembre. Ninguno de ellos puede bajarse del caballo, por más que sólo dos, Roberto Madrazo, peleado con el presidente Ernesto Zedillo, y Francisco Labatida, ex funcionario gubernamental, se perfilen como favoritos. Es casi, casi la segunda Revolución Mexicana.

Segundas partes nunca habrán sido buenas, pero la renovación que emprendió el PRI promete ser algo más que mero maquillaje democrático de cara a las elecciones presidenciales del 2 julio del 2000. Es la revolución en el partido de la Revolución. O, acaso, la alternativa de supervivencia de un monopolio que, en medio de la globalización, debe aceptar la competencia.

Por convicción y por necesidad, según el senador priísta Eloy Cantu Segovia, de visita en Buenos Aires, Zedillo será el primer presidente mexicano desde 1929 que no elegirá a su sucesor con el tradicional dedazo. Por iguales motivos, si se quiere, el Partido Acción Nacional (PAN), de centroderecha, y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), de centroizquierda, han rubricado con seis partidos menores la Alianza por México. De ella surgirá, también por primera vez, un candidato único, como sucede con su homónima argentina.

Son años de mentiras, sobornos e intimidaciones en México. Fenómeno curioso en un país democrático que no padeció dictaduras militares, como sus vecinos latinoamericanos, pero tampoco distingue la diferencia entre el gobierno y el PRI.

Fue el estigma de generaciones enteras, con sus defectos y sus virtudes, después de que el general Plutarco Elías Calles hallara en 1929 la fórmula para prescindir de las armas (otorgar el poder por seis años al presidente); de que Lázaro Cárdenas, padre de Cuauhtémoc, líder del PRD, legara en 1938 la estructura del partido, y de que, en 1946, el ejército mexicano, a contramano de sus pares de la región, cediera en forma voluntaria su lugar a los civiles, según resume Samuel Palma, coordinador editorial del PRI.

El PRI, una suerte de Estado dentro del Estado, mordió el polvo en las elecciones de 1997 tanto en el Distrito Federal, gobernado desde entonces por Cárdenas (PRD), como en  la Cámara de Diputados (264 bancas de la oposición; 238 del oficialismo) y en algunos Estados (10 de los 31 están bajo control de la oposición). Del revolcón sacó cuentas: cambia (es decir, compite) o muere (es decir, pierde).

“No nos alienta el miedo, sino la esperanza frente a este matrimonio por convenencia, de coyuntura, en la oposición –repone Cantu Segovia–. No es más que un acto de desesperación.” ¿Sólo de la oposición? “Pues, les costará más ganarle a un partido democrático que a un partido antiguo”, conviene la diputada Mercedes Juan López, vicecoordinadora del grupo parlamentario del PRI.

El antiguo PRI, con el fraude colosal gracias al cual Carlos Salinas de Gortari derrotó en las elecciones presidenciales de 1988 a Cárdenas, un año después de que fundara el PRD, queda para los dinosaurios. Los hay todavía. Pero la mayoría coincide ahora en que necesitan una renovación radical frente a la posibilidad de perder el poder central. Más de la cuenta, en definitiva.

Abrió los ojos, o se cortó el dedo, Zedillo, un tecnócrata gris que no se caracterizaba por pagar ruedas de café. En 1994 se convirtió en el candidato presidencial del PRI (en el futuro presidente de México, en realidad) después del asesinato de Luis Donaldo Colosio, puesto a dedo por Salinas de Gortari.

Ahora, paradójicamente, Zedillo impulsa la revolución, adjudicada por Cantu Segovia y por Palma al ideario de Colosio, frente a una oposición que, dividida en asuntos vitales, como el aborto, la rebelión indígena de Chiapas y la privatización de Petróleos de México (Pemex), entre otros, parece encarrilarse más hacia la derecha que hacia la izquierda.

Vicente Fox, gobernador de Guanajuato, tiene mejores puntajes en las encuestas que los perredistas Cárdenas, magros los resultados de su gestión como alcalde de la ciudad de México, y Porfirio Muñoz Ledo, diputado.

El PRI, de hecho, ya cargó sus cañones contra Fox, primero en los sondeos nacionales. Son todos supuestos, como la candidatura de Madrazo o de Labatistida. Entre los dirigentes del oficialismo impera el código de silencio, pero algunos aventuran que el delfín de Zedillo no sería Labastida, como todo el mundo presume por haber sido secretario de Gobernación (ministro del Interior en nuestro léxico), sino Madrazo (Dale un Madrazo al dedazo, su slogan), rival del presidente desde que le exigió en 1995 la renuncia como gobernador de Tabasco por haberse excedido en gastos.

Supuesto también ha sido el pacto de no agresión que labró el PRI no bien abrió el juego en casa. La gente de Labastida confunde las promesas de honestidad de Madrazo con una alabanza de Hitler a los derechos humanos y la gente de Madrazo, a su vez, acusa a Labastida de usar fondos públicos para sus giras proselitistas. Arde Troya (o México). La unidad por encima de todo, como pregonaron al comienzo, corre el riesgo de ser un preludio de ruptura.

Frente a ellos, Fox emula un zorro con piel de cordero. No viene del comité, como Cárdenas, Muñoz Ledo y los cuatro  precandidatos del PRI, sino de la actividad privada. Era empresario agroindustrial y ejecutivo de Coca Cola, antecedente que, en tiempos pragmáticos, dificulta el discurso de la vieja guardia.

Será un desafío para el voto duro (cautivo), como esgrime la diputada Juan López, mientras sólo Marcos, en las selvas de Chiapas, parece galopar rumbo a Zapata.



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