Estados alterados




Las estrellas de mar pueden reponer sus brazos si sufren algún daño o, en el peor de los casos, si los pierden. Los cohombros, o pepinos de mar, arrojan violentamente sus vísceras por la boca si se ven en aprietos; tienen la facultad de regenerarlas con facilidad. Los hombres, por más que se aventuren a trasplantes, implantes, desplantes, liftings y clonaciones, son los únicos seres que se presumen inteligentes, pero no tienen repuesto.

En un campamento de refugiados de Stankovec, Macedonia, una muchacha de 20 años tiene la mirada sombría, fija en la nada. Perdió algo más que su nombre en Pristina, capital de Kosovo, en donde la consigna era irse o morir. En su nueva casa, una tienda de campaña despojada, precaria, vive, sobrevive, como miles de personas que también perdieron algo más que sus nombres.

Ella, el pelo castaño, las manos temblorosas, vive, sobrevive, con las máscaras, los rostros difusos, que entraron a punta de metralleta en su casa y que, como bestias, arrasaron con la impotencia de su familia. Eran cuatro milicianos serbios, confiesa entre sollozos. Un guantazo cruzó su rostro. Creo que Dios los castigará, balbucea ahora, temerosa de haber quedado embarazada.

La muchacha de Kosovo no participa del ajedrez que juega Slobodan Milosevic con Bill Clinton, Tony Blair y sus aliados. No tuvo nada que ver con la decisión de bombardear (seguramente, como hija de los Balcanes, habría preferido otra alternativa), ni con los errores (horrores) de los misiles que, tan inteligentes como los hombres, mataron refugiados.

Es una más, anónima por no ser otra baja, entre los abrumados exiliados del absurdo. Es una más, del otro lado del tablero, de la vil propaganda occidental, falsa como moneda de cobre. Es una más, como cualquier víctima, sea de un bando o del otro, que no halla consuelo, ni repuesto, después de haber sido golpeada y violada, humillada hasta la desesperación.

Alguien miente, como en toda guerra. Y en forma descarada. Las estadísticas reflejan hechos, pero matan realidades.

Dice un informe del Departamento de Estado que policías, militares y piquetes de milicianos serbios ejecutaron hasta fines de marzo a 3200 personas en 50 poblados de Kosovo. En ese momento, 560.000 refugiados habían arribado a Macedonia, Albania y Montenegro. Dice también que en no menos de 200 poblados hubo incendios totales o parciales de viviendas, intencionales en todos los casos, y que en tres, al menos, existirían fosas comunes. Y dice, como broche, que sólo siguen intactas las casas de los serbios que tienen una letra ese cilíndrica pintada en la puerta, cual santo y seña.

Los bombardeos comenzaron el 24 de marzo. Un espanto, el conflicto, procuró aliviar otro espanto, la limpieza étnica. A ciegas, en verdad, convencida la OTAN de que Milosevic iba rendirse de inmediato, sin necesidad de desplazamientos terrestres. Fallaron el presupuesto y, con ellos, las certezas de victoria por computadora (tipo videogame), de guerra humanitaria, de masacre justa y de paz armada. Los cowboys (aviones) dependen ahora de los Apaches (helicópteros).

“Resulta patético ver a los actuales dirigentes de Estados Unidos gimoteando en busca de una estrategia de salida; una vez que te has metido en una guerra, la mejor estrategia de salida es ganarla –protesta Paul Kennedy, profesor de historia de la Universidad de Yale–. Pero a todos debería inquietarnos que nuestros líderes no sean capaces de definir claramente los objetivos políticos definitivos de nuestra intervención.”

La intolerancia, madre de todos los males, habrá comenzado con el primer ratón que pisó la cola de un elefante (o viceversa). Por ella, casi dos millones de kosovares se vieron en la penosa encrucijada de quedarse y sufrir, inclusive morir, o escapar a la buena de Dios y salvarse. Unos traspusieron la frontera. Otros no llegaron.

La intolerancia, cual reverso de la moneda, es causa y consencuencia a la vez, casi  cumplido el deseo de Milosevic, Kosovo sin kosovares. Es como la parábola de la inseguridad urbana en Buenos Aires y en otras capitales de América latina: terminan entre rejas las casas y los comercios, no los delincuentes. El miedo puede más.

La intolerancia es la razón por la cual la India y Paquistán juegan con fuego, lanzando misiles con ojivas nucleares, cada uno por su lado, probando fuerzas mientras mucha gente vive en la miseria.

La intolerancia también es la razón por la cual el general Hugo Chávez, hoy presidente de Venezuela, vano su intento de tumbar la democracia en 1992, tilda de víboras apestosas moribundas a los congresistas opositores que no le conceden poderes especiales para combatir la crisis económica en momentos en que pretende reformar la Constitución y continuar en el gobierno durante una década, el doble de su mandato, vedada la reelección inmediata, bajo la amenaza de disolver el Congreso, la Corte Suprema y todo aquello que se interponga en su camino.

¿No será mucho, almirante? ¡Faltaba más, brigadier! No bien ganó las elecciones, Chávez quiso demostrarle al mundo que iba a respetar la democracia. El rey Juan Carlos de España, cuentan, le dio un puñetazo en el estómago: “Así que a ti te gustan los golpes…”, bromeó, seguro de que se había despojado de los malos hábitos. Pero no.

En una dictadura, sea en donde fuere, uno tiene el derecho de decir lo que piensa una sola vez. En el régimen de Milosevic, formado en la vieja escuela stalinista, pagó con su vida Slavko Curuvija, editor del diario Dnevni Telegraf y propietario del quincenario Evropljanin. Lo asesinaron el domingo sin reparar, siquiera, en una fecha tan cara para los serbios como la Pascua Ortodoxa.

El crimen, perpetrado por dos enmascarados que dispararon a mansalva en el centro de Belgrado mientras Curuvija y su pareja, Branka Prpa, iban de regreso a casa después del almuerzo, resultó ser una ingrata coincidencia, correlato de advertencias que había recibido del gobierno por haberse mostrado de acuerdo con Occidente (no con los bombardeos de la OTAN) y por haber criticado a Milosevic en una reunión que mantuvo en Washington con congresistas norteamericanos.

Curuvija, muerto y sepultado, no es una estrella de mar ni un cohombro, sino otra baja que no tiene repuesto; Prpa, herida en la emboscada, tampoco tiene repuesto, como la muchacha sin nombre de Kosovo.



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